Sa Fundació Jaume III entrega aquest divendres es II Premi Gabriel Maura de relats breus en mallorquí

Coincidint amb so sopar des IV aniversari de sa Fundació – Quasi 600 persones ja han confirmat sa seva assistència a un acte que se preveu multitudinari– Hi vendran també representants de Societat Civil Catalana, Lo Rat Penat, Real Acadèmia de Cultura Valenciana i Fundació Joan Boscà

 

Prop de 600 persones, entre elles personalitats i autoritats rellevants des món polític, empresarial i social de ses Illes Balears, així com representants d’entitats civils valencianes i catalanes com Lo Rat Penat, Real Acadèmia de Cultura Valenciana, Societat Civil Catalana i Fundació Joan Boscà, ja han confirmat sa seva presència a s’acte d’entrega des II Premi Gabriel Maura de relats curts en mallorquí que tendrà lloc aquest divendres dia 27 d’octubre, a les 20:00h, a Binicomprat (Algaida).

Una vintena de relats breus en mallorquí s’han presentat finalment per concursar a sa segona edició des Premi Gabriel Maura que repartirà 1.500 euros en un primer premi patrocinat per Olives Rosselló (1.000€) i un accèssit (500€) pes segon classificat, patrocinat per Finca Tagamanent. S’acte d’entrega de premis se farà durant es sopar de celebració des IV aniversari des naixement de sa Fundació Jaume III.

 

Presència de persones rellevants dins s’àmbit social, econòmic, civil i polític de Balears i d’Espanya

Vet aquí ses personalitats que han confirmat sa seva assistència a s’acte de divendres.

– Josep Ramon Bosch (president de sa Fundació Joan Boscà), Josep Rosiñol (vicepresident de Societat Civil Catalana), Óscar Rueda (Lo Rat Penat), Voro López (ex president Secció Filológica Real Acadèmica de la Cultura Valenciana), Miquel A. Lledó (acadèmic RACV), Jorge Campos (president Círculo Balear), Pep Zaforteza (ex president Fundació Jaume III), Ramiro Pérez-Maura de la Peña (besnét Gabriel Maura i president de sa Fundación Antonio Maura), Carlos Serra (PLIS), Julián Ruiz Bravo (PLIS)

– Fernando Navarro, Xavier Pericay i Olga Ballester, de C’s

– Maria Salom (delegada des Govern), Llorenç Galmés (batle de Santanyí i diputat), Marga Vicenç (presidenta NNGG Illes Balears), Marc Álvarez (secretari NNGG Illes Balears), Rafael Lillo (membre directiva NNGG Illes Balears), Alejandro Sanz (ex diputat), Llorenç Suau (ex batle d’Andratx)

– Sara Oliver (ex-regidora EL PI de Llorito, ara independent)

– Maria Mesquida (coordinadora d’UPyD a Balears)

– Carlos Zayas (ex diputat nacional des PSOE), Gaspar Sabater, Román Piña Homs, Román Piña Valls

– Carlos de Salort Sintes (comte de Torre Saura), Gabriel Barceló Oliver, Fernando Alzamora (ex president de Sa Nostra), Guillem Sampol (empresari)

 

Bus de franc

S’organisació ha posat a disposició dets interessats un servici d’autobús gratuït per anar i tornar de Binicomprat. Es bus partirà a les 19:15h des carrer d’Eusebi Estada, just devora s’estació des tren de Sóller.

 

Ecos de premsa: dbalears,

Subvencionar el separatismo

Es sintomático que el catalanismo baleárico apenas haya dicho esta boca es mía en relación al avance de la “Enquesta d’Usos Lingüístics del 2014” publicada hace unas semanas por parte de la Consejería de Cultura que lidera la ibicenca Fanny Tur. Esta encuesta revela el fracaso sin paliativos de las políticas de normalización llevadas a cabo en los últimos treinta años basadas en el sistema de inmersión en las aulas. Y también del catalán como “lengua de integración” para los castellanohablantes.

De ahí mi perplejidad cuando leo en Última Hora que el vicepresidente del Consell de Mallorca, Jesús Jurado, va a lanzar una “novedosa” campaña de normalización lingüística para la “igualdad” con la que tratará de convencer a los baleares de la “potencialidad integradora del catalán”. La noticia publicada es algo confusa, lo que delata que se trata de una mera campaña publicitaria sin ningún objetivo claro que no sea engordar el gasto en normalización lingüística. Todo indica que se quiere envolver lo mismo de siempre –las bondades del catalán como cimiento integrador, algo que, como vemos, ha fracasado– en un envase más seductor. Una campaña que tratará de darle “un nuevo estilo” al catalán, vendido ahora como un elemento formidablemente cohesionador para “lograr el equilibrio y el respeto en el ámbito de las parejas” y que pretende llegar a los musulmanes y otros grupos con “personalidad propia” con deseos de integrarse plenamente. De ahí que las dos direcciones insulares cuyo propósito es la ingeniería social, la de igualdad y la de política lingüística, unan sus esfuerzos en esta campaña.

Como pueden observar, más de lo mismo al incidir en lo que ya ha fracasado, algo que revela una falta de ideas aterradora. No hay autocrítica sino una huida hacia delante en su afán por salvar los dogmas obsoletos e ineficaces de siempre. Ni siquiera existe la rectificación a la que obligaría la cruda realidad de observar la actualidad más reciente. Tras los atentados de Barcelona y Cambrils a manos de “nous catalans” que hablaban perfectamente el catalán de Ripoll, el catalanismo al menos debería revisar algunos de sus desgastados conceptos, como asumir que aprender y hablar el catalán sea sinónimo de integración y cohesión social. La lengua no lo es todo en cuestiones de integración, convivencia y cohesión social, como hemos podido comprobar. Desde el 17-A, esta asunción ya no es válida o, al menos, no tan válida como antes. Algo que, por supuesto, ni se plantean Jurado, Aina Sastre y Nina Parrón. ¿Pero qué va a saber de cohesión social, de comunión o de unidad una instigadora del odio, del egoísmo, de la atomización social y de la desintegración familiar como Parrón con sus luchas contra el amor romántico, “desmontando San Valentín” o firmando artículos donde dice que en la pareja “lo primero somos nosotras”?

Las circunstancias. No ha sentado bien en los círculos que en Baleares apoyan a la inminente república catalana que las leyes de desconexión no hayan dispensado un trato preferencial a baleares y valencianos para conseguir la nacionalidad catalana. Tampoco ha caído demasiado bien que las lenguas cooficiales de la nueva república inminente sean el catalán y el castellano. Para estar como estábamos, ¿para eso queríamos ser independientes?, se preguntarán algunos de ellos. Sin embargo, nuestros soberanistas aceptan estas rendiciones y traiciones como una señal de madurez y realismo a la vista de las extraordinarias circunstancias que ahora mismo vive el pueblo elegido del Principado. Ay, las circunstancias.., ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre! Otra cosa que debería aclarar el Pacte es si después de la secesión catalana en ciernes, después del 1-O, los baleares seguiremos participando como si nada en el Institut Ramon Llull –encargado de la promoción de la cultura catalana en el exterior– y aceptando el Institut d’Estudis Catalans como máxima jurisdicción normativa en cuestiones de lengua con la UIB de palafrenero. Los dos institutos han sido considerados sin rubor como estructuras de estado de la nueva república catalana. El Govern, que depende, preciso es recordarlo una vez más, de la democracia española que los separatistas quieren dinamitar, calla. De momento. ¿Hasta cuándo?

