Tal vez uno de los rasgos más odiosos del nacionalismo sea la facilidad con la que miente. El cambio de la Diada de Mallorca nos ha ofrecido una nueva muestra para observar su apego a la mentira y a la hipocresía, sin importarles caer en incoherencias ni contradicciones de toda índole con tal de imponer su punto de vista. El fin justifica los medios. Y la mentira es, en política, uno de los más eficaces, como saben los populistas y los nacionalistas, a fin de cuentas unos populistas “avant la lettre”.
Los mismos saduceos y sofistas que repiten sin cesar que no hay inmersión en catalán son los mismos que nos dicen ahora que no se puede tildar el 31-D de “fiesta catalanista”. “Sorprende −decía el editorial de Última Hora−, que algunas organizaciones, como la Fundació Jaume III, se opongan a que el 31 de diciembre sea la Diada de Mallorca por tildarla de fiesta catalanista. La protesta carece de sentido y es un mal precedente el intento de politización de la jornada”. Se trata del mismo periódico que días atrás informaba del lema de los independentistas para este 31-D: “Per la plena sobirania de Mallorca. Construïm Països Catalans”. Da igual que los premios de la OCB se llamen 31 de diciembre. Da igual que Tòfol Soler (ASM) y Maria Antònia Font del STEI defendieran la “catalanidad” de los mallorquines en el pleno del Consell de Mallorca de hace una semana (“yo me siento catalana de Mallorca”, dijo Font, como si todo el mundo no pueda sentirse lo que quiera) y abogaran por que el 31-D fuera una palanca para “ser el que volem ser”, con continuas alusiones al derecho de autodeterminación. Da igual que el PSM nunca haya dejado de reivindicar el 31-D. Da igual que la manifestación del 30-D se convierta año tras año en un aquelarre separatista que se prolonga hasta la ofrenda floral en la Plaza de España. Da igual. Para Última Hora, los que politizan el 31-D no son los catalanistas que llevan treinta años haciéndolo sino la Fundación Jaume III. Nada menos.
Resulta insólito que Última Hora