Anormalización lingüística

Se han cumplido 30 años de la Ley de Normalización Lingüística. Aprobada por unanimidad en el Parlament, esa coincidencia fue engañosa pues la sociedad no ha seguido el camino dictado por los políticos. Y eso porque la promoción del catalán no se ha hecho en sentido positivo sino crispadamente contra el castellano y las modalidades insulares, como armamento para una maximalista batalla política. Cuando algo requiere señalar y atacar chivos expiatorios al final acaba sometido al principio de acción-reacción.

 

Como indican los últimos datos, el porcentaje de hablantes va reculando. ¿Nadie ha pensado entre nuestras eminentísimas autoridades que eso se debe a la antipatía que genera la forma megaestandarizada y antagónica de aplicar el modelo de lengua? Josep Melià avisaba en 1992 que era un error usar el catalán para fer patriotes porque generaba rechazo y, en consecuencia, un retroceso en el uso de la lengua, como estamos viendo.

Ya en la época de la pre-autonomía, un Jeroni Albertí acomplejado al ser el castellano su lengua familiar entregó la cuestión lingüística en manos de intransigentes como Carod-Rovira, Bernat Joan o Aina Moll. Luego Cañellas consumó la rendición dejando el campo abierto para que una OCB liderada por el submarino pujolista Antoni Mir, apartado el culto y respetuoso Bartomeu Fiol, fuera aplicando el rodillo allá donde ponía la pata.

Uno de los grandes errores de Cañellas fue pensar que con esta ley (y otros gestos) el catalanismo se amansaría. Xisco Gilet, conseller del ramo en 1986, especificaba que unidad no implica uniformismo. Pero ingenuamente se dejó hacer a un nacionalismo que fue copando la educación y la administración para imponer un modelo de lengua, gobernara quien gobernara, que no tenía (ni tiene) seguimiento mayoritario por parte de la ciudadanía balear. De hecho, la Comisión Técnica de la ley quedó en manos de gente como Janer Manila o Joan Miralles.

La Fundació Jaume III, tan odiada como eficiente, lleva 3 años trabajando por una mayor identificación del hablante con su lengua materna. No se trata, como expelen ciertas víboras, de comulgar con castellanismos y formas coloquiales, sino de aplicar aquello que normativamente permite el DIEC95, aunque muchos se dediquen en cuerpo y alma a timar al ciudadano haciéndole creer que esos casos no son preceptivos. La obsesión con este ultrafabrismo cerril, más ideológico que filológico, está provocando la deserción de los hablantes, hartos de ser reconvenidos sobre sus supuestos errores. El catalán, igual que el castellano, no tiene por qué someterse a un único estándar. Si en Argentina usan sin complejos un castellano que no es el de España, no se entiende que en Baleares no se pueda hacer lo mismo con las modalidades.

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Publicat a EL MUNDO/Día de Baleares

La mentira enquistada

Tal vez uno de los rasgos más odiosos del nacionalismo sea la facilidad con la que miente. El cambio de la Diada de Mallorca nos ha ofrecido una nueva muestra para observar su apego a la mentira y a la hipocresía, sin importarles caer en incoherencias ni contradicciones de toda índole con tal de imponer su punto de vista. El fin justifica los medios. Y la mentira es, en política, uno de los más eficaces, como saben los populistas y los nacionalistas, a fin de cuentas unos populistas “avant la lettre”.

Los mismos saduceos y sofistas que repiten sin cesar que no hay inmersión en catalán son los mismos que nos dicen ahora que no se puede tildar el 31-D de “fiesta catalanista”. “Sorprende −decía el editorial de Última Hora−, que algunas organizaciones, como la Fundació Jaume III, se opongan a que el 31 de diciembre sea la Diada de Mallorca por tildarla de fiesta catalanista. La protesta carece de sentido y es un mal precedente el intento de politización de la jornada”. Se trata del mismo periódico que días atrás informaba del lema de los independentistas para este 31-D: “Per la plena sobirania de Mallorca. Construïm Països Catalans”. Da igual que los premios de la OCB se llamen 31 de diciembre. Da igual que Tòfol Soler (ASM) y Maria Antònia Font del STEI defendieran la “catalanidad” de los mallorquines en el pleno del Consell de Mallorca de hace una semana (“yo me siento catalana de Mallorca”, dijo Font, como si todo el mundo no pueda sentirse lo que quiera) y abogaran por que el 31-D fuera una palanca para “ser el que volem ser”, con continuas alusiones al derecho de autodeterminación. Da igual que el PSM nunca haya dejado de reivindicar el 31-D. Da igual que la manifestación del 30-D se convierta año tras año en un aquelarre separatista que se prolonga hasta la ofrenda floral en la Plaza de España. Da igual. Para Última Hora, los que politizan el 31-D no son los catalanistas que llevan treinta años haciéndolo sino la Fundación Jaume III. Nada menos.

Resulta insólito que Última Hora publique el mismo día que el editorial reseñado una entrevista a Miquel Deyà en la que el historiador defiende el 31-D como Diada de Mallorca porque “la Festa de l’Estendard ha sido siempre una exhibición de hispanidad”, una fiesta conservadora que parte de los señores descendientes directos de la Conquista, una conmemoración donde históricamente se han rendido honores “al pendón del rei en Jaume, no a ningún partidismo nacionalista”, una celebración donde se homenajea a la “Corona de Aragón, fundadora de la hispanidad y al antiguo Reino de Mallorca”. Lo insólito no son las declaraciones de Deyà que nos remiten a un 31-D no contaminado por el catalanismo. Lo insólito es que Última Hora –así como los portavoces de Més y El PI– se aproveche de Deyà para respaldar la peregrina tesis de que el 31-D no es ninguna “fiesta catalanista”.

En efecto, si Més ha elegido el 31-D como Diada de Mallorca no lo ha hecho por ninguna de las razones que aduce Deyà sino exactamente por todo lo contrario. Efectivamente, desde que el catalanismo se lo apropió, el 31-D es una celebración nada lúdica y sí muy reivindicativa, nada cristiana, nada hispánica, excluyente, de la que se ha expulsado al ejército, en la que no se exhiben las cuatro barras como emblema de los reyes aragoneses sino como signo de la “catalanidad” de Mallorca. El ponente de Més en el Consell, Lluís Apesteguia, ha sido muy claro al respecto: cada nueva generación tiene derecho a interpretar el pasado como le venga en gana. Es lo que han hecho.

