Con las elecciones a la vuelta de la esquina, y ante la repercusión mediática de la presentación de Foment Cultural de Menorca del libro “Un model lingüístic per ses Illes Balears”, las alarmas catalanistas están sonando cual tetera hirviendo a punto de estallar. Más aun cuando ésta contó con la asistencia y apoyo expreso de candidatos y representantes de PP, PSOE, UPCM, C’ME y PI. El PSM, cómo dijo Josep Pons Fraga en su Pont i Cova, “ni estaba ni se le esperaba”. Lo más curioso es que, como siempre, nuestros inquisidores lingüísticos se han tirado a la piscina sin haber sido capaces de valorar y analizar dicha propuesta filológica. Y es que se trata de un libro de estilo el contenido del cual está contemplado en un 95% por la actual normativa del Institut d’Estudis Catalans, pero que sin negar el tronco lingüístico común con catalanes y valencianos, destaca por priorizar el uso de las formas baleáricas del mallorquín, menorquín e ibicenco ante las formas propias de Cataluña. En otras palabras, el cumplimiento del artículo 35 del Estatuto de Autonomía de Baleares en lo referente a la promoción, uso y estudio de las modalidades lingüísticas insulares. Al no haber podido aguantar sus eminencias sin “passar s’arada davant es bou”, han tenido que recurrir, como viene siendo habitual, a polémicas interesadas que utilizan como cortina de humo para no dar respuesta alguna a la propuesta de modelo lingüístico balear que propone la Fundació Jaume III. Permítanme la licencia de responder brevemente a cuestiones tan estériles cómo las críticas a los menorquines que (aun) usamos el término llengua menorquina como sinónimo de menorquí. Algo tan natural y que venimos haciendo desde hace siglos, ahora parece irritar a algunos sectores de los que se bautizan a si mismos cómo menorquinistes. ¡Qué paradoja!, ¿no deberían ser los primeros en defender el menorquín? pues son los mismos que no paran de burlarse de su propia lengua, comparándola con el andaluz —bendita obsesión, pobres andaluces—, el “lapao” que ellos mismos se inventaron, el tortosí, etc, etc. Responderemos a estas acusaciones con dos citas lingüísticamente impepinables:
“Debo indicar también que no hubiera escrito jamás esta carta si Ud. hubiése manifestado que su motivación para llamar ‘Balear’ a la lengua de las Baleares es únicamente política. Respeto y apoyo tal postura. En primer lugar, por lo acertado del nombre, y en segundo lugar porque creo que los países y regiones tienen el derecho de llamar a su lengua cómo mejor les plazca. Adicionalmente, coincide con el sentir de muchos habitantes de las Balears. Esto ya se hizo en Valencia, declarando cómo oficial el valenciano, y en Portugal con el portugués, que históricamente se originó en Galícia (…)” y “Seule la consciencie linguistique et autoglossonymique des locuteurs, plus encore que le degré d’intercompréhension, permet d’isoler démocratiquement un idiome. Qu’importe si la variation est mathématiquement infime, la variation identitaire, elle, l’emporte”.
Son palabras de Jaume Gelabert, Doctor en Lingüística y Director del Departamento de Español de la Loyola University Chicago, y de Philippe Blanchet, lingüista y profesor de l’Université de Rennes.
Con estas citas científicas —cómo tanto les gusta denominar— dejamos en la cuneta a los inquisidores lingüísticos que pretenden demonizar a todo aquél que trata de dignificar nuestras modalidades lingüísticas insulares, cómo si vivieramos en pecado por no comulgar con sus ruedas de molino. En fin, esperemos ahora que el sr. Eladi Saura comprenda el concepto de conciencia lingüística tan bien explicado por lingüistas y profesores universitarios. ¿Negarán la existencia de la literatura menorquina —escrita en artículo baleàric o salat por mucho que les pese—de Àngel Ruiz i Pablo y Joan Benejam, o de los mallorquines Pere d’Àlcantara Penya y Gabriel Maura?
Se dibuja un nuevo panorama político en Menorca, en Baleares y en toda España. La irrupción de nuevas formaciones abre un nuevo abanico de posibilidades y urge a la necesidad de pactos donde la educación y la lengua no serán una excepción. El libro publicado por la Fundació Jaume III pretende que los ciudadanos de Menorca y Baleares en general dispongan de un modelo de lengua que los oriente a la hora de servirse de las modalidades lingüísticas en todos los ámbitos de la sociedad. Del mismo modo que en Valencia usan el valenciano bajo un modelo lingüístico autónomo. Los que se creen jueces de la lengua deberán aceptar que los que defendemos una Menorca en menorquín y en castellano tenemos los mismos derechos que ellos de defenderla en catalán, así cómo que diversas formaciones políticas cómo Ciudadanos de Menorca, UPCM y PP apuesten por un modelo lingüístico más próximo a los ciudadanos de Baleares. No pueden seguir actuando cómo jueces de nuestros sentimientos. Para ello está la democracia, para que la ciudadanía decida. Ahora, que hablen las urnas.
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Publicat en es Diari de Menorca, es 19-5-2015.
