En una reunión que mantuvimos la Fundació Jaume III con un partido político, un dirigente de este partido nos espetó: “─Nos parece muy bien lo que decís. Ahora bien, una cosa es la filología y otra cosa es la política. Dejemos a los filólogos las cuestiones de filología”. Y el pobre ingenuo se quedó tan ancho. Ésta ha sido la gran añagaza utilizada por el nacionalismo catalán para extenderse como una mancha de aceite. O sea, la consideración de que una cosa es la política y otra cosa muy distinta la filología, obviando que el nacionalismo como ideología moderna –el catalanismo político se remonta al 1898 y el cultural a 1859– ha utilizado a los filólogos como su brazo intelectual. Los contornos físicos, fonéticos y geográficos de la lengua que dibujan los filólogos terminan coincidiendo con los de la nación. La lengua es la nación y viceversa.
Como decía, aquí en Baleares se asumen como dogma de fe y como cuestiones “superadas” por la “ciencia” estos tres planteamientos: a) la unidad de la lengua catalana; b) el nombre unitario de la lengua, o sea, el catalán; c) la normativización fabriana y el modelo estándar implantado en nuestro archipiélago, un modelo que sigue a pies juntillas el patrón barcelonés –como si Palma fuera Sabadell– y que ha olvidado aquella sensibilidad léxica hacia todo lo balear ─como demostró en obras como el Vocabulari Mallorquí-Castellà(1965)─ que siempre conservó Francesc de Borja Moll pese a su papel de factótum del catalanismo en Baleares.
Incluso esto último, la mera defensa de las modalidades baleares reconocidas en el Estatuto y la utilización de un estándar mucho más cercano a la lengua viva de la calle les sigue pareciendo a muchos un crimen de lesa humanidad que merece todo tipo de invectivas. Desde que Sebastià Alzamora, alto cargo con Jaume Matas, nos recordara hace una década aquello de que “negar la unidad de la lengua catalana es propio de un imbécil o de un hijo de puta”, se han sucedido las sistemáticas lluvias de insultos hacia todo aquel que cuestionara alguno de los planteamientos a), b) y c) expuestos arriba. Desde quienes han llegado a afirmar que “negar la unidad de la lengua” era lo mismo que “negar que la Tierra es redonda” hasta aquellos que han asegurado mosqueados que a nadie se le ocurriría llamar a alguien que no fuera un arquitecto para construir una casa. Los filólogos serían unos científicos tan infalibles como los físicos y los matemáticos y que, como ciencia que es la filología, cualquier debate debe ser clausurado en nombre del progreso de la humanidad y la propia normalización lingüística. Y lo cierto es que, con este tipo de argumentos, se han salido con la suya: nadie se atreve a cuestionar sus dictados so pena de caer en el anatema. Entre ellos, los políticos, unos seres de por sí pretenciosos, cobardes y predispuestos a abrazar la corrección… política.
Este rasgarse las vestiduras, sin embargo, obedece no sólo al intento de ahogar cualquier debate sobre el tema sino a algo de lo que me he ido dado cuenta conforme me adentraba en el estudio de la historia de la lengua catalana: la precariedad de los tres dogmas de fe que he señalado más arriba. Y lo cierto es que, por mi parte, no había ninguna predisposición para cuestionar ninguno de ellos. Siempre fui un estudiante aplicado y obediente, incluso fui más allá de lo que se me exigía en la asunción, ciertamente inopinada y acrítica, de los dogmas reseñados.
Sí, he constatado que las verdades indiscutibles que esgrime el catalanismo, incluso las de corte más cientifista, están cogidas con pinzas. Son muy precarias, apenas se sustentan en los hechos y la historia real. Esto no quiere decir que al final no terminen ganando la batalla –ya lo han hecho– pero su éxito no radica tanto en la solidez de sus premisas de las que partían cuando empezaron a discutirse estos temas vidriosos como en haber sabido dotar de “conciencia lingüística” a buena parte de los hablantes que carecían de ella. Su éxito no reside en la ciencia, sino en la “conciencia”, no en los hechos filológicos probados sino en la propaganda, en haber sabido “nacionalistizar” las mentes.
Porque, a diferencia de lo que los alzamoras de turno nos quieren hacer creer, si ha habido una lengua que ha suscitado controversia –y mucha– en su definición y sus contornos, así como una formidable polifonía de voces desafinadas, ésta ha sido la lengua catalana. Los alzamoras tendrían que ser más humildes. Sólo voy a dar dos ejemplos de hasta qué punto la controversia de los lingüistas ha tenido que ser zanjada por una decisión política. Año 1913. La aprobación del IEC de las normas ortográficas de Pompeu Fabra provocará una polémica a cara de perro entre normistas –favorables a ellas– y antinormistas. Tendrá que ser el presidente de la Mancomunidad, Prat de la Riba, el que ponga orden en el guirigay apoyando las nuevas normas como una ortografía “nacional” (sic). Como ven, ciencia en estado puro. Año 1934. La crecida, entre las propias élites catalanistas, del occitanismo, un movimiento que pretendía aglutinar el catalán junto al resto de dialectos de Oc, será desactivado mediante un manifiesto de carácter político capitaneado por Fabra, como ha detallado August Rafanell en “La il·lusió occitana”. Dos ejemplos que, lejos de ser puntuales, ilustran no sólo toda una tradición cainita sino que la “historia oficial del catalanismo” que se nos quiere vender nada tiene que ver con la realidad histórica. Pura mitomanía voluntarista. Como concluye Javier Barraycoa, “rara vez la voz del pueblo catalán se hizo sentir unánimemente” y “los protagonistas de la Renaixença del catalán acabaron, en su mayoría, peleados entre sí al ser incapaces de ponerse de acuerdo en nada”, lo que indica que nada, ni siquiera la existencia del catalán como lengua separada de la lengua de Oc, estaba clara.
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Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, es 3-1-2015