Otro que baila el agua al catalanismo triunfante es el periodista de Diario de Mallorca, Miquel Adrover, que informa que “la Fundació Jaume III clama contra la unidad de la lengua”. Falso. Lo que dije yo el pasado 23 de diciembre en defensa del 12-S fue que el primer triunfo del catalanismo a la hora de imponer sus símbolos de partido había sido en 1983 cuando logró que la lengua se denominara “catalana” en el Estatut, un nombre que nadie utilizaba salvo una minoría. Las pruebas son abrumadoras. Cuando en 1975 Franco permitió el aprendizaje de las llamadas “lenguas regionales”,  Última Hora tituló en portada: “El mallorquín en la escuela”. En 1978 la Constitución Española fue publicada oficialmente en “lengua balear”. El nombre no hace la cosa y en principio no cuestiona ninguna unidad, máxime de un idioma que hasta hace muy poco carecía de un nombre unitario.

El catalanismo en Baleares no sería nadie si los Pedro Serra, los adrover o los manresa de turno no le allanaran el camino al disfrazar sus verdaderas intenciones mientras difaman a quienes se oponen a su avance.

El pasado, según el catalanismo, es un campo fértil para la reinterpretación, la manipulación y la deformación a gusto del ciudadano actual. Por lo tanto, no ven incoherencia alguna que quien se declara laicista quiera celebrar la llegada del denostado cristianismo, que quien se declara pacifista (incluso antitaurino y animalista) quiera celebrar una matanza, que quien se declara republicano prefiera celebrar un acto de guerra a un juramento de una carta de libertades civiles, que quien se declara “soberanista” quiera celebrar nuestra subordinación a Cataluña y no nuestra independencia como reino (que es lo que se celebraba el 12 de septiembre), que quien se declara amigo de las clases populares quiera celebrar una tradición de señores feudales, que quien se declara contrario al 12 de octubre celebre la conquista de 1229. Sólo es cuestión de jugar a contextualizar/descontextualizar el pasado para volver a presentarlo (“re-presentar”) cómo nos convenga de modo que, debidamente reinterpretado por los elegidos, el oráculo ancestral nos marque el camino a seguir desvelando nuestra verdadera esencia.

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Publicat a EL MUNDO/Día de Baleares

La ‘manifa’ estelada

La ‘manifa’ independentista del 30-D en Mallorca no crece ni mengua. Es la misma de siempre. Número indeterminado pero similar de asistentes (entre 1.500 y 2.000 personas), mismas caras en el frontispicio de la marcha y la misma sopa de letras: pueblo, nación, país, futuro, soberanía… En fin, un acto folklórico al que, incomprensiblemente, los medios seguimos dedicando un espacio que no se merece. Incluida, por supuesto, esta columna.

Dado que los unos perseveran en convocar esta procesión trasnochada, hasta el punto de querer convertirla en el acto central del día de la patria, y otros nos empeñamos de forma rutinaria y absurda en darle cancha, conviene proclamar su fracaso y tranquilizar a todos esos ciudadanos estoicos que no pueden evitar sentir cierto canguelo ante la visión de los desfiles con banderas y las llamadas exaltadas a la lucha. La realidad es que los estelados son bastantes menos de lo que la inercia informativa hace parecer.

 

Habrá quien piense que reunir a 2.000 independentistas (tiremos por lo alto) no está mal. A mí me parece una cifra pírrica para cualquier tipo de concentración en una ciudad del tamaño de Palma. Y aun así, si decidimos otorgar relevancia a esta supuesta noticia en función del número de participantes, cabe ponderar otras circunstancias que nos han de llevar sin posibilidad de error a la conclusión de que el movimiento soberanista en Baleares es un fiasco.

El pancatalanismo, como todo el mundo sabe, ha contado durante décadas en Mallorca con financiación interior y exterior, y ha dispuesto de herramientas suficientes (educación, cultura, connivencia mediática y acomplejamiento político) para aspirar a mucho más que a juntar a dos millares de personas el día de su gran marcha. Cualquier otro movimiento ciudadano con los mismos recursos y que defendiera posturas medianamente razonables habría conseguido a estas alturas resultados muy superiores. Otra cosa es que la democracia española permita cosas tan alucinantes como que la cuarta fuerza política (o la tercera menos votada, si se le da la vuelta a la tabla) goce de unas cuotas de poder desproporcionadas. De ahí la explicación a la anomalía de que un vicepresidente autonómico y un consejero fueran los que el otro día sujetaban la pancarta.

Agreguémosle al argumentario previo que las entidades organizadoras (MésERCAsamblea SoberanistaSTEIUOBFundación Emili DarderAteneo Pere Mascaró y Grupo Blanquerna) sumaban ocho. Ello sitúa la capacidad de convocatoria de cada una en apenas 250 personas, más o menos la gente que usted podría congregar a través de su perfil en Facebook creando un evento donde ofrezca bebida gratis. Lo dicho: un descalabro que no pueden tapar ni la propaganda ni una legión de informadores dispuestos a ignorar la verdad objetiva de los hechos.

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Publicat a EL MUNDO/Día de Baleares

Aclariment a Miquel Adrover (Diario de Mallorca)

Apreciada directora [des DM]:

He llegit sa crònica des seu diari de dia 24 de desembre que informava de s’aprovació des canvi de data de sa Diada de Mallorca. Sa crònica està firmada per Miquel Adrover, periodista d’aquesta casa. I he romàs estafaril·lat pes subtítol de sa notícia: «La Fundación Jaume III clama contra la unidad de la lengua y saca pancartas contra la decisión adoptada en el pleno del Consell». Com a portaveu de sa Fundació Jaume III, puc afirmar que no vaig negar s’unitat de sa llengua catalana durant sa meva intervenció a sa sala de plens des Consell. Lo que sí vaig dir és que el 1983 es catalanisme, molt minoritari llavors, va conseguir un triumf històric quan ginyà ses altres formacions polítiques perquè denominassin “catalana” sa llengua de Balears quan sa gran majoria d’illencs l’anomenaven mallorquina de feia molts de segles, com a mínim des segle XVI ençà. A nivell oficial, abans del 1983, se parlava de “mallorquí” o “balear” per referir-s’hi. Així constava en es bolletins de notes quan se va començar a ensenyar mallorquí a s’escola, i en llengua balear se va estampar sa Constitució Espanyola de 1978 en es BOE.