Prensa en catalán. Los digitales “Arabalears.cat” y “dbalears.cat” se están frotando las manos para repartirse los 250.000€ que el Govern ha presupuestado este año para la prensa diaria escrita en catalán, 70.000€ más que el año anterior. El año pasado la franquicia balear del diario separatista “Ara” se llevó 140.000€ y el “dbalears.cat “–al que a duras penas puede calificarse de “prensa” por su marcado sesgo ideológico y su escasa objetividad a la hora de tratar las informaciones– los otros 40.000€. Sin estas ayudas del Govern, más las que vienen recibiendo ambos de la Generalitat de Cataluña, ninguno de los dos podría sobrevivir como empresa. Estas subvenciones del Govern no están asociadas a proyectos concretos sino que sirven para mantener la plantilla, de ahí que otros digitales en castellano expresaran el año pasado sus quejas al Govern de que, con la excusa de estar escritos en catalán, se estaba cometiendo un agravio hacia ellos. Por si fuera poco, la línea editorial de ambos es partidaria sin fisuras de la nueva república catalana, lo que nos lleva a una nueva incoherencia: ¿debe el Govern balear subvencionar a digitales que apoyan sin ningún género de dudas un proyecto de república catalana que significa la demolición de la democracia española bajo cuyo amparo reside toda la legitimidad de la autonomía balear que les subvenciona? Desde aquí también estamos promocionando económicamente la secesión sin que los tribunales hayan dicho nada. ¿A qué están jugando Francina Armengol, Fanny Tur y Marta Fuxà al subvencionar a medios separatistas y marcadamente antiespañoles? ¿Acaso no se ríen de todos nosotros?

Article publicat diumenge 17 d’octubre a El Mundo-El Día de Baleares

La latinización del catalán

Se dice que una lengua se latiniza cuando todo el mundo la conoce pero nadie la habla.

El resumen de la Enquesta d’Usos Lingüístics del 2014 que acaba de publicar la Consejería de Cultura, Participación y Deportes confirma la caída del uso de la lengua autóctona –cada vez menos autóctona, claro– que todos podemos observar en la calle, sobre todo en Palma y en las Pitiusas.

En términos globales, el catalán es el idioma habitual para el 36,8% de los residentes baleares. El castellano lo es para el 49,9% de la población, mientras un 10,3% utiliza habitualmente las dos. Si consideramos el número de hablantes, el castellano ya es la verdadera “lengua del territorio”, término que les encantaba utilizar a los nacionalistas y que ahora se les ha vuelto en contra. Ahora mismo, los catalanohablantes ya somos minoría en Baleares, al menos según la muestra de 1.800 entrevistas de la encuesta de marras realizada por la Generalitat de Catalunya y la UIB.

Respecto a una encuesta del 2003-2004, el uso del catalán ha bajado a un ritmo vertiginoso, de un 45% al 36,8% referido. Pero hay una variable crucial que invita aún más a la desesperanza: la interrupción del relevo lingüístico entre generaciones. El ibicenco y el mallorquín podrían convertirse en pocos años en idiomas rurales, con una presencia residual en sus capitales. El menorquín, en cambio, aguanta con mayor solidez. La cuestión es qué hacen los jóvenes. Y la encuesta lo deja meridianamente claro: abandonan el catalán. El estudio divide a la población en cuatro franjas de edad: 15-29 años, 30-44 años, 45-64 y más de 64. El uso del catalán desciende conforme baja la edad.

Si nos centramos en la franja juvenil (15-29) los resultados son desoladores. Sólo un 21,6% de los encuestados de esta franja de edad utiliza de forma predominante el catalán: un 20,6% de este porcentaje tienen como lengua materna (inicial) el catalán y sólo un 1% el castellano. Otro 18,6% declara que a veces lo usa pero el encuestador entiende que de forma no predominante (de ahí que les califique como “alternadores”, o sea, que alternan ambas lenguas). Hasta aquí los catalanohablantes, una horquilla que va desde el 21,6% (los que siempre o casi siempre lo usan) hasta un 40,2 % si incluimos los “alternadores” bilingües. El porcentaje restante hasta llegar al 100% lo conforman los jóvenes castellanohablantes. Un 7,5% (“nuevos castellanohablantes) lo conforman los jóvenes que apenas usan el catalán a pesar de ser su lengua materna. Otro 47,6% (“castellanohablantes tradicionales”) apenas utilizan el catalán. Finalmente, un 4,7% son extranjeros (“alóglotos iniciales”) que tampoco utilizan el catalán. La horquilla de castellanohablantes variaría entre el 59,8% y el 78,4% si incluimos los “alternadores” bilingües. Con estos datos sobre la mesa, la propia consejería admite cuatro tendencias, literalmente: “a) Es redueix el percentatge dels catalanoparlants de llengua inicial [materna] catalana; b) creix el percentatge de castellanoparlants inicials; c) pràcticament s’esvaeix la capacitat d’atraure no-catalanoparlants joves cap a l’ús del català; d) un considerable percentatge de catalanoparlants inicials joves fa ús predominant del castellà”. Para tirar cohetes y celebrar aniversarios de la ley de normalización lingüística (1986).

¿Lengua de integración? El catalán, lengua de integración. El catalán, lengua de acogida. El catalán, lengua vehicular. El catalán, lengua de todos. Seguro que usted, querido lector, recuerda todos estos eslóganes y unos cuantos más en la misma línea. Pues bien, estos eslóganes sólo reflejan tres cosas: voluntarismo, idealismo y propaganda La realidad nada tiene que ver con las quimeras y el “wishful thinking” que adornan a nuestra clase política y al catalanismo. La encuesta no deja lugar a dudas. De los residentes que han nacido fuera de Baleares, Valencia y Cataluña (el área lingüística catalana) sólo un 2,9% utiliza el catalán de forma predominante. Otro 8,9% (“alternadores”) lo utiliza a veces intercambiándolo con el castellano. En suma, el 11,8% de los foráneos habla alguna vez en catalán. El 88,2% restante, nunca o casi nunca. Y si nos centramos en los residentes que han nacido en el área lingüística catalana, sólo un 3,6% de castellanohablantes iniciales utilizan el catalán de forma predominante. Se mire por donde se mire, el proyecto de hacer del catalán una lengua de integración ha fracasado por completo.

