Sólo unos rebeldes de salón

No es ninguna novedad consignar que el catalanismo tiende al ditirambo cuando se trata de glosar las excelsas virtudes de sus líderes. Un periodista ha denominado a la difunta presidenta de Ómnium Cultural, Muriel Casals, la Rosa Parks del Procés catalán, en alusión a la activista negra que desafió la segregación de los Estados Unidos desde el asiento de un autobús. Este tipo de comparaciones (con Martin Luther King o Nelson Mandela, sin ir más lejos) son habituales entre el separatismo. Se trata de la enésima prueba que demuestra el desfonde intelectual –y moral, claro– de los dos movimientos antidemocráticos que triunfan en la España actual: el nacionalismo y el populismo de izquierdas.

Ambos movimientos beben de la aspiración contracultural de abolir –no reformar– las normas sociales, consideradas como intrínsecamente coactivas y malas. Este espíritu anarquista propio de la contracultura es lo que lleva a nacionalistas y populistas a incumplir la ley y abolir las normas sociales que no se pliegan a sus deseos o conveniencias. Hace una década los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter denunciaban (“Rebelarse vende”, Ed. Taurus) que la contracultura había sustituido al socialismo como base del pensamiento político radical. Aunque la rebelión contracultural apenas había logrado avances políticos, sí había logrado poner en jaque las convenciones sociales. En su afán por enterrarlas, la contracultura había hecho todo lo posible por borrar la distinción entre “disensión” y “desviación”. Se “desvía” quien se salta las normas para obtener un beneficio personal. “Disiente” aquél que no está de acuerdo con alguna norma caduca o injusta y lucha por cambiarla. ¿Qué tiene que ver Martin Luther King con las bandas de moteros Harley-Davison, los consumidores de cocaína o los okupas? En su famosa carta desde la cárcel de Birmingham (1968) donde cumplía condena por haber participado en una manifestación proderechos civiles en Alabama, Luther King aludía a la disyuntiva entre “disensión” y “desviación”: “Jamás he sido partidario de atentar contra la ley o eludirla como harían los secesionistas fanáticos. Eso nos llevaría  a la anarquía. Quien desobedece una ley debe hacerlo abiertamente, amorosamente […] y estando dispuesto a aceptar el castigo. Sostengo que el individuo que infringe una ley por creerla necesariamente injusta y acepta voluntariamente el castigo quedándose en la cárcel para agitar la conciencia de la comunidad en cuanto a su injusticia, está de hecho expresando un enorme respeto a la ley”.

King era un disidente, no un rebelde de salón como la asaltacapillas Rita Maestre (“arderéis como en el 36”) que ha sido noticia estos días. Mientras King sí reconoce los hechos por los que le juzgan y acepta la pena que se le impone, la concejal de Podemos de Madrid ha tratado de escaquearse como ha podido: primero pide perdón al arzobispo, luego niega los hechos y encima se amilana (“no lo volvería a hacer”), aunque sea éste el único mérito que le adorne como concejal de Madrid. Un comportamiento impropio de un revolucionario de verdad y muy propio de una vulgar pequeñoburguesa. Sin embargo, una muchedumbre de españoles confunde los comportamientos de King y Rita Maestre hasta el punto de pensar que las gamberradas de la segunda están al mismo nivel cívico que la lucha contra el racismo del primero. Al margen de que asaltar capillas, perpetrar un escrache o enfrentarse a la Guardia Civil nada tiene que ver con ningún movimiento por los derechos civiles sino más bien con todo lo contrario –negarlos a los demás, subrogándose “derechos especiales” para sí mismos–, la distancia que separa a King y Maestre es abismal. Si bien ambos parten del desacuerdo con la legalidad vigente, el primero acepta la ley y sus consecuencias. Maestre no: trata de burlarla negando los hechos. En los últimos tiempos Baleares ha asistido estupefacta a un sinfín de comportamientos idénticos al de Maestre, lo que nos hace pensar en un perfil más general del revolucionario español de nuestros días.

El “periodista” Marcel Pich, condenado a ocho meses de prisión y al pago de una multa de 250 euros por agredir a la Policía Nacional, negó los hechos por los que fue denunciado y condenado. La sindicalista Katiana Vicens, condenada al pago de 3.960 euros por coaccionar durante un piquete a un chófer de autobús que estaba en servicios mínimos, aseguró que “no coaccionó a nadie ni rompió ninguna luna”. El concejal de Esquerra Oberta de Calvià, Rafael Sedano, juzgado hace unos años por llamar “fascista”, “nazi” y “terrorista” a Jorge Campos, amén de realizar gestos amenazantes como dispararle o cortarle el cuello, lo negó todo ante el juez. Cinco de sus compañeros fueron condenados a multas entre 20 y 40 euros. El musicólogo Amadeu Corbera, encausado por resistencia grave a la autoridad, negó los hechos por los que fue detenido en Bunyola en una visita a la localidad de José Ramón Bauzá. Su intención, aseguró, era “recibir pacíficamente a Bauzá”. Aligi Molina, concejal de Som Palma, ha estado negándose a pagar la multa de 720 euros a la que fue sancionado por asaltar el despacho del conseller de Educación del PP. La actitud de todos ellos es idéntica a la hora de burlar o eludir la ley. Primero niegan los hechos, luego no acatan las sentencias y entretanto se presentan como víctimas de un “montaje policial y judicial” que avalaría la acción “represiva” contra sus ideologías y movimientos. En su opinión, el juicio al que se enfrentan es “político”, no porque los hechos que se juzgan sean inexcusablemente políticos –se juzgan actos de violencia política, claro–, sino porque el Estado de Derecho sólo perseguiría criminalizar su ideología, como si la función de nuestros jueces fuera juzgar opiniones y no hechos.

La ideología política en la que se cubren estos rebeldes de pacotilla sólo les sirve de coartada para legitimar sus gamberradas. Se desprenden de ella en cuanto se sientan en el banquillo puesto que un mínimo de valentía y coherencia ideológica les obligaría a explicar ante el juez el significado y el motivo político de sus actos transgresores. Eso, inevitablemente, significaría reconocer los hechos cometidos y apechugar con las penas correspondientes. Esto, al menos, es lo que antes adornaba a los revolucionarios de verdad. Aparte de los manidos Nelson Mandela o Luther King, imagínense a los mártires cristianos que consentían morir antes que renegar de su fe cristiana. O a estalinistas como Georgy Dimitrov, jefe de la Internacional Comunista. O a tantos mártires que han dado la vida por una causa.

En cambio, nuestros revolucionarios de coste cero no quieren correr ningún riesgo, ni siquiera abonar una miserable multa. Nos quieren hacer creer que son injustamente tratados por razones ideológicas y luego no dudan en desprenderse de esta misma ideología al negar los actos que se derivan de la misma. La actitud en el banquillo pone a cada uno en su sitio. A diferencia de los revolucionarios de verdad, que sí son respetados porque son consecuentes con sus actos, agitan la conciencia de su comunidad y ofrecen un sentido político a sus actos inexcusablemente políticos, los rebeldes de salón sólo transgreden la ley si están convencidos de su impunidad. Tiran la piedra y esconden la mano. Esta es la diferencia abismal que hace que Mandela y Luther King sean unos referentes morales mundiales y que los Maestre, Sedano, Corbera, Vicens, Molina o Pich alcancen sólo la estatura de unos gamberros farsantes.
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Publicat a EL MUNDO·El Día de Baleares, es 27/2/2016.

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