Tot això confirma que abans de 1983 s’ús de sa paraula “català” per anomenar sa llengua des mallorquins era molt minoritari. Això no vol dir negar ni “clamar”, com diu n’Adrover, contra s’unitat de sa llengua. Senzillament, se tracta de constatar una evidència històrica. De fet, sa denominació de sa llengua –així com es seus límits territorials– va esser sempre una qüestió controvertida perquè, llevat pentura des terme “llemosí” que englobava valencià, català i balear com a dialectes, mai va tenir un nom unitari tal com ho entenem avui en dia. Aquesta orfandat nominal va fer que fins i tot se plantejassin noms alternatius tan estrambòtics com “bacavès” o “cavabà”. Tenien por, no sense raó, que posar-li “català” marginaria la resta de grans dialectes, com ha passat. Per això, es valencians se curaren en salut i li posaren “valencià” a s’Estatut.

Fixada el 1983 sa premisa que sa llengua de ses Balears era es català, tot seria capavallada pes PSM que podia aferrarse així a s’Estatut i afirmar que com que xerràvem català érem també catalans o que formàvem part d’un univers català. Li bastava aplicar sa fórmula romàntica de “una llengua, una cultura, una nació, un Estat” que ha fet fortuna a tots es nacionalismes moderns.

Sa Fundació Jaume III mai ha negat s’unitat de sa llengua, com demostram a tots es nostros escrits. Ara bé, creim que a l’any 1983 va esser un error anomenar-la “catalana” perquè això mos va privar de construir des de Balears un model de llengua per usos formals que tengués com a principal (no única) referència ses Illes Balears, no Barcelona, com tenim ara. Es nom no fa sa llengua, certament, emperò en condiciona sa seva codificació i formalisació. Darrere un estàndar (que té com a principal funció depurar ses formes més dialectals) no hi ha només “ciència” sinó una determinada manera de concebre un país i es tipo de relació entre es diferents territoris des mateix domini lingüístic. Noltros concebem Balears com una autonomia i per tant reclamam un estàndar adaptat sobretot a sa nostra realitat autonòmica. D’altres conceben Balears com una part des Països Catalans i per això defensen s’estàndar que defensen.

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Carta a sa directora des Diario de Mallorca

Conmemorar el 31 de diciembre

LA CELEBRACIÓN de un día regional debe venir avalada por una efeméride histórica y por un sentimiento popular que incite a conmemorarse de un modo especial, oficial y festivo. En el caso de Baleares los hechos históricos existen pero no así una reivindicación ciudadana mayoritaria para celebrar unos u otros. De ahí que el reciente debate entorno a la fecha idónea para celebrar oficialmente el día de Mallorca no lo haya suscitado el pueblo sino los medios de comunicación y la clase política.

En estas circunstancias, no veo problema alguno en que el 31 de diciembre sea el día de Mallorca, como tampoco lo veía en el 12 de septiembre. Ambas son importantes para el devenir histórico de esta tierra. Y ambas, unidas a la del 1 de marzo, desconocidas por la mayoría de los ciudadanos residentes en Baleares.

 

El 12 de septiembre, impulsado por Mª Antonia Munar, tiene su base histórica en el juramento de la Carta de Franquezas y Privilegios del Reino de Mallorca por parte del rey Jaime II en 1276 con la que otorgó un conjunto de derechos a favor del reino y que se convirtieron en su base jurídica. Pero centrémonos en otra efeméride importante: La conquista de Madina Mayurqa por el rey de Aragón, Jaime I, el 31 de diciembre de 1229.

Los que defendemos la identidad cultural de Baleares como parte intrínseca de una España plural y unida no deberíamos tener problema alguno en aceptar esta fecha como día oficial de Mallorca, si dejamos claro que el motivo y el objetivo por el que lo aprueba el Consell de Mallorca es absolutamente falso y sólo comprensible desde la cosmovisión paleta, sesgada y sectaria del catalanismo.

Para el pancatalanismo el origen de todo, incluso de la posibilidad de hablar en nuestras islas, se debe a la conquista «catalana» de 1229, la práctica aniquilación de toda la población nativa y la posterior repoblación por «catalanes». A los pocos baleares que quedaron les enseñaron a hablar en «catalán», porque eran mudos, o algo así… Y todo esto con una minoría de repobladores «catalanes» en una época en la que Cataluña no existía y el catalán tampoco, tal como se puede cotejar acudiendo a las fuentes históricas.

Cada 30 y 31 de diciembre celebramos unos hechos históricos que no se entenderían, al igual que la historia de España y de Europa, sin acudir al motivo por el que se acometió la conquista: Recuperar para la Cristiandad los territorios que conformarían el Reino de Mallorca. Es este marco histórico, y no otro, el que dota de significado la llamada fiesta del Estandarte, una de las fiestas civiles más antiguas de Europa, con desfile de la bandera cuatribarrada por las calles de Palma de Mallorca. Pero no se trata de la bandera catalana ni se celebra catalanidad balear alguna, ya que la bandera es la del Rey de Aragón D. Jaime I. Ni «conquista catalana o catalano-aragonesa de Mallorca», ni el 31 de diciembre conmemora «el nacimiento de la Mallorca que conocemos». La Mallorca que conocemos es el resultado de miles de años de evolución histórica, similar a la del resto de regiones de la España que hemos construido juntos.

Que el 31-D se celebre oficialmente como día de Mallorca no debemos considerarlo una victoria de los pancatalanistas. Sólo lo será si asumimos sus mentiras y burdas manipulaciones históricas. Las que ellos mismos cambian a conveniencia política, como demuestran en Valencia. Donde, incoherentemente, no reconocen el 9 de Octubre como día oficial de la Comunidad Valenciana siendo éste el día en el que las tropas de Aragón entraron en la capital del Turia, apostando, en cambio, por el 25 de abril, porque en 1707, durante la guerra de sucesión al trono de España, las tropas borbónicas vencieron a las del archiduque Carlos aprobándose posteriormente los Decretos de Nueva Planta. Tan beneficiosos para la modernización y progreso de España, y tan manipulados por el nacionalismo catalanista.

Si somos fieles a la historia, el 31 de diciembre deberíamos celebrarlo desde una perspectiva histórica regional balear, y también nacional, por ser una fecha importante no sólo para la historia de Mallorca sino para la de Baleares, la de la antigua Corona de Aragón, y, por tanto, para la historia de España. De ahí que, hasta hace 16 años, el ejército español también participara en esta conmemoración. Ahora que la fecha es oficial, confío en que nuestras Fuerzas Armadas vuelvan a desfilar recuperando el lugar que les corresponde por historia y como institución más querida y admirada por la mayoría del pueblo balear.