Inmersión. Alguien podrá objetar que en un territorio como el balear donde más del 40% de la población ha nacido fuera estos datos no son sorprendentes. Así es, salvo si se ha puesto, como se ha hecho en los últimos veinte años, un sistema de educación al servicio de la salvación del catalán y la integración de los foráneos. La inmersión lingüística no es un sistema propiamente educativo: es un sistema para aprender una lengua. Y si resulta que todos los esfuerzos han ido encaminados a este objetivo supremo, esto es, a la integración del castellanohablante (o extranjero) a través del catalán, hay que concluir que la cosecha es desalentadora. ¿Cómo se explica la deserción lingüística de los jóvenes? ¿Cómo se explica este abandono? De momento, las huestes catalanistas apenas han reaccionado a esta encuesta demoledora que las deja a la altura del betún al poner de manifiesto el fiasco morrocotudo de sus programas de ingeniería social. El digital Ara Balears ha reconocido que la normalización, después de treinta años, es todavía una “utopía”. Y lo que te rondaré, morena. Més ha admitido el “estancamiento del catalán”. “Com acollim els nouvinguts perquè se sentin emocionalment vinculats a la nostra llengua?”, se han preguntado, desolados.

Algo se ha hecho mal, muy mal. La inmersión no ha dado, ni de lejos, los frutos deseados pero no crean que esto vaya a provocar la más mínima crítica en el gremio catalanista. Ni siquiera una reorientación de sus políticas lingüísticas. Tienen razón: a día de hoy el catalán es una “lengua minorizada” que, para una mentalidad estatista e intervencionista, necesita de mucho cuidado de las administraciones públicas y de su respiración asistida en forma de ayudas, dinamizadores y cursos de catalán. ¿Quién más preparado y lúcido que ellos, que han montado una industria de la culpa para liderar un nuevo renacimiento lingüístico, para alcanzar la utopía –sí, la eterna utopía– de equiparar el catalán al castellano? En buenas manos está el pandero.

Una qüestió de fronteres

Quan l’any 2014 es Govern Balear va decidir balearisar ets informatius de sa televisió autonòmica se varen alçar veus en contra, tant des món de sa docència com sobretot des món periodístic. Mestres i sindicalistes d’IB3 varen fer befa d’aquesta balearisació perquè, en es seu parer, una llengua necessita un estàndar comú perquè pugui esser un vehicle de comunicació precís, exacte, eficaç i funcional. No discutiré es beneficis que comporta s’existència d’un estàndar però valdria la pena esser conscients no només d’aquests beneficis, sinó també des sacrificis que suposa i tot lo que, mutatis mutandi, implica.

Si cercam sa paraula “estàndard” a sa segona edició des Diccionari de la Llengua Catalana (DIEC2) de s’Institut d’Estudis Catalans (IEC) trobam: Varietat lingüística que, per un procés espontani o dirigit, ha assolit un alt grau d’anivellament, de codificació, de confluència i d’acceptació en què es tendeix a eliminar al màxim les diferències dialectals, la qual utilitzen normalment, en els diversos registres i nivells, els membres d’una comunitat”Com veim, en primer lloc, un estàndar comporta “eliminar al màxim les diferències dialectals”, “homogeneïsar”, “anivellar”. Això no sempre ho reconeix es catalanisme insular, avesat a repicar i a tocar de mort an es mateix temps, presentant només es suposats avantatges de s’estàndar i amagant-ne ses seves conseqüències. En segon lloc, s’IEC no afirma que s’estàndar sia sinònim de correcció. I en tercer lloc, s’IEC se refereix a s’estàndar com una varietat lingüística que parlen –o tendeixen a parlar-hi- es membres d’una comunitat. Es membres d’una comunitat, diu, sense especificar-ne cap. ¿Quina comunitat?, mos hauríem de demanar. Aquí, en aquest sobreentès, està es re de sa qüestió.

Ets uniformisadors a ultrança i ferms partidaris de s’estàndar centralista actual solen obviar un detall que és summament important: sa perspectiva des d’on s’ho miren. Perquè, sense dir-ho, tot ho miren des d’una òptica pancatalana, des d’una comunitat de referència que no és altra que sa des Països Catalans a sa qual, per allò de s’unitat de sa llengua, pertanyeríem balears, valencians i, clar, catalans.

És evident que si s’horitzó de sa normalisació lingüística és tendir cap a un estàndar neutre, expurgat de localismes i de redundàncies dialectals, que només se quedi amb lo fonamental de s’estructura de sa llengua, arribarem a un estàndar que facilitarà sa comunicació entre valencians i balears, entre balears i catalans, entre catalans i balears. Això és evident, de sa mateixa manera que una “interlingua” com es llatí abans o s’anglès ara –o es llenguatge de senyes– facilita sa comprensió entre parlants de distintes llengües. Lo mateix passa a nivell de dialectes. Només des d’aquest punt de vista, si consideram com a referència es Països Catalans, podem parlar de funcionalitat, precisió, exactitud i eficàcia comunicatives. Per això, és normal que escriptors balears que tenen Catalunya com es seu principal mercat de vendes defensin un estàndar lo més unificat possible. S’hi guanyen ses sopes i sa seva postura és, fins a cert punt, lògica. Ara bé, ¿què passa amb tots aquells altres balears que tenen relacions esporàdiques amb Catalunya, com són sa majoria d’illencs? ¿Amb aquells mallorquins que, en un 99% de ses seves relacions interpersonals al llarg de sa seva vida, se comunicaran amb altres mallorquins? ¿Quina és sa comunitat lingüística de referència per sa majoria de mallorquins? Sa resposta és clara: Mallorca. ¿Té sentit fer passes cap a un estàndar oficial que sacrifica ses nostres característiques dialectals i aigualeix sa nostra espontaneïtat i expressivitat seculars? ¿Val la pena s’adopció d’un estàndar centralista com s’actual? ¿Què hi guanyam?

S’article baleàric pot dificultar sa comunicació –i per tant, en aquest sentit, podem dir que és poc funcional– entre un senyor de Barcelona i un altre de Sineu. Però es mateix article no és cap problema quan un senyor de Sineu xerra amb un d’Artà. Característiques lingüístiques que en principi se presenten com a poc funcionals, poc precises i poc exactes no ho són gens quan canviam sa comunitat lingüística de referència. Canal 4 TV o IB3, per exemple, que se dirigeixen exclusivament a un públic balear, no guanyen res, ni són més precisos, ni són més exactes, ni són més eficaços, ni són més funcionals, quan utilisen s’article literari en lloc de s’article baleàric. Senzillament fan es ridícul. Molt diferent seria si valencians, balears i catalans se plantejassin crear una televisió pancatalana, una televisió des i pes Països Catalans: llavors sí que tendria sentit utilisar un estàndar com s’actual, o parescut.

Però repetesc. Sa confecció d’un determinat estàndar o d’un altre és una qüestió de fronteres i de quina comunitat de referència triam. No té sentit definir un estàndar si abans no hem definit clarament a quina comunitat lingüística mos hem de dirigir. ¿Balears, Mallorca, Països Catalans? Un estàndar és només un instrument, no un fi en si mateix, encara que de vegades ho paresqui per certs exaltats.

