FERNANDO NAVARRO. En Sangre y pertinencia Michael Ingatieff habla de dos visiones contrapuestas de la nación, la nación cívica y la nación étnica. Mientras la nación cívica se construye con leyes e instituciones que definen el campo en el que se desarrollan librementenlos ciudadanos, la nación étnica cree en la existencia de un criterio de diferenciación entre las personas –la raza, la etnia, la cultura, la lengua, la historia, lo que sea- que es necesario aplicar de forma obsesiva para crear compartimentos humanos separados, uniformes y ordenados. En la historia estos criterios se han aplicado alternativamente sin que haya alterado el fundamento esencial de la nación étnica, y no es necesario recordar que siempre subyace su pretensión de, una vez afirmada la diferencia, reclamar agresivamente la superioridad del propio grupo sobre los demás. Porque en el nacionalismo étnico anida el virus de la xenofobia.
La diferencia entre ambas visiones, la nación cívica y la nación ética –podemos llamar a esta última sencillamente nacionalismo-, es radical. Para esta última todo debe ser subordinado a su proyecto separador: las leyes pueden ser incumplidas, los derechos de los ciudadanos sacrificados, y la democracia es considerada sospechosa si no se encamina dócilmente hacia la realización del sueño etnicista. Porque, en definitiva, democracia, leyes y derechos son meramente instrumentales para la nación étnica, y si no conducen a la culminación de ésta carecen para ella de valor. El caso es que, para desgracia del nacionalista, la realidad es mestiza y entreverada, y se resiste a la aplicación de tiralíneas y cartabones etnicistas. La nación cívica –podemos llamarla sencillamente democracia- acepta perfectamente un campo en el que conviva la diferencia. Nacionalismo y democracia, admitámoslo, no se llevan muy bien.
Obsérvese que el nacionalismo étnico opera siempre con dos caras: hacia afuera exige que se le reconozca la diferencia; hacia dentro aspira a imponer la asfixiante uniformidad de la visión. El nacionalismo catalanista pretende hacer esto último en Baleares, que ha tenido la desgracia de caer dentro de su particular Lebensraum. El sábado la Fundación Jaume III reclamó que el nacionalismo catalanista no sofoque, como está ocurriendo, la cultura balear. Errará quien piense que se está tratando de sustituir un nacionalismo catalanista por un nacionalismo balear. Como Joan Pons recordó, sus miembros están orgullosos de las modalidades baleares como de la lengua de Cervantes. De ahí que uno pueda sentirse simultáneamente mallorquín –o menorquín o i ibicenco- y balear y español. Esto último fue respondido con una atronadora ovación, que demostró que la Jaume III entiende la nación cívica. Fue magnífico.
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Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, es 31-10-2015.