Por otra parte, en otro orden de consideraciones, es contradictorio que los mismos sectores que critican a los partidos o líderes políticos que apuestan por reforzar las soberanías nacionales frente al globalismo, eleven las efemérides históricas regionales a la categoría de nacionales exagerando su importancia con la intención de diferenciarnos y separarnos unos de otros. Sería un error caer en ello cuando, además, nosotros los españoles, somos un pueblo afortunado al contar con un Día Nacional como el 12 de Octubre en el que celebramos, no sólo el orgullo de ser españoles, sino la impronta de la Hispanidad en el mundo como ejemplo de tender puentes primando lo que nos une por encima de lo que nos separa.

Debemos esforzarnos como sociedad civil para que los falsificadores de la historia no nos sigan imponiendo sus mentiras desde las instancias públicas dominadas por la casta catalanista multisubvencionada. No nos quedemos de brazos cruzados. Nos asiste la razón y la historia, también la del 31 de diciembre.

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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares.

Una altra imposició de partit

Es Consell de Mallorca ha decidit canviar sa data de sa Diada de Mallorca (12 de setembre) per sa de dia 31 de desembre que coincidirà ara amb sa Festa de l’Estendard, una de ses festes civils més antigues d’Europa que ja celebra s’Ajuntament de Palma, que ara l’haurà de retocar a fi que s’institució insular hi prengui part. Sa Fundació Jaume III de ses Illes Balears s’oposa an aquest canvi per una raó elemental. Creim que tot lo que afecta es símbols identitaris com són es nom de sa llengua, ses banderes oficials, ses diades, ets himnes o es nom de sa capital només s’han de canviar per consens o quan tenen darrere un suport polític clarament majoritari. Creim que una minoria –catalanista– no ha d’imposar es seus símbols a tota una comunitat que majoritàriament no se sent catalanista ni tampoc part des procés de construcció nacional de Catalunya que, vulguin o no, amenaça s’actual realitat autonòmica.

En realitat, lo que ara vol fer Més (i històricament es PSM) és lo que va fer es Partit Nacionalista Basc (PNB) en es País Basc: fer oficials a tota una comunitat autònoma es seus símbols de partit com s’ikurriña i s’himne. Si sa llegitimitat d’aquest solapament des símbols que defineixen s’identitat col·lectiva d’un poble ja és prou discutible –i discutida– a comunitats on es pes des nacionalisme ètnic, com en es País Basc, és més que evident –as cap i a la fi, es PNB no ha deixat d’esser mai sa força més votada–, molt més discutible és encara que una minoria com sa que representa Més (6 consellers de 33 i fins fa poc 3/4 de 33) acabi imposant es seus símbols a s’illa de Mallorca. I això és exactament lo que passa i ha passat a ses Balears, gràcies, naturalment, a una dreta que s’estima més anar-se’n de sa Comissió de sa Diada perquè, sempre tan pragmàtica, deu considerar molt feixuc discutir sobre “temes que no interessen es ciutadans”. I gràcies, també, a una esquerra en principi espanyola (PSIB i Podem) que, bé sigui per conservar sa cadireta i no posar en perill s’estabilitat des Pacte, bé sigui per aquest complex d’inferioritat que sempre ha tengut davant es postulats des nacionalisme en qüestions identitàries, sempre tomba es coll. És lo que sol passar quan un no té discurs sobre un tema. O repeteix es clixés i llocs comuns que circulen, o recorr a arguments d’autoritat des qui “en saben” i així, almanco, un queda a pler.

¿Per què, emperò, Més i Miquel Ensenyat s’han encabotat en canviar sa data de sa Diada de Mallorca? No ho dubtin: per una qüestió ideològica. Es catalanisme no fa mai cap passa enrere i, amb aquest canvi de diada, torna a posar una altra pedra en sa seva obsessió de construir simbòlicament s’identitat des mallorquins, identitat, clar, que vol unida a Catalunya o a s’entel·lèquia des Països Catalans, un concepte relativament modern que té poc més d’un segle de vida. Només els falta baratar sa nostra bandera per sa quatribarrada i així es mallorquins, es menorquins, ets eivissencs i es formenterers ja mos podrem sentir catalans de ple dret. Que és no lo que ha cercat sempre es catalanisme: una vinculació lo més estreta possible amb sa venerada Catalunya a qui li devem tot lo que som.

Es 12 de setembre no agradava gens an es catalanisme. I per raons òbvies. Un 12 de setembre de 1276 es primer rei independent des Regne de Mallorques, Jaume II, jurava sa Carta de Privilegis i Franqueses des mallorquins a l’església de Santa Eulària. Naixia així aquell nou regne dins la mar que havia somiat son pare, el rei en Jaume, un nou estat separat de sa Corona d’Aragó, que quedava en mans de Pere III, es primogènit des Conquistador, que mai acceptà aquest repartiment. Sa tràgica història des reis de Mallorca que s’encetava llavors és sa mostra històrica més rotunda de sa voluntat anexionista d’una Catalunya que sempre mos ha volgut tutelar perquè sempre mos ha considerat un apèndix seu. Ses humiliacions, ses invasions a s’illa (1285 i 1343), ses exaccions i ses amenaces seran constants durant aquests setanta anys de dinastia privativa. Per això es “catalans de Mallorca” com Ensenyat, sentimentalment més acostats a Catalunya que a ses illes, no en volen sentir a parlar d’aquesta època (1276-1343). Ni de cap efemèride que la recordi, com es 12-S o es 25 d’octubre. Qualsevol que llegesqui s’història de sa Dinastia de Mallorca (Jaume II, Sanxo I i Jaume III) sentirà una vertadera llàstima cap an aquests tres reis desgraciats, tot per s’ambició malaltissa des reis aragonesos –esperonats pets interessos comercials de sa burgesia catalana– que finalment se sortiran amb la seva: reincorporar es regne mallorquí a sa Corona d’Aragó (1343). Historiadors com Álvaro de Santamaria han destacat, maldament totes ses dificultats assenyalades, ses realisacions històriques que deixa com a llegat sa dinastia mallorquina, uns fruits molt superiors a qualsevol període posterior. Recordem-ne un parell: institucionalisasió des regne (Gran i General Consell, Consolat del Mar, Jurats, Sindicat de Fora, lleis palatines), remodelació de Palma, ordenació i revitalisació de sa Part Forana, reactivació econòmica, màxim demogràfic (no superat fins a 1576), auge de sa navegació mallorquina, encunyació de moneda, projecció cultural (Ramon Llull), impuls a s’arquitectura (La Seu, Castell de Bellver, reconstrucció de l’Almudaïna).