Com ha admès Jaume Corbera, professor de Filologia Catalana de sa UIB, “es model [de llengua] és funció de s’idea que un té de sa comunitat nacional”. Així de clar, no és lo mateix s’Administació autonómica que té, per raons òbvies, com a referència sa comunitat balear que un articulista de s’AraBalears que té pretensions de triumfar en es Principat. En principi, es models lingüístics que defensin uns i altres haurien d’esser distints.

Per això, mentre València, Catalunya i Balears siguin realitats polítiques i administratives distintes i per tant valencians, catalans i balears no sentin com a pròpia, com a seva, una comunitat pancatalana –amb tot lo que això significa de vincles afectius, de pertinença o d’identitat–, se va escampant cada vegada més s’idea d’un model d’estàndars autònoms, un per València (ja el tenen), un altre per Catalunya (ja el tenen) i un altre per Balears (no el tenim). Crec que és ben hora de reclamar un model propi que tengui com a principal referència ses nostres illes, sa vertadera comunitat lingüística de referència per sa gran majoria d’illencs.

Article publicat dia 16 de juny de 2017 a El Mundo-El Día de Baleares. Pitgi assuquí.

Ressenya de SA NORMA SAGRADA

Desgraciadament hem hagut d’esperar prop d’un any per llegir sa primera ressenya mitjanament objectiva i correcta de Sa Norma Sagrada, s’assaig que Joantoni Horrach i jo mateix publicàrem l’any passat. I no és que sigui una recensió especialment favorable, com podran llegir, però al manco és educada i respectuosa, quasi un miracle venguent des món des catalanisme que, o t’insulten, o te desprecien, o, en es millor des casos, t’ignoren. Va sortir publicada dilluns 24 d’abril a mallorcadiario.com i es seu autor és Carles Cabrera, un des pocs filòlegs que, des de sa divergència i discrepància, reconeix sa feina que du a terme sa fundació. Aquí la tenen. I gràcies, Carles.

La norma sagrada

Carles Cabrera. La setmana passada vaig quedar amb Joantoni Horrach per prendre un cafè al Bar Cristal —quin serà el proper que desapareixerà?— i m’obsequià amb un exemplar de «Sa norma sagrada» que han publicat a quatre mans ell i Joan Font Rosselló a la Fundació Jaume III. Vaig ser jo que li vaig suggerir que per ventura la lectura d’allò m’inspiraria un article de «Mallorcadiario». Heus-lo aquí.

El llibre és breu i en un parell de dies l’he tengut enllestit. Està distribuït en un seguit de capítols que recullen, de qualque manera, la història de la nostra llengua al darrer segle. Al principi, sembla que parlin d’uns moments estel·lars que haurien pogut canviar el curs de la història normativa, però de la importància dels moments posteriors no n’acab de treure l’entrellat. El català té una institució centenària que el regula, l’Institut d’Estudis Catalans, i el primer president va ser un mallorquí com Mossèn Alcover. És cert que ell tota la seva vida dugué la curolla d’elaborar un diccionari dialectal, etimològic i literari i, com que l’Acadèmia preferia disposar-ne abans de convencional que no existia, les lluites entre ambdós precipitaren la sortida d’Alcover de l’Institut. Hi posaren Fabra en el seu lloc i, certament, si Alcover hagués romàs i hagués hagut ell d’emprendre la reforma ortogràfica del català les coses podien haver anat d’una altra manera. A mi que voleu que vos digui, no m’hauria importat gens que Mn. Alcover hagués romàs de president de l’IEC; per ventura hauria mantengut l’ortografia tradicional del català —la que encara perviu en els nostres cognoms com Salas, Reynés, March o Prohias—i ara tendríem una norma veritablement unificada.

Alcover va morir arruïnat després d’haver tret el primer tom del Diccionari Català-Valencià-Balear, i Francesc de Borja Moll, que tenia un caràcter molt més conciliador que el canonge manacorí, va continuar fent feina perquè el país assumís que llur obra era un gran homenatge a la llengua catalana i una joia que qualsevol idioma de cultura que es preï voldria atresorar.

D’ençà del pròleg de Font Rosselló, i inclòs l’assaig d’Horrach i l’epíleg, el Departament de Filologia Catalana de la UIB és l’ase dels cops, cosa que em molesta especialment perquè m’hi he doctorat, hi tenc amics i hi he rebut bones ensenyances de mestres i professors excel·lents com Damià Pons o Gabriel Bibiloni. Els autors s’acarnissen especialment amb els lingüistes (Bibiloni, Corbera, Melià…) i també els docents del Departament que han ocupat càrrecs polítics amb el PSM (Pons i Melià). I a més he de reconèixer que el llibre en aquests capítols pateix una davallada; els millors són els històrics inicials, que aporten dades interessants i que és una llàstima que hagin aparegut en una editorial de tan poc recorregut com la Jaume III.

Corbera sempre ha defensat que el català escrit a Mallorca no pot allunyar-se de l’oral que empram els mallorquins, però els autors fan veure que ho defensava abans de ser professor universitari i que ho va baratar per una cadira quan això és mentida! Ell sempre ho ha defensat i ho continua defensant, i és una postura tan legítima com la llur, la de Gabriel Bibiloni o la del professor Grimalt —molt en la línia de Corbera però que els autors de l’obra s’obliden incomprensiblement de citar per bé o per mal. Els recoman llegir-lo.

A l’altre extrem, hi ha Gabriel Bibiloni. A diferència d’Horrach i Font, que postulen tres estàndards diferenciats per al català, valencià i balear, i del model composicional fabrià que permet certes variacions dins l’estàndard comú, Bibiloni creia i creu que el model d’estàndard hauria de ser un: basar.se en el català central, però incorporar la desinència 0 a la primera persona del present d’indicatiu (cant, pens, existesc) i distingir –am i –em a l’indicatiu i subjuntiu respectivament («segam perquè ens han dit que seguem»). I això en aquests Srs. de la Jaume III els ha destarotat tant que sempre han d’afegir la falca «si és que encara ho continua pensant».

Al final, l’epíleg d’Horrach abraça les tesis de Pla Nualart, el corrector del diari «Ara». Pla és un fill de la polèmica del català «light» dels anys vuitanta que aleshores també barrinà un filòleg que ara s’ha passat a polític a… Ciutadans!: Xavier Pericay. I és que com deia Bibiloni, a les Illes i al País Valencià, hi pot haver gent que defensi que el mallorquí o el valencià no és català —d’alguerès ni de rossellonès no en trobareu ni un que ho negui! A Catalunya, evidentment, aquesta gent no pot existir, però el seu espai l’ocupa els partidaris d’un català «light», una varietat que avui dia encara és català però que el dia de demà ves a saber si ja ho serà…

Article publicat a mallorcadiario.com dilluns 24 d’abril de 2017

La participación según el Pacte

La mayoría de cauces de participación ciudadana que el Pacte está activando se están saldando con sonoros fracasos por poco que recuperemos el verdadero significado de “participación ciudadana”. Tiene razón Xavier Pericay (C’s) cuando denuncia el cinismo y la desfachatez del Pacte en hacer lo contrario de lo que predican. El Pacte tiene la insana costumbre de colonizar estos organismos participativos con entidades y colectivos sociales afines mientras suele dejar a un lado aquellos más distanciados ideológicamente. Por si fuera poco, los utiliza a su conveniencia, sin importarle servirse de estos colectivos afines, humillándoles incluso por razones de Estado. La izquierda, que sabe organizarse mucho mejor que la derecha, siempre tiene las de ganar porque no sólo gobierna cuando está en el poder sino que también orienta y dirige las políticas del PP cuando está en la oposición gracias a este tipo de órganos colmados de entidades afines (ecologistas, feministas, catalanistas, arcas, animalistas, sindicatos varios…) que, finalmente, acaban transformándose en correas de transmisión de la izquierda política en su asalto al poder.

