El escándalo suscitado por las declaraciones de Germà Gordó, nada menos que el actual consejero de Justicia de la Generalitat de Artur Mas, ofreciendo el pasaporte del nuevo estado catalán a los baleares y valencianos que así lo deseen, ha permitido conocer de primera mano la posición de cada partido en Baleares en relación a una cuestión, el gran tabú, que lleva revoloteando desde hace cuarenta años en Baleares sin que nadie quiera abordarla de cara. Suena a tautología recordar a estas alturas que la lengua catalana es el elemento central en torno al cual se quiere construir la nación catalana y, en consecuencia, el estado catalán. Es innegable a la vista del “Procés” iniciado en Cataluña, como lo es también en Valencia y Baleares donde sus colaboracionistas (Més, ERC, Compromís) llevan décadas cantando las excelencias de Cataluña y fomentando el odio a España y a sus símbolos nacionales, como la reciente ofensa al Ejército del alcalde de Manacor de Més, o la negativa de los diputados de Més a acudir a la audiencia del Rey en Marivent. Como muy bien apuntaba ayer en este periódico el candidato de C’s a las elecciones generales, Fernando Navarro, el nacionalismo catalán ha elegido la lengua como hecho diferencial para “diferenciarse” (en realidad, “ser superior a”, nadie se diferencia pera ser menos) de los demás como hubiera podido elegir el folklore, la raza o la etnia como cimiento para la construcción nacional de un estado independiente. De ahí que para el nacionalismo la lengua sea la patria y la patria la lengua. El sintagma “lengua nacional” al que abogan sistemáticamente intelectuales nacionalistas como Gabriel Bibiloni, Jaume Corbera, Bernat Joan o Damià Pons es un concepto definitivo que equipara lengua a nación y nación a lengua. Un estado independiente es la condición sine qua non para que el catalán sobreviva como idioma. Y el idioma, claro, es la clave de bóveda sobre la que se asienta la construcción de un estado soberano. En definitiva, la lengua es la nación y la nación es la lengua.
En Baleares y Valencia, debido a la mayor debilidad del catalanismo, la política (la construcción nacional) se ha tenido que disfrazar de actividades culturales y de promociones lingüísticas para crecer. En Cataluña, si bien durante décadas se siguió el mismo patrón, el sentimiento de formar parte a una nación lingüística como tal ya había alcanzado tal grado madurez que sólo faltaba su culminación: el estado nacional. Hay que ser muy ingenuos para creerse las declaraciones de David Abril, el portavoz de las camisetas de colorines de Més, afirmando que su formación está de acuerdo con el concepto de nación lingüística y cultural de los Països Catalans –algo que todos ya sabíamos– pero no, en cambio, con la creación de un nuevo estado independiente, asociado de algún modo a la nueva Cataluña en ciernes. Més abogaría así por una especie de “coitus interruptus”, o sea, alimentar entre su militancia el separatismo y, a la hora de la verdad, cortar en seco la culminación del acto prohibido, con la frustración que se generaría entre su electorado. Ahora mismo, Més debería estar destapando botellas de cava catalán a todas horas después de la proposición de Gordó de otorgar el carné catalán a los baleares más “conscientes y avanzados”, no en vano esto es lo que han venido reclamando sus bases más conscientes y los intelectuales antes referidos. Si algo no han perdonado nunca los Bibiloni, Corbera y Bernat Joan a Jordi Pujol (y a su partido, CDC) ha sido que Cataluña abandonara a los baleares a su suerte, al menos a los catalanes de Mallorca “más conscientes”. ¿De qué se quejan ahora?
Otra que ha quedado bien retratada ha sido Francina Armengol cuya primera obligación, como presidenta de Baleares, es defender a los baleares de estas injerencias y a las instituciones que ella misma representa. A diferencia de los presidentes socialistas de Aragón y Valencia que sí han rechazado con rotundidad los humores imperialistas de Gordó, Armengol ha querido quitar hierro al asunto, dejándolo en un “debate estéril” con claras “intenciones electoralistas” (lo que indica reconocer que entre los principatinos, la idea de los Països Catalans vende, lo cual es más preocupante todavía) y que ella, en un ejercicio de responsabilidad, no quiere entrar en un “debate que quieren calentar los nacionalistas españoles y nacionalistas catalanes”. La inquera se metamorfosea y se pone ahora el traje de “no nacionalista” mientras, simultáneamente, recurre a uno de los argumentos más manidos y socorridos del nacionalismo catalán: acusar al contrincante del “nacionalista español”. Y tú más. Armengol debería saber que el nacionalismo, por definición, es un movimiento de aquellos que aspiran a tener una nación o a engrandecerla geográficamente. No es el caso de los españoles que, afortunadamente, ya tenemos una nación y no albergamos ninguna pretensión de devolver a España territorios que, como Sudamérica o las Filipinas, sí fueron españoles durante siglos. ¿Qué sentido tiene que los españoles seamos nacionalistas irredentos? La pusilanimidad y el servilismo de Armengol se explican no tanto por sus pactos con Més como por su catalanismo del que nunca ha abjurado.
Tampoco el PI de Jaume Font, otro partido catalanista que vende regionalismo a los incautos, ha salido a decir esta boca es mía. Tampoco el PP, que lleva tres meses de vacaciones y lamiéndose las heridas, ha salido a la palestra para cantar las cuarenta a Gordó. Intuyo que este silencio clamoroso se debe a que la formación conservadora ha interiorizado que su derrota electoral fue producto de las políticas lingüísticas de Bauzá. El PP balear, una formación tradicionalmente desnortada, cobarde e indigente, debe ser el único partido en el mundo que se cree lo que sus adversarios dicen de él. Los pobres sólo aspiran a hacerse perdonar.
En tres meses el PP ha callado como un muerto en todos y cada uno de los anuncios que ha hecho el Govern para “volver a la normalidad” de la tiranía lingüística que nos amenaza de nuevo. El PP quiere evitar hablar de lengua a toda costa en su afán por regresar a los felices tiempos de los infaustos Tòfol Soler, Bartomeu Rotger, Jaume Matas y Manuel Ferrer Massanet, cuando prepararon toda la infraestructura jurídica y administrativa para el asalto del catalanismo en Baleares, sucumbiendo a las insistentes demandas de la OCB y del departamento de filología catalana de la UIB. Ni siquiera esta cuadrilla de ineptos con sentimiento de culpa supieron hacer lo que valencianos y principatinos estaban haciendo por aquel entonces en sus medios audiovisuales como Canal 9, TV3 o Catalunya Ràdio: crear un estándar regional (valenciano, barcelonés) adaptado al modo de hablar mayoritario de sus hablantesrespectivos al rebufo de la modernización que se estaba acometiendo entonces de la lengua literaria fabriana, un modelo anquilosado desde los años treinta. Ni siquiera los populares supieron abordar en Baleares este impulso de reestandarización para acercar el estándar a la lengua viva de la calle. Ni eso. Gracias a su entreguismo, indigencia e innata cobardía, los baleares nos hemos tenido que tragar el estándar regional (acastellanado y localista de Barcelona, según el propio Corbera) que nos venía de Barcelona. El PP ha sido el máximo responsable del arrinconamiento de las modalidades insulares que, al menos de boquilla, habían defendido durante el debate estatutario (1983) y la ley de normalización (1986), traicionando así a sus votantes que nunca han entendido las rídiculas pretensiones catalanistas de sus dirigentes. Nunca se lo agradeceremos demasiado.
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Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, es 29-8-2015.