Aquesta crua realitat trastoca es mapes mentals des catalanisme que, lògicament, sempre ha volgut esborrar qualsevol record d’un regne privatiu que, li agradi o no, configurarà de llavors ençà s’identitat col·lectiva des mallorquins com una identitat diferent de sa des catalans. Per això, s’estimen més celebrar es 31 de desembre, una data contaminada ja pes pancatalanisme més radical, no perquè representi sa nostra entrada definitiva a una Cristiandat –i que, per això i no per altra cosa, s’ha conservat a sa nostra memòria des mallorquins– de sa qual, de vegades, pareix que sa nostra esquerra en vulgui sortir, sinó perquè es catalanisme entén que pot convertir aquesta efemèride cristiana en sa nostra entrada a sa Catalanitat, lo únic que de fet ocupa i preocupa Més, s’únic fruit que ha tret de tota aquesta comèdia de “repensar Mallorca” que va posar en marxa ara fa un any i mig Miquel Ensenyat.

 

FUNDACIÓ JAUME III

Es patronat de sa Fundació Jaume III està format per Fernando Fortuny, Gari Durán, Joan Pons, Toni Marí, Joan Font, Bernardí Homar, Bernat Noguera, Gabriel Barceló, Sebastià Jaume, Gabriel Le Senne, Antoni C. Pons, Toni Planas, Matias Rabassa, Pep Llorenç Mulet i David Cardona Tur

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Publicat a EL MUNDO/El Dia de Baleares

La identidad traicionada

HOY SE PERPETRA la enésima traición al pueblo mallorquín, a su historia y a su identidad. En el Consell de Mallorca, la izquierda nacionalista, la podemita y lo que sea El PI votarán que la Diada de Mallorca pase del 12 de septiembre al 31 de diciembre. Para que lo entiendan, -si me permiten el anacronismo-, se sustituye el día en que nuestro primer monarca privativo, Jaime II, juraba nuestros derechos y libertades, por aquél en el que el rey de Aragón entró a sangre y fuego en Madina Mayurqa. O para que lo comprendan todavía mejor: se elimina la memoria del reino privativo, -nuestro verdadero hecho diferencial- en beneficio del día en que pasamos a formar parte de la entidad ahistórica llamada països catalans, sustento político -no sólo cultural- del separatismo sucursalista de nuestras islas.

Ya ocurrió en 1983. Se cambió el nombre de nuestra lengua, de espaldas al pueblo, en nombre de un consenso que se cerró en los despachos, que algunos se cobraron bien y que se vistió de un cientifismo que nadie, con una ligera noción de sociolingüística, sería hoy capaz de sostener. Pero la traición se consumó, quedó bien blindada en el Estatut, confirmada en su reforma y convertida en una verdad de fe de la que no cabe disentir bajo pena de excomunión «gonella» y fascista.

 

Para que no quepa ninguna duda sobre sus intenciones, una semana antes de que se produzca la votación, ya se hacía público el lema de esta Diada «Per la plena sobirania de Mallorca. Construïm els Països Catalans». Que se hiciera antes de pasar por el trámite de la votación, ya es lo de menos. Se aprobará sin consenso, con el voto en contra del partido mayoritario -el PP- y el de Ciudadanos. Quizás en esta ocasión ha sido imposible el pacto de despachos, así que la vergüenza se consumará -esta vez- en público, sin que quepa la menor duda de quién perpetra la traición.

El nacionalismo no suele engañar sobre sus intenciones, de hecho, desde los inicios de la autonomía siempre ha mantenido que la Diada de Mallorca debía ser el 31 de diciembre y así lo ha manifestado a lo largo de los años tanto en las algaradas callejeras previas a la ofrenda floral a Jaime I como en la Festa d l’Estendard. Pero en estos tiempos de democracia asamblearia y transparencia pluscuamperfecta, aun teniendo a un presidente de Més en el Consell, había que vestir el santo.

Nada más llegar a Palau Reial, Miquel Ensenyat, en un alarde de impostura, invitó a participar a los mallorquines en una decisión que ya estaba más que tomada. «El 12 de septiembre, como Diada de Mallorca no tiene arraigo popular, quizás habría que repensarla». Poco después, se constituía una comisión especial que tenía como objeto «estudiar y, si convenía, elevar al Pleno» no si se debía o no cambiar la fecha de la Diada o qué hacer para mejorarla, sino directamente buscar «un día alternativo al actual 12 de septiembre como más acertado para celebrar la Diada de Mallorca». Que nadie, salvo su partido, hubiese planteado jamás la necesidad de un cambio, poco importaba.

Consultas a «expertos en la materia», un proceso participativo abierto a la ciudadanía en el que opinaron ¡46 personas! y un dictamen plagado de contradicciones, es el resultado de ese «repensamiento». Creo que hubiera sido bastante más honesto manifestar desde el primer momento que, ahora que se había conseguido la presidencia del Consell de Mallorca y que los votos de sus socios se lo iban permitir, impondrían su deseo, manifestado durante tantos años, de que la Diada de Mallorca fuese el 31 de diciembre. Sin más.

Si hablamos del dictamen con el que se pretende justificar el atropello, una vez impuesta la premisa de que el 12 de septiembre carece de arraigo popular, se pasa a menospreciar el acontecimiento histórico celebrado, así como cualquier logro o circunstancia que justifique la importancia que tuvo para Mallorca su monarquía privativa, hasta el punto de que, en un párrafo de insultante displicencia hacia nuestro hecho diferencial y momento de mayor esplendor de la isla, no sólo se considera inoportuna la ofrenda floral a nuestro rey Jaime II, sino que se concluye: «esta Comisión no ve la necesidad de homenajes a los reyes privativos o generales de Aragón».

Siguiendo con el dictamen, para la totalidad de los historiadores consultados -no me encuentro entre ellos- el 31 de diciembre de 1229 es «el momento simbólico del nacimiento del pueblo mallorquín tal y como lo conocemos hoy en día». Es decir, la indubitada Epifanía de los mallorquines. Borramos de un plumazo la Mallorca talayótica, la romana, la paleocristiana, la bizantina, la musulmana, la judaica, todas ellas documentadas en las fuentes escritas o en los hallazgos arqueológicos que han definido – sobre todo la Antigüedad- nuestra singularidad como ningún otro momento, si exceptuamos el de la monarquía privativa. Mallorca nace en 1229, como podía haberlo hecho en cualquier momento decidido por políticos de este jaez. De nuevo, como es común en todos los nacionalismos, la Historia como coartada.