 

Cuando el PP vence unos comicios, la tesitura que se le plantea es liquidar o no estos organismos de participación porque haga lo que haga va a salir mal parado. Si los disuelve “ipso facto”, pagará un precio político al ser acusados de “dictadores”, “no demócratas” y no “creer en la participación”. Con todo, la experiencia nos dice que es lo mejor que puede hacer. Si decide mantenerlos, este tipo de organismos terminarán revolviéndose en su contra al ser utilizados por la izquierda para desgastar al ejecutivo del PP. La cabra tira al monte, por mucho que la cuidemos con generosas subvenciones.

Un somero repaso a los órganos de participación creados o restaurados por el Pacte 3.0 no deja lugar a dudas. La Comisión de Impulso del Turismo Sostenible se creó para evaluar y decidir a qué tenían que ir destinados los fondos del nuevo impuesto turístico. Se invitó a los ecoló, a ARCA y a los ayuntamientos a participar en dicha comisión y a presentar sus ideas y proyectos, ofreciendo una falsa imagen de participación. Al final, unos y otros se han quedado con un palmo de narices. No sólo no han decidido nada puesto que el destino de los fondos lo había decidido de antemano el Govern –que había incluido varios de sus proyectos en los presupuestos de 2017 aprobados hace un mes– sino que ninguno de los proyectos municipales, bastantes de ellos relacionados con la mejora del aprovechamiento del agua, ha sido subvencionado. Esta es la gratitud del Pacte hacia quienes le apoyaron políticamente para aprobar el polémico impuesto. Así es cómo el Pacte entiende la participación y la gratitud.

La Comisión de la Diada de Mallorca que creó Miquel Ensenyat para estudiar cómo podía potenciarse la Diada y, sólo eventualmente, para cambiarla de fecha, es otro ejemplo palpable de la hipocresía que adorna a las huestes de la izquierda cuando se llenan la boca de “participación”. Ensenyat creó esta comisión con la intención de cambiar la fecha del 12 de septiembre al 31 de diciembre, una reivindicación largamente soñada por el PSM. El PP, el partido mayoritario del Consell de Mallorca, fue el primero en salir de las reuniones de la comisión cuando se percató de que Més estaba tratando de vestir de consenso una decisión política que tenía tomada de antemano. Los canales participativos que se pusieron a disposición de los interesados apenas captaron el interés de los… nacionalistas. Los datos hablan por sí solos. Según el dictamen de la comisión finalmente capitaneada por Més, el apoyo al 31-D había sido “abrumador”: sólo 19 ayuntamientos mallorquines y 46 personas dieron su opinión, la inmensa mayoría a favor del 31-D. ¡¡46 personas!! El apoyo fue tan “abrumador” entre estos 46 ciudadanos como pírrico el interés de los mallorquines en participar.

A los pocos meses de empezar la legislatura, el Pacte decidió que sería un consejo asesor el responsable de elaborar el nuevo modelo de IB3, el llamado “Consejo Asesor de Contenidos y Programación”. La composición del nuevo ente sirvió para una nueva demostración del sectarismo acostumbrado. Mientras el Pacte colocaba a dos miembros de la Obra Cultural Balear –que ha demostrado sobradamente el mal uso de los dineros públicos recibidos– en dicho consejo, vetaba a la Fundació Jaume III. Por cierto, IB3 acaba de conceder sus informativos a Mediapro, una decisión contraria a uno de los principales propósitos por los que nació IB3, como era potenciar el sector audiovisual autóctono.

Otro tanto podríamos decir de la composición del Consejo Escolar de las Islas Baleares donde la autollamada “comunidad educativa” va a acoger en su seno al colectivo LGBTI y al “tercer sector”, colectivos dóciles a la izquierda y que nunca van a agradecer al PP y C’s la alfombra roja que les ponen día a día pese al rechazo que suscita tanta intromisión en muchos de sus votantes, hartos de tanta sumisión a la corrección política que marca el progresío.

No quiero extenderme en la composición de otro consejo, el restaurado Consell Social de la Llengua Catalana, donde tampoco se ha invitado a la Fundació Jaume III a participar, no vaya a ser que entre las 136 medidas del plan lingüístico recientemente aprobado hubiera alguna dirigida a fomentar las modalidades insulares reconocidas en nuestro Estatuto de autonomía.

Como podemos observar con estos casos que no pretenden ni mucho menos ser exhaustivos, el sectarismo, la falta de pluralidad y el uso a conveniencia que se hace de estos organismos no sólo afecta a los consejos y a las comisiones sectoriales creados “ad hoc” desde el poder. Así, por ejemplo, leo en la prensa que la nueva federación de vecinos que preside Miquel Obrador, la “Federació de Veïnats de sa Ciutat de Palma”, deberá esperar a tener voz y voto en los organismos municipales y en los consejos de administración de Cort. Al parecer debe cambiarse el reglamento de participación, algo con lo que no está de acuerdo el presidente de la “Federació de Veïns”, Joan Forteza, que rechaza la presencia de la federación de Obrador. Forteza “argumenta” que su entidad tiene más de cuarenta años y es la más representativa de la ciudad. En fin… nada cómo sentirse autorizados para patrimonializar los órganos de participación en su único y exclusivo beneficio. Marca de la casa.

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Publicat a EL MUNDO/Día de Baleares

La mentira enquistada

Tal vez uno de los rasgos más odiosos del nacionalismo sea la facilidad con la que miente. El cambio de la Diada de Mallorca nos ha ofrecido una nueva muestra para observar su apego a la mentira y a la hipocresía, sin importarles caer en incoherencias ni contradicciones de toda índole con tal de imponer su punto de vista. El fin justifica los medios. Y la mentira es, en política, uno de los más eficaces, como saben los populistas y los nacionalistas, a fin de cuentas unos populistas “avant la lettre”.

