Divinizar la lengua, esta vez su estándar y sus registros, ésta ha sido la reacción furibunda del catalanismo frente a las tentativas de dignificar los rasgos más relevantes que definen el mallorquín, el menorquín y el ibicenco, como es el artículo “salat”. Su virulencia verbal contrasta, sin embargo, con la pobreza de sus argumentos. Básicamente, se están dedicando a: a) caricaturizar el mallorquín, identificándolo con lo payés, lo vulgar y lo folclórico, como si no tuviera tanta o más riqueza filológica que el dialecto barcelonés que constituye la base del estándar; b) apelar sistemáticamente a la autoridad “científica”; y c) recordarnos a todas horas la famosa teoría de los registros, estos compartimentos estancos jerárquicos y cerrados bajo siete llaves que impedirían, con carácter definitivo, la formalización de nuestras modalidades insulares.
Desmontemos toda esta mascarada. Para empezar, la gramática normativa de una lengua no obedece a ninguna ciencia filológica porque ésta, lisa y llanamente, no existe. La elaboración de una gramática, igual que la elección de una ortografía, nada tiene que ver con la “ciencia”. Se sorprenderían de la arbitrariedad con la que los lingüistas echan mano de un criterio u otro para aceptar o desechar una determinada norma ortográfica, una morfología pronominal o una palabra. ¿Cómo pueden ser “científicos” y no sujetos a controversia los acuerdos tomados por mayoría en una academia de la lengua? Pero es que, además, como admite con naturalidad nada menos que el padre de la Sociolingüística Catalana, Lluís Vicent Aracil, del que lleva nutriéndose intelectualmente todo el catalanismo hace más de tres décadas, la fijación normativa de un idioma “responde a exigencias y demandas históricas que nunca son ‘puramente’ lingüísticas” (Papers de sociolingüística, p. 183). El acento cae, huelga decirlo, en ‘puramente’. Aracil se refiere a otras exigencias tan poco lingüísticas como las políticas, las culturales o las demográficas.
Por otra parte, la normativa de una lengua debe adaptarse a las expectativas, a las aspiraciones, a los intereses de la comunidad lingüística a la que se dirige. No es algo que incumba sólo a los académicos sino también a los hablantes que serán, con sus usos lingüísticos, los que certificarán o no el acierto de los primeros. Como afirma Aracil, antes de definir cómo tiene que ser el estándar hay que decidir primero para qué lo queremos (Papers…, p. 221). Una gramática, un libro de estilo, el propio estándar o un registro formal, no son algo caído del cielo, intocable, sagrado, perpetuo, sino algo en construcción sujeto a cambios, al menos en aquellos aspectos que no han sido exitosos socialmente. Pensemos, por ejemplo, en el modelo de catalán formal espontáneo –improvisado, por tanto– que nuestros filólogos de la UIB consideraban prioritario potenciar hace quince años. En el libro La llengua catalana a Mallorca. Propostes per a l’ús públic (Antoni I. Alomar, G. Bibiloni, J. Corbera i J. Melià, 1999), estos filólogos admitían que “la llengua escrita encara no pateix tan greument les conseqüències de la anormalitat dels models lingüístics, perquè sol estar controlada per la figura del corrector. On el problema es més punyent és en el cas de la llengua espontània oral formal, massa allunyada de la llengua escrita, massa confosa amb els parlars casolans i massa interferida pel castellà” (p. 18). Esta propuesta, que incluía la “utilització de l’article estàndard, de les formes verbals i pronominals normatives o d’una sintaxi ajustada a les normes de la gramàtica” (p. 21), o sea, el traslado casi mimético del estándar escrito a la oralidad, ha fracasado por completo por poco que observemos qué modelo usan los docentes para impartir clases, los políticos en sus declaraciones públicas o los periodistas en la radio, o sea el “público objetivo” al que se dirigía dicha propuesta. La constatación de este problema “punzante” en 1999 significa que ya acumulaban casi otros quince años de fracaso, al menos desde 1986 con la ley de normalización. Lejos de hacer autocrítica y reconocer este fiasco, fruto de la resistencia pasiva de los hablantes hacia un modelo lingüístico con el que no se sienten identificados ni cómodos, el catalanismo prefiere negar la realidad, mirar para otro lado y atacar con ferocidad a quienes señalan el problema. Como dice Aracil, “la cosa es simple: no tiene sentido enseñar una variedad lingüística que la gente no tendrá ninguna oportunidad ni ninguna necesidad de usar. Sería como enseñar la manera de cazar osos a los habitantes del Congo” (p. 193, Papers…). En efecto, los mallorquines hemos aprendido a cambiar de lengua cuando hablamos con un castellanohablante pero seguimos siendo incapaces de hablar catalán estándar, a pesar de la mayor distancia lingüística del mallorquín con el castellano. Y esta no es una cuestión baladí: es el reconocimiento de un fracaso en toda regla. Son los comportamientos lingüísticos de los mallorquines, su voluntad en suma, los que han hecho fracasar el catalán estándar, algo que no ha sucedido con el español estándar.
Las convenciones sociales, y un estándar con sus registros formales no es más que eso, una convención, se cambian cuando no funcionan. ¿No sería más honesto reconocer este fracaso y apostar por un estándar oral para los informativos de IB3 mucho más acorde con la lengua viva de la calle?
Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, el 24-5-14