Sin embargo, frente al cariz claramente positivo que desde una lectura actual tiene el juramento de los Privilegios y Franquezas del reino de Mallorca por parte de Jaime II, la conquista de Madina Mayurqa está plagada de elementos que casan mal con la corrección política al uso. De modo que en el dictamen se reconoce el origen sangriento de la conmemoración, pero se proponen charlas de interculturalidad para justificarlo (cabe decir que hablamos de los mismos políticos que se niegan a celebrar el Día de la Hispanidad, por los mismos motivos que obvian en el 31 de diciembre). Por supuesto, el carácter de reconquista para la Cristiandad que fundamentó su celebración en Palma desde siempre, se elude también, porque no tiene cabida en una institución que se autodenomina «laica».

Todo ello nos lleva a una celebración confusa en su forma, de la que hay que blanquear el origen hasta llegar al ridículo y colgarla de una fiesta palmesana bien arraigada – la de l’Estendard- , que está catalogada, por cierto, como Bien de Interés Cultural y que, por tanto, no puede ser modificada.

Impuesto su criterio, esta vez no podrán acogerse a la mentira del consenso. En cuanto a los que en 1997 votaron una cosa y hoy cambian de opinión, en su conciencia queda.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares

31-D, un día para el bochorno

E DICE DEL bochorno, que más allá de ser un viento del sureste, caliente y molesto, es una desazón o sofoco producido por algo que ofende o avergüenza. Bien, pues esto será nuestra municipal fiesta del 31 de diciembre, por obra y magia del sectarismo político, tan propio de la izquierda aliada con el nacionalismo pancatalanista de nuestros días.

Todo deriva del hecho de que el actual presidente del Consell de Mallorca, Miquel Ensenyat, arropado por los suyos, o sea por el pancatalanismo rampante, en lugar de respetar como diada de la isla el 12 de septiembre, fecha de la jura de las libertades del reino mallorquín por Jaume II, consensuada hará veinte años por nuestros políticos, ha decidido su traslado al 31 de diciembre, porque, como aclara en el inefable informe preparado, tal fecha constituye «el momento simbólico del nacimiento del pueblo mallorquín, así como lo conocemos hoy en día». En otras palabras, porque estos señores que dicen representarnos, pero que actúan al margen del PP, partido mayoritario, se empeñan en dejarnos bien claro, a ver si cuela, que el nacimiento de nuestro pueblo deriva de la conquista de Jaume I. Antes los mallorquines no existíamos.

Los mozárabes y semíticos Omar, Amar, Binimelis, Bennasser, Arrom, Gamundí, Salom, Maimó, Abraham, etc. o los Genovard, Pizá, Palerm, Sard de inequívocas raíces itálicas, según nuestros gurús catalanistas debieron llegar también con Jaume I o poco después, bien de Manresa, de Vic o de Ripoll. Y no digamos los provenzales Blai, Crespí, Prohens o Bordoy. Y es que, no lo dudemos, según nuestros pancatalanistas Mallorca se pobló de catalanes a partir de Jaume I, y los mallorquines de antes fueron exterminados. Bueno, parte de razón tienen. Jaume I nos dirá en su Llibre del fets, haber exterminado a veinte mil musulmanes, aunque seguramente fueron menos. Resultaba más práctico venderlos como esclavos o mantenerlos para cultivar la tierra expropiada. De ahí que, como el genocidio es innegable, nuestros pancatalanistas, capitaneados por Lluis Aposteguía, suponemos que vasco-catalán de sólidas raíces, presidente de la comisión redactora de la propuesta, nos hayan advertido, para tranquilizarnos, que con la nueva fecha de la Diada «no se celebra una guerra, ni una matanza». Aceptémoslo, no son tan malos, pero celebrarán la fiesta de los suyos, o sea la fiesta de la división y del sectarismo.

Vayamos al fondo del asunto. Estos señores -los Aposteguía and company- saben a lo que van. Les sobra el recuerdo de la recuperación de la isla para la cristiandad. Les sobran sermones catedralicios. Lo han dicho. Quieren una fiesta laica; quieren la pancarta y las banderas catalanas llenando nuestras plazas -mejor las esteladas que las cuatribarradas y las del antiguo reino mallorquín. De ahí su insistencia en la laicidad de la fiesta. También les importa un bledo la Mallorca romana. Ellos no estaban. Menos la Mallorca árabe o semítica. Y la Mallorca hispánica, con miles y miles de castellano-hablantes, pues al barco de rejilla, a no ser que te conviertas en el más ferviente catalanista, como ha sucedido con el señor Pere Sánchez, líder de nuestro proceso de autodeterminación, deseoso de que nos descolonicemos de una vez, y con el que pude toparme hace unos días en Canal 4, de la mano de Miquel Ángel Ariza. ¡Las cosas que veredes, amigo Sancho!

He vuelto a mirarme los sólidos trabajos de cuantos historiadores trataron la fiesta del 31 de diciembre. Me ha interesado especialmente el de Gabriel Llompart, sobre todo cuando califica la fiesta de «existencial». ¿Qué quiere decirnos? Pues que derivaba de la necesidad que tenía nuestro pueblo, con el desfile del pendón real -vexillum regium- y las banderas de los gremios ciudadanos en ordenada comitiva, de mantener la memoria de la victoria sobre los musulmanes, puesto que eran éstos, desde el norte de África, los que permanentemente acosaban nuestras costas. De ahí que, según el reconocido investigador, la conquista de Argel por los franceses, y la desaparición del peligro norteafricano, fuese el factor determinante del olvido popular de la fiesta. La añoraría Perede Alcántara Peña en su Colcada, al igual que nuestros prohombres de la Renaixença. De ahí su retorno a partir de los años veinte del siglo pasado, y luego su exaltación durante el franquismo, para honor y gloria del entonces dominante nacionalcatolicismo.

No escarmentamos. Entrado en siglo XXI, en lugar de buscar ámbitos de encuentro, celebramos el enfrentamiento multisecular. En 1992, en mi pregón de la fiesta, titulado La ciutat de Mallorca, un sol poble, una ciutat de tots, terminé con estas palabras: mai més cristians vells contra cristians nous, lulistes contra marrells, canamunts contra canavalls, austracistes contra botifleurs, blaus contra vermells. Me equivocaba. La tribu sigue en pie. Y enhorabuena a Ensenyat por su nueva escenificación. Será histórica. Ya verán.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares

Sa norma no descansa

Passa es temps, i no mos movem gens. S’escenari està configurat per mantenir s’estatus quo intocable, fent que qualsevol novetat que atempti contra es principis sagrats de sa Norma no pugui tocar ni una coma de sa seva lletra. Per això quan apareix un llibre valent i rigorós com Sa norma sagrada se tanquen portes, se neguen audiències i se furten debats. Però, clar, precisament es contingut d’aquest llibre publicat fa uns mesos per sa Fundació Jaume III toca de rel tots es dogmes des catalanisme oficial, aporta dades i reflexions pertinents per posar en qüestió coses que s’han assimilat com a ‘normals’ per una part de sa societat, inclús per part d’aquells que no són nacionalistes.