Los mismos saduceos y sofistas que repiten sin cesar que no hay inmersión en catalán son los mismos que nos dicen ahora que no se puede tildar el 31-D de “fiesta catalanista”. “Sorprende −decía el editorial de Última Hora−, que algunas organizaciones, como la Fundació Jaume III, se opongan a que el 31 de diciembre sea la Diada de Mallorca por tildarla de fiesta catalanista. La protesta carece de sentido y es un mal precedente el intento de politización de la jornada”. Se trata del mismo periódico que días atrás informaba del lema de los independentistas para este 31-D: “Per la plena sobirania de Mallorca. Construïm Països Catalans”. Da igual que los premios de la OCB se llamen 31 de diciembre. Da igual que Tòfol Soler (ASM) y Maria Antònia Font del STEI defendieran la “catalanidad” de los mallorquines en el pleno del Consell de Mallorca de hace una semana (“yo me siento catalana de Mallorca”, dijo Font, como si todo el mundo no pueda sentirse lo que quiera) y abogaran por que el 31-D fuera una palanca para “ser el que volem ser”, con continuas alusiones al derecho de autodeterminación. Da igual que el PSM nunca haya dejado de reivindicar el 31-D. Da igual que la manifestación del 30-D se convierta año tras año en un aquelarre separatista que se prolonga hasta la ofrenda floral en la Plaza de España. Da igual. Para Última Hora, los que politizan el 31-D no son los catalanistas que llevan treinta años haciéndolo sino la Fundación Jaume III. Nada menos.

Resulta insólito que Última Hora publique el mismo día que el editorial reseñado una entrevista a Miquel Deyà en la que el historiador defiende el 31-D como Diada de Mallorca porque “la Festa de l’Estendard ha sido siempre una exhibición de hispanidad”, una fiesta conservadora que parte de los señores descendientes directos de la Conquista, una conmemoración donde históricamente se han rendido honores “al pendón del rei en Jaume, no a ningún partidismo nacionalista”, una celebración donde se homenajea a la “Corona de Aragón, fundadora de la hispanidad y al antiguo Reino de Mallorca”. Lo insólito no son las declaraciones de Deyà que nos remiten a un 31-D no contaminado por el catalanismo. Lo insólito es que Última Hora –así como los portavoces de Més y El PI– se aproveche de Deyà para respaldar la peregrina tesis de que el 31-D no es ninguna “fiesta catalanista”.

En efecto, si Més ha elegido el 31-D como Diada de Mallorca no lo ha hecho por ninguna de las razones que aduce Deyà sino exactamente por todo lo contrario. Efectivamente, desde que el catalanismo se lo apropió, el 31-D es una celebración nada lúdica y sí muy reivindicativa, nada cristiana, nada hispánica, excluyente, de la que se ha expulsado al ejército, en la que no se exhiben las cuatro barras como emblema de los reyes aragoneses sino como signo de la “catalanidad” de Mallorca. El ponente de Més en el Consell, Lluís Apesteguia, ha sido muy claro al respecto: cada nueva generación tiene derecho a interpretar el pasado como le venga en gana. Es lo que han hecho.

Otro que baila el agua al catalanismo triunfante es el periodista de Diario de Mallorca, Miquel Adrover, que informa que “la Fundació Jaume III clama contra la unidad de la lengua”. Falso. Lo que dije yo el pasado 23 de diciembre en defensa del 12-S fue que el primer triunfo del catalanismo a la hora de imponer sus símbolos de partido había sido en 1983 cuando logró que la lengua se denominara “catalana” en el Estatut, un nombre que nadie utilizaba salvo una minoría. Las pruebas son abrumadoras. Cuando en 1975 Franco permitió el aprendizaje de las llamadas “lenguas regionales”,  Última Hora tituló en portada: “El mallorquín en la escuela”. En 1978 la Constitución Española fue publicada oficialmente en “lengua balear”. El nombre no hace la cosa y en principio no cuestiona ninguna unidad, máxime de un idioma que hasta hace muy poco carecía de un nombre unitario.

El catalanismo en Baleares no sería nadie si los Pedro Serra, los adrover o los manresa de turno no le allanaran el camino al disfrazar sus verdaderas intenciones mientras difaman a quienes se oponen a su avance.

El pasado, según el catalanismo, es un campo fértil para la reinterpretación, la manipulación y la deformación a gusto del ciudadano actual. Por lo tanto, no ven incoherencia alguna que quien se declara laicista quiera celebrar la llegada del denostado cristianismo, que quien se declara pacifista (incluso antitaurino y animalista) quiera celebrar una matanza, que quien se declara republicano prefiera celebrar un acto de guerra a un juramento de una carta de libertades civiles, que quien se declara “soberanista” quiera celebrar nuestra subordinación a Cataluña y no nuestra independencia como reino (que es lo que se celebraba el 12 de septiembre), que quien se declara amigo de las clases populares quiera celebrar una tradición de señores feudales, que quien se declara contrario al 12 de octubre celebre la conquista de 1229. Sólo es cuestión de jugar a contextualizar/descontextualizar el pasado para volver a presentarlo (“re-presentar”) cómo nos convenga de modo que, debidamente reinterpretado por los elegidos, el oráculo ancestral nos marque el camino a seguir desvelando nuestra verdadera esencia.

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Publicat a EL MUNDO/Día de Baleares

Aclariment a Miquel Adrover (Diario de Mallorca)

Apreciada directora [des DM]:

He llegit sa crònica des seu diari de dia 24 de desembre que informava de s’aprovació des canvi de data de sa Diada de Mallorca. Sa crònica està firmada per Miquel Adrover, periodista d’aquesta casa. I he romàs estafaril·lat pes subtítol de sa notícia: «La Fundación Jaume III clama contra la unidad de la lengua y saca pancartas contra la decisión adoptada en el pleno del Consell». Com a portaveu de sa Fundació Jaume III, puc afirmar que no vaig negar s’unitat de sa llengua catalana durant sa meva intervenció a sa sala de plens des Consell. Lo que sí vaig dir és que el 1983 es catalanisme, molt minoritari llavors, va conseguir un triumf històric quan ginyà ses altres formacions polítiques perquè denominassin “catalana” sa llengua de Balears quan sa gran majoria d’illencs l’anomenaven mallorquina de feia molts de segles, com a mínim des segle XVI ençà. A nivell oficial, abans del 1983, se parlava de “mallorquí” o “balear” per referir-s’hi. Així constava en es bolletins de notes quan se va començar a ensenyar mallorquí a s’escola, i en llengua balear se va estampar sa Constitució Espanyola de 1978 en es BOE.

Tot això confirma que abans de 1983 s’ús de sa paraula “català” per anomenar sa llengua des mallorquins era molt minoritari. Això no vol dir negar ni “clamar”, com diu n’Adrover, contra s’unitat de sa llengua. Senzillament, se tracta de constatar una evidència històrica. De fet, sa denominació de sa llengua –així com es seus límits territorials– va esser sempre una qüestió controvertida perquè, llevat pentura des terme “llemosí” que englobava valencià, català i balear com a dialectes, mai va tenir un nom unitari tal com ho entenem avui en dia. Aquesta orfandat nominal va fer que fins i tot se plantejassin noms alternatius tan estrambòtics com “bacavès” o “cavabà”. Tenien por, no sense raó, que posar-li “català” marginaria la resta de grans dialectes, com ha passat. Per això, es valencians se curaren en salut i li posaren “valencià” a s’Estatut.

