Se dice que una lengua se latiniza cuando todo el mundo la conoce pero nadie la habla.
El resumen de la Enquesta d’Usos Lingüístics del 2014 que acaba de publicar la Consejería de Cultura, Participación y Deportes confirma la caída del uso de la lengua autóctona –cada vez menos autóctona, claro– que todos podemos observar en la calle, sobre todo en Palma y en las Pitiusas.
En términos globales, el catalán es el idioma habitual para el 36,8% de los residentes baleares. El castellano lo es para el 49,9% de la población, mientras un 10,3% utiliza habitualmente las dos. Si consideramos el número de hablantes, el castellano ya es la verdadera “lengua del territorio”, término que les encantaba utilizar a los nacionalistas y que ahora se les ha vuelto en contra. Ahora mismo, los catalanohablantes ya somos minoría en Baleares, al menos según la muestra de 1.800 entrevistas de la encuesta de marras realizada por la Generalitat de Catalunya y la UIB.
Respecto a una encuesta del 2003-2004, el uso del catalán ha bajado a un ritmo vertiginoso, de un 45% al 36,8% referido. Pero hay una variable crucial que invita aún más a la desesperanza: la interrupción del relevo lingüístico entre generaciones. El ibicenco y el mallorquín podrían convertirse en pocos años en idiomas rurales, con una presencia residual en sus capitales. El menorquín, en cambio, aguanta con mayor solidez. La cuestión es qué hacen los jóvenes. Y la encuesta lo deja meridianamente claro: abandonan el catalán. El estudio divide a la población en cuatro franjas de edad: 15-29 años, 30-44 años, 45-64 y más de 64. El uso del catalán desciende conforme baja la edad.
Si nos centramos en la franja juvenil (15-29) los resultados son desoladores. Sólo un 21,6% de los encuestados de esta franja de edad utiliza de forma predominante el catalán: un 20,6% de este porcentaje tienen como lengua materna (inicial) el catalán y sólo un 1% el castellano. Otro 18,6% declara que a veces lo usa pero el encuestador entiende que de forma no predominante (de ahí que les califique como “alternadores”, o sea, que alternan ambas lenguas). Hasta aquí los catalanohablantes, una horquilla que va desde el 21,6% (los que siempre o casi siempre lo usan) hasta un 40,2 % si incluimos los “alternadores” bilingües. El porcentaje restante hasta llegar al 100% lo conforman los jóvenes castellanohablantes. Un 7,5% (“nuevos castellanohablantes) lo conforman los jóvenes que apenas usan el catalán a pesar de ser su lengua materna. Otro 47,6% (“castellanohablantes tradicionales”) apenas utilizan el catalán. Finalmente, un 4,7% son extranjeros (“alóglotos iniciales”) que tampoco utilizan el catalán. La horquilla de castellanohablantes variaría entre el 59,8% y el 78,4% si incluimos los “alternadores” bilingües. Con estos datos sobre la mesa, la propia consejería admite cuatro tendencias, literalmente: “a) Es redueix el percentatge dels catalanoparlants de llengua inicial [materna] catalana; b) creix el percentatge de castellanoparlants inicials; c) pràcticament s’esvaeix la capacitat d’atraure no-catalanoparlants joves cap a l’ús del català; d) un considerable percentatge de catalanoparlants inicials joves fa ús predominant del castellà”. Para tirar cohetes y celebrar aniversarios de la ley de normalización lingüística (1986).
¿Lengua de integración? El catalán, lengua de integración. El catalán, lengua de acogida. El catalán, lengua vehicular. El catalán, lengua de todos. Seguro que usted, querido lector, recuerda todos estos eslóganes y unos cuantos más en la misma línea. Pues bien, estos eslóganes sólo reflejan tres cosas: voluntarismo, idealismo y propaganda La realidad nada tiene que ver con las quimeras y el “wishful thinking” que adornan a nuestra clase política y al catalanismo. La encuesta no deja lugar a dudas. De los residentes que han nacido fuera de Baleares, Valencia y Cataluña (el área lingüística catalana) sólo un 2,9% utiliza el catalán de forma predominante. Otro 8,9% (“alternadores”) lo utiliza a veces intercambiándolo con el castellano. En suma, el 11,8% de los foráneos habla alguna vez en catalán. El 88,2% restante, nunca o casi nunca. Y si nos centramos en los residentes que han nacido en el área lingüística catalana, sólo un 3,6% de castellanohablantes iniciales utilizan el catalán de forma predominante. Se mire por donde se mire, el proyecto de hacer del catalán una lengua de integración ha fracasado por completo.
Inmersión. Alguien podrá objetar que en un territorio como el balear donde más del 40% de la población ha nacido fuera estos datos no son sorprendentes. Así es, salvo si se ha puesto, como se ha hecho en los últimos veinte años, un sistema de educación al servicio de la salvación del catalán y la integración de los foráneos. La inmersión lingüística no es un sistema propiamente educativo: es un sistema para aprender una lengua. Y si resulta que todos los esfuerzos han ido encaminados a este objetivo supremo, esto es, a la integración del castellanohablante (o extranjero) a través del catalán, hay que concluir que la cosecha es desalentadora. ¿Cómo se explica la deserción lingüística de los jóvenes? ¿Cómo se explica este abandono? De momento, las huestes catalanistas apenas han reaccionado a esta encuesta demoledora que las deja a la altura del betún al poner de manifiesto el fiasco morrocotudo de sus programas de ingeniería social. El digital Ara Balears ha reconocido que la normalización, después de treinta años, es todavía una “utopía”. Y lo que te rondaré, morena. Més ha admitido el “estancamiento del catalán”. “Com acollim els nouvinguts perquè se sentin emocionalment vinculats a la nostra llengua?”, se han preguntado, desolados.
Algo se ha hecho mal, muy mal. La inmersión no ha dado, ni de lejos, los frutos deseados pero no crean que esto vaya a provocar la más mínima crítica en el gremio catalanista. Ni siquiera una reorientación de sus políticas lingüísticas. Tienen razón: a día de hoy el catalán es una “lengua minorizada” que, para una mentalidad estatista e intervencionista, necesita de mucho cuidado de las administraciones públicas y de su respiración asistida en forma de ayudas, dinamizadores y cursos de catalán. ¿Quién más preparado y lúcido que ellos, que han montado una industria de la culpa para liderar un nuevo renacimiento lingüístico, para alcanzar la utopía –sí, la eterna utopía– de equiparar el catalán al castellano? En buenas manos está el pandero.