A Balears es catalanistes conren s’unanimitat i es dogmatisme. Però ja deia es prestigiós intel·lectual nord-americà Walter Lippmann que “quan tots pensen igual, és perquè ningú està pensant” realment. Però no lis preocupa gens aquest fet, saben lo que fan, d’aquí sa seva fal·làcia habitual d’emprar s’etiqueta de ‘científic’ en es sentit més contrari possible, és a dir, com a dogma que no permet discussions. Norma i anatema, d’aquesta dinàmica bipolar no en surten ni, en es pas que anam, en sortiran ja mai.

Per això, un des mantres des catalanisme a ses nostres illes consisteix enconsiderar com a ‘col·loquial’ o ‘castellanisme’ qualsevol variant que se faci de sa seva interpretació absolutista de sa normativa fabriana. En realitat es seu maximalisme sempre cova dins es desconeixement: pretenen fer creure an aquells que no dominen bé es tema que és il·legítim dur-lis sa contrària. Per això, confonen dialectal amb col·loquial, com ja denunciava Lluís Aracil, sacerdot des catalanisme durant sa Transició que després, ben igual que Mossèn Alcover dècades abans, va esser condemnat a s’ostracisme en baixar-se des carro. Aixímateix, s’interpreta es concepte de diglòssia només en es sentit que lis convé, fent parts i quarts, quan realment es sentit originari des terme anava just en sa direcció contrària, és a dir, donaria lloc a sa defensa de ses modalitats balears.

Es problema per ells és que sa realitat és molt més complexa que lo que dicta sa seva Norma sagrada. I dins aquesta multiplicitat hi entren situacions per ells inimaginables com que filòlegs catalanistes defensin tesis de sa Fundació Jaume III. ¡Vade retro! Xerr sobretot d’en Albert Pla Nualart i es seu excel·lent Canvi d’agulles. Per un català més àgil, més ric i senzill (RBA 2015). Se tracta d’una obra col·lectiva de sa qual Pla Nualart, que també és es responsable lingüístic des diari Ara, ha estat s’artífex junt amb s’editor Enric Gomà. És molt simptomàtic que aquest llibre hagi tengut bastant més ressò a Catalunya que a Balears, senyal de que aquí encara romanem més enfonyats dins sa doctrina. Per qualque cosa contam probablement amb es Departament de Filologia Catalana més ortodox de tot s’àmbit lingüístic.

Es cas és que Pla Nualart és independentista, però, com deia, defensa unes idees sobre es català que són en gran part ses mateixes que sa Jaume III aplica a Balears. I precisament per sa seva orientació ideològica a n’en Pla Nualart, com tampoc a qualcuns dets seus col·laboradors (Màrius Serra, Ricard Fité, etc.), se les pot inhabilitar filològicament amb s’habitual ‘sambenito’ d’espanyolista.

¿I què diu aquest llibre? Si una cosa fa és criticar una interpretació dogmàtica i restrictiva d’en Fabra, un ‘ultrafabrisme’ que hauria deixat astorat an es mateix Pompeu. Bàsicament ses seves propostes se podrien resumir en 6 punts:

1) És preferible partir de s’intuició, lo que suposa assumir que una llengua és sa que és, i no sa que voldríem que fos. Per tant, en lloc de sancionar es parlants en nom d’una ultracorrecció robòtica, lo normal seria reconèixer sa llengua viva que parlen. Aquest requisit deixaria de costat un element decisiu des catalanisme com és s’enginyeria social.

2) S’ha d’assumir s’evolució de sa llengua, ses herències des passat. Una cosa és s’interferència des castellà (o de qualsevol altre idioma) i una altra molt diferent és sa pròpia evolució de s’idioma. S’idea de puresa molts de pics té intencionalitats polítiques, i quan són filològiques pequen d’arcaïsme.

3) Com que s’estàndar ja no és sinònim de formalitat, com reconeix es DIEC2, sa norma s’ha de flexibilisar i obrir-se. Per tant, ses formes col·loquials genuïnes no haurien d’esser considerades incorrectes.

4) S’hauria d’eixamplar es concepte de correcció, flexibilitzant es nucli dur de sa sintaxi fabriana, acostant-se així norma i ús. D’aquesta manera, per exemple, s’ús de s’article baleàric admetria una presència més enllà de lo col·loquial.

5) Com que un excés de lògica aplicada a sa llengua (pensem, per exemple, en ses combinacions des pronoms febles) la converteix en contrintuïtiva i, per tant, mala d’assimilar pes parlants, s’haurien de tolerar ambigüitats. Sa llengua no és un mecanisme fred que seguesqui només paràmetres lògics.

i 6) Lo ideal seria no mesclar dialectes, que cadascun tengui es seu propi estàndar, cosa que cumpleixen a València i en es Principat de Catalunya, però no encara a Balears. Segons Nualart, podria emprar-se un supraestàndar per situacions molt generals, però sempre combinant-lo amb sos estàndars regionals. No té sentit, i aquest treball hi estaria bàsicamente d’acord, que un medi públic de Balears com IB3 no aprofiti sa riquesa que permeten ses nostres modalitats. Es mateix Joan Veny ha reconegut que un estàndar general és “un estat patològic de la llengua” que coarta sa seva diversitat.

Resumint, sa Norma se basa amb ses normes ortogràfiques de 1913 i sa gramàtica de Fabra, que té ja un segle de vida, i aquesta aplicació estricta i de caire doctrinari que se n’ha fet ha perjudicat s’ús social i cultural de sa llengua. Xerram d’autèntiques Taules de sa Llei que ningú pot qüestionar, quan lo que fa falta, com diu Pla Nualart, és una bona dosi de realisme i de deixar s’ideologia a un costat perquè sa llengua sigui vertaderament útil, próxima i fluida.

En qualsevol cas, Canvi d’agulles defensa una visió oberta i plural de sa llengua, i aplicar aquí lo que funciona a altres bandes amb tota naturalitat. Per exemple, a l’Argentina, on empren un castellà que no és ni de bon tros es mateix que es d’Espanya, i ningú se posa ses mans en es cap. En cap cas s’entén que se pugui recòrrer a un Fabra sacralisat i estret per tancar boques i generar mites, com ja alertava Aracil a començaments des 80, abans de botar des barco nacionalista.

¿Por qué no quieren el 12 de septiembre?