Fixada el 1983 sa premisa que sa llengua de ses Balears era es català, tot seria capavallada pes PSM que podia aferrarse així a s’Estatut i afirmar que com que xerràvem català érem també catalans o que formàvem part d’un univers català. Li bastava aplicar sa fórmula romàntica de “una llengua, una cultura, una nació, un Estat” que ha fet fortuna a tots es nacionalismes moderns.

Sa Fundació Jaume III mai ha negat s’unitat de sa llengua, com demostram a tots es nostros escrits. Ara bé, creim que a l’any 1983 va esser un error anomenar-la “catalana” perquè això mos va privar de construir des de Balears un model de llengua per usos formals que tengués com a principal (no única) referència ses Illes Balears, no Barcelona, com tenim ara. Es nom no fa sa llengua, certament, emperò en condiciona sa seva codificació i formalisació. Darrere un estàndar (que té com a principal funció depurar ses formes més dialectals) no hi ha només “ciència” sinó una determinada manera de concebre un país i es tipo de relació entre es diferents territoris des mateix domini lingüístic. Noltros concebem Balears com una autonomia i per tant reclamam un estàndar adaptat sobretot a sa nostra realitat autonòmica. D’altres conceben Balears com una part des Països Catalans i per això defensen s’estàndar que defensen.

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Carta a sa directora des Diario de Mallorca

¿Por qué no quieren el 12 de septiembre?

Las filtraciones de la sala de máquinas del Consell de Mallorca a ciertos periodistas afines apuntan a que Més se habría salido con la suya a la hora de imponer la fecha del 31 de diciembre como Diada de Mallorca, sustituyendo la actual del 12 de septiembre. Se trata de una reclamación histórica del catalanismo que, una vez más, se sale con la suya en medio de la indiferencia silenciosa de la derecha y la genuflexión de la izquierda balear, las muletas cómplices y necesarias para que el catalanismo siga avanzando en su deseo de construir simbólicamente una identidad mallorquina ajustada a su ideología. O sea, tratando de magnificar al máximo aquellos vínculos que nos unirían a los catalanes y despreciando todos aquellos –muchísimo más numerosos a lo largo de los 3.000 años de nuestra historia, incluso del último milenio, se mire por donde se mire– que nos distancian de nuestros queridísimos “germanos del norte”. De ahí la obsesión de Miquel Ensenyat de eliminar la Diada del 12 de septiembre no por su falta de arraigo (¿y qué arraigo tiene todo lo que organiza el catalanismo por estos pagos a pesar de contar con todo el apoyo público e institucional?), no por falta de popularidad (¿acaso fue muy popular denominar la lengua como “catalana” en 1983 cuando cinco años antes la Constitución Española fue publicada en el BOE en “lengua balear” (sic)?), sino porque el 12 de septiembre nos remite a unos hechos que no encajan en los esquemas mentales de quienes pretenden inculcarnos la historiografía romántica catalanista que, no olvidemos, tiene apenas siglo y medio de existencia, no más.

En efecto, de lo que estamos hablando aquí y ahora no es de historia sino de adecuar los símbolos identitarios (lengua, bandera, diadas) del pueblo mallorquín –y por extensión, del balear– a una determinada ideología de corte nacionalista, la que empieza a asomar su cabecita tímidamente a finales del siglo XIX, circa 1880, en plenaRenaixença catalana. Como ha pormenorizado con todo lujo de detalles el profesor e historiador de la lengua August Rafanell en La il·lusió occitana (Ed. Crema, 2006), hasta 1880 la inmensa mayoría de expertos en lenguas románicas consideraban el “catalán” (igual que el mallorquín-balear y el valenciano) como un dialecto de la lengua provenzal, lemosina o de Oc. Las pruebas son abrumadoras. Sólo algunos, como Ballot y Antonio de Bofarull, autores de las primeras gramáticas de catalán, se habían atrevido a afirmar que el catalán era una lengua separada de la legendaria lengua de los trovadores, la langue d’Oc. Para que se hagan una idea, en 1874, cuatro ilustres baleares (Jeroni Rosselló, Pons Gallarza, Tomàs Forteza y el menorquín Quadrado) aceptaron formar parte de una Academia de la Lengua de Oc encabezada por el genial poeta occitano Frederic Mistral y sus felibres, academia que tenía por objeto normativizar, fijar y codificar la lengua provenzal en la que se subsumían el catalán, el valenciano y el balear. Entonces, la inmensa mayoría de los prohombres de la Renaixença (Aribau, Víctor Balaguer, Milà i Fontanals, Verdaguer, Maragall…) no dudaban de la unidad lingüística y cultural con los occitanos de allende los Pirineos. Es más, la Renaixença catalana se consideraba deudora del admirable renacimiento de las letras occitanas. Los primeros juegos florales de Barcelona (1859) se inauguran cinco años después de la fundación del Felibrige (1854), la aurora del movimiento occitanista encabezado por Mistral. Su influencia será tanta que alcanzará a los juegos florales de Barcelona donde se aceptarán las obras de los poetas ultrapirenaicos siempre que se escriban en una grafía comprensible.

Sólo tras la ruptura de relaciones entre el francés Mistral y el español Víctor Balaguer por circunstancias políticas se esfuma la posibilidad de crear una ortografía y gramática unificadas entre ambos lados de los Pirineos. Es entonces cuando el espíritu de los tiempos cambia. Los catalanes ven en sus hermanos occitanos más un lastre que un impulso y empiezan a tomar conciencia de la separación idiomática. Mossèn Alcover, sin ir más lejos, pocos años antes de presidir el I Congrés de la Llengua Catalana (1906), todavía creía en la unidad de la lengua occitana. Como apunta Rafanell, tendremos que esperar al 1934, en plena II República, cuando Fabra y la intelligentsia catalana firmen, en un acto supremo de autoridad, el acta de defunción de esta “ilusión occitana”, una auténtica llamada al orden dirigida contra las “desviaciones” occitanistas.

Y si esto ocurría a finales del XIX, ¿cómo puede sostenerse a día de hoy que la conquista de 1229 fuera “catalana” en el sentido de que el pueblo mallorquín pasó a hablar “catalán” como afirma la ley de normalización lingüística? No hay un solo documento escrito que certifique que en 1229 los “catalanes” –un gentilicio que apenas se empezó a utilizar un siglo antes– hablaran una lengua diferenciada de los territorios de Oc. Ni los filólogos más voluntaristas han sido capaces de encontrar alguna acta fundacional del catalán que certifique claramente dicha separación lingüistica en el medievo. En realidad, eran los “catalanes” (o como se llamaran) los que escribían en la prestigiosa lengua de los trovadores y no al revés.