Las filtraciones de la sala de máquinas del Consell de Mallorca a ciertos periodistas afines apuntan a que Més se habría salido con la suya a la hora de imponer la fecha del 31 de diciembre como Diada de Mallorca, sustituyendo la actual del 12 de septiembre. Se trata de una reclamación histórica del catalanismo que, una vez más, se sale con la suya en medio de la indiferencia silenciosa de la derecha y la genuflexión de la izquierda balear, las muletas cómplices y necesarias para que el catalanismo siga avanzando en su deseo de construir simbólicamente una identidad mallorquina ajustada a su ideología. O sea, tratando de magnificar al máximo aquellos vínculos que nos unirían a los catalanes y despreciando todos aquellos –muchísimo más numerosos a lo largo de los 3.000 años de nuestra historia, incluso del último milenio, se mire por donde se mire– que nos distancian de nuestros queridísimos “germanos del norte”. De ahí la obsesión de Miquel Ensenyat de eliminar la Diada del 12 de septiembre no por su falta de arraigo (¿y qué arraigo tiene todo lo que organiza el catalanismo por estos pagos a pesar de contar con todo el apoyo público e institucional?), no por falta de popularidad (¿acaso fue muy popular denominar la lengua como “catalana” en 1983 cuando cinco años antes la Constitución Española fue publicada en el BOE en “lengua balear” (sic)?), sino porque el 12 de septiembre nos remite a unos hechos que no encajan en los esquemas mentales de quienes pretenden inculcarnos la historiografía romántica catalanista que, no olvidemos, tiene apenas siglo y medio de existencia, no más.

En efecto, de lo que estamos hablando aquí y ahora no es de historia sino de adecuar los símbolos identitarios (lengua, bandera, diadas) del pueblo mallorquín –y por extensión, del balear– a una determinada ideología de corte nacionalista, la que empieza a asomar su cabecita tímidamente a finales del siglo XIX, circa 1880, en plenaRenaixença catalana. Como ha pormenorizado con todo lujo de detalles el profesor e historiador de la lengua August Rafanell en La il·lusió occitana (Ed. Crema, 2006), hasta 1880 la inmensa mayoría de expertos en lenguas románicas consideraban el “catalán” (igual que el mallorquín-balear y el valenciano) como un dialecto de la lengua provenzal, lemosina o de Oc. Las pruebas son abrumadoras. Sólo algunos, como Ballot y Antonio de Bofarull, autores de las primeras gramáticas de catalán, se habían atrevido a afirmar que el catalán era una lengua separada de la legendaria lengua de los trovadores, la langue d’Oc. Para que se hagan una idea, en 1874, cuatro ilustres baleares (Jeroni Rosselló, Pons Gallarza, Tomàs Forteza y el menorquín Quadrado) aceptaron formar parte de una Academia de la Lengua de Oc encabezada por el genial poeta occitano Frederic Mistral y sus felibres, academia que tenía por objeto normativizar, fijar y codificar la lengua provenzal en la que se subsumían el catalán, el valenciano y el balear. Entonces, la inmensa mayoría de los prohombres de la Renaixença (Aribau, Víctor Balaguer, Milà i Fontanals, Verdaguer, Maragall…) no dudaban de la unidad lingüística y cultural con los occitanos de allende los Pirineos. Es más, la Renaixença catalana se consideraba deudora del admirable renacimiento de las letras occitanas. Los primeros juegos florales de Barcelona (1859) se inauguran cinco años después de la fundación del Felibrige (1854), la aurora del movimiento occitanista encabezado por Mistral. Su influencia será tanta que alcanzará a los juegos florales de Barcelona donde se aceptarán las obras de los poetas ultrapirenaicos siempre que se escriban en una grafía comprensible.

Sólo tras la ruptura de relaciones entre el francés Mistral y el español Víctor Balaguer por circunstancias políticas se esfuma la posibilidad de crear una ortografía y gramática unificadas entre ambos lados de los Pirineos. Es entonces cuando el espíritu de los tiempos cambia. Los catalanes ven en sus hermanos occitanos más un lastre que un impulso y empiezan a tomar conciencia de la separación idiomática. Mossèn Alcover, sin ir más lejos, pocos años antes de presidir el I Congrés de la Llengua Catalana (1906), todavía creía en la unidad de la lengua occitana. Como apunta Rafanell, tendremos que esperar al 1934, en plena II República, cuando Fabra y la intelligentsia catalana firmen, en un acto supremo de autoridad, el acta de defunción de esta “ilusión occitana”, una auténtica llamada al orden dirigida contra las “desviaciones” occitanistas.

Y si esto ocurría a finales del XIX, ¿cómo puede sostenerse a día de hoy que la conquista de 1229 fuera “catalana” en el sentido de que el pueblo mallorquín pasó a hablar “catalán” como afirma la ley de normalización lingüística? No hay un solo documento escrito que certifique que en 1229 los “catalanes” –un gentilicio que apenas se empezó a utilizar un siglo antes– hablaran una lengua diferenciada de los territorios de Oc. Ni los filólogos más voluntaristas han sido capaces de encontrar alguna acta fundacional del catalán que certifique claramente dicha separación lingüistica en el medievo. En realidad, eran los “catalanes” (o como se llamaran) los que escribían en la prestigiosa lengua de los trovadores y no al revés.

Sobre esta patraña originaria, sin embargo, el nacionalismo ha construido una ideología que pretende reincorporarnos a la catalanidad perdida, un mito. La nación no preexiste al nacionalismo. Es al revés, es el nacionalismo quien la crea y para ello se vale de todos los elementos –algunos ciertos, otros inventados, otros deformados– que están a su alcance para llevar a cabo esta “profecía autocumplida” como es toda construcción nacional. Por eso se magnifican ciertos episodios históricos y se obvian otros, tal vez más relevantes. La historia, como la filología, se transforman así en ilustres cortesanas de la política. No seré yo quien discuta, ¡sólo faltaría!, la legitimidad de los catalanes de crear su propio idioma que ha servido de base a sus deseos de emancipación nacional. Antes otros lo hicieron. Otra cosa es que, además de absorbernos a cámara lenta gracias a unos políticos serviles e ignorantes que se pliegan ante los argumentos de autoridad de unas élites intelectuales venales y politizadas al máximo, pretendan hacernos comulgar con sus ruedas de molino, disfrazando sus pretensiones políticas de “científicas” o acordes con el signo de la historia. A fin de cuentas, todos somos libres de creer en lo que queramos, incluso en los “curanderos”, como decía el otro día en IB3 Antoni Joan Pons con la arrogancia propia de la feligresía nacionalista.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 10/12/2016