Sobre esta patraña originaria, sin embargo, el nacionalismo ha construido una ideología que pretende reincorporarnos a la catalanidad perdida, un mito. La nación no preexiste al nacionalismo. Es al revés, es el nacionalismo quien la crea y para ello se vale de todos los elementos –algunos ciertos, otros inventados, otros deformados– que están a su alcance para llevar a cabo esta “profecía autocumplida” como es toda construcción nacional. Por eso se magnifican ciertos episodios históricos y se obvian otros, tal vez más relevantes. La historia, como la filología, se transforman así en ilustres cortesanas de la política. No seré yo quien discuta, ¡sólo faltaría!, la legitimidad de los catalanes de crear su propio idioma que ha servido de base a sus deseos de emancipación nacional. Antes otros lo hicieron. Otra cosa es que, además de absorbernos a cámara lenta gracias a unos políticos serviles e ignorantes que se pliegan ante los argumentos de autoridad de unas élites intelectuales venales y politizadas al máximo, pretendan hacernos comulgar con sus ruedas de molino, disfrazando sus pretensiones políticas de “científicas” o acordes con el signo de la historia. A fin de cuentas, todos somos libres de creer en lo que queramos, incluso en los “curanderos”, como decía el otro día en IB3 Antoni Joan Pons con la arrogancia propia de la feligresía nacionalista.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 10/12/2016

Adiós a la dictadura del estándar

Hace unos días me llamó el presidente de una asociación de padres de alumnos para decirme que la directiva del colegio en el que estudia su hijo le había prohibido escribir una circular dirigida a los padres en mallorquín. El colegio le había dicho que utilizar el artículo baleárico, el pronombre débil “mos” (en vez de “ens”) o palabras como “guapa”  y “estupenda” –ambas pueden encontrarse en el mismísimo DIEC2, el Diccionario normativo de la Lengua Catalana en su segunda edición– eran “errores ortográficos”. Lo no estándar, advertía el colegio, era sinónimo de  “error ortográfico”.

Tal vez a ninguno de ustedes le sorprenda una aseveración de estas características aunque sea una absoluta falsedad, incluso para el propio Instituto de Estudios Catalanes (IEC) del que dependemos lingüísticamente gracias al buen hacer de nuestros políticos. En efecto, si buscan la palabra “estàndard” en el DIEC2, diccionario normativo de referencia, en su tercera acepción, la filológica, leerán: “Varietat lingüística que, per un procés espontani o dirigit, ha assolit un alt grau d’anivellament, de codificació, de confluència i d’acceptació en què es tendeix a eliminar al màxim les diferències dialectals, la qual utilitzen normalment, en els diversos registres i nivells, els membres d’una comunitat”. Fíjense que para nada habla de “corrección” ni de “incorrección”, a diferencia de lo que creen la mayoría de correctores y maestros de catalán de las Islas. Y contrariamente a lo quieren hacernos creer, la modalidad estándar sí “elimina al máximo las diferencias dialectales” porque su principal función es la intercomprensión entre dialectos, además de referencia-modelo a largo plazo –con el sacrificio natural de los dialectos– a la que deberán tender los hablantes con “lealtad lingüística”.

A lo largo de treinta años de normalización lingüística mal entendida, el catalanismo y, en consecuencia, los que han pasado por sus fauces tanto en la escuela como en los cursos de reciclaje, ha dado por sentada la dicotomía tradicional “formal=correcto=estándar=escritura” contra “informal=incorrecto=no estándar=habla”. O, lo que es lo mismo en mentes todavía más obtusas, “lengua” –confundida con el estándar– frente al “dialecto”, entendido como una especie de degeneración de esta lengua pura, científica, moderna y culta que sería la lengua literaria o estándar. Esta mentalidad simplona y maniquea está absolutamente generalizada, como observamos en los maestros del colegio del que hablaba al principio.

La nueva gramática catalana. El pasado 29 de septiembre el pleno del IEC ratificaba la nueva Gramática catalana (GLC) después de veinte años de trabajo. La anterior gramática era la de Fabra de 1918 que había sido retocada por él mismo en 1933. Más que los cambios, poco sustanciales realmente, que nos ha traído la nueva GLC −tal vez lo que ha levantado mayor polvareda ha sido la supresión de casi todos los acentos diacríticos−, lo realmente innovador ha sido el nuevo enfoque bajo el que nace. Más que una gramática que “prescribe” lo que es correcto y lo que es incorrecto, se trata de una gramática descriptiva que, como indica su nombre, “describe” las soluciones lingüísticas de los distintos dialectos que pasan a ser “normativas” mientras sean genuinas y no se diga expresamente lo contrario. La GLC elude pronunciarse entre lo que es correcto e incorrecto y habla ahora de formas “preferentes”, “adecuadas”, “generales” y “particulares” en función, claro está, no sólo del registro sino también del contexto y de las necesidades comunicativas en cada ámbito. Este cambio de paradigma abre la puerta a muchas formas dialectales que hasta ahora habían sido desechadas por el catalanismo ultraortodoxo que nos domina en Baleares, más fabrista que Fabra, al ser tachadas estas formas por ser “coloquiales”, o “demasiado dialectales”, o “incorrectas” (?), o parecer “castellanismos”. El IEC pretende así acercar la norma al uso diario y real que se hace de la lengua, tal como viene abogando desde su nacimiento la Fundació Jaume III.

Bofetada a la OCB. Este cambio de filosofía de la nueva GLC que termina con el monopolio devorador de lo estándar sobre la lengua –que es mucho más que el estándar– y que liquida la asociación tradicional “estándar=formal=correcto” se ha acometido para “permitir la identificación de todas las hablas de todo el territorio” y para “cohesionar la lengua catalana”, en la línea que ha defendido siempre la Fundació Jaume III.  En efecto, nosotros hemos considerado siempre que uno de los grandes errores de la normalización lingüística en Baleares ha sido imponer un modelo de lengua con el que los mallorquines –lo mismo vale para menorquines e ibicencos– no se sentían identificados ni reconocidos, lo que ha provocado el abandono oral y escrito del idioma por parte de innumerables nietos e hijos de familias que hasta hace treinta años habían hablado siempre mallorquín en su casa. La rectificación del IEC supone el reconocimiento implícito de que la uniformidad cuartelera propugnada por los filólogos de la UIB y la OCB causaba más problemas que soluciones. Su rigidez uniformizadora ha provocado, en última instancia, la resistencia pasiva de muchos baleares que siguen sin aceptar la denominación de “catalán” y la unidad lingüística. Esta mayor flexibilidad y apertura hacia los dialectos apenas representados en el estándar, como el balear, es todo un ejercicio de realismo ante la imparable pérdida de hablantes, máxime cuando el territorio lingüístico está dividido en varias realidades políticas consolidadas donde lo lógico sería tener un modelo de estándares autónomos, como los que ya existen de hecho en las comunidades valenciana y catalana.

El IEC parece haberse percatado de que la uniformidad a palo seco no generaba “más” unidad sino “menos”, de ahí el cambio de rumbo. No se trataba, como abogaba el sucursalismo local, de que los hablantes aprendieran a hablar y a escribir bien de acuerdo con una Norma Sagrada bendecida por unas autoridades “científicas”, sino de que esta norma sea más intuitiva y se adapte mejor a la lengua viva de la calle, siempre que ésta sea genuina, como todavía lo es el mallorquín de nuestros padres y abuelos.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 26/11/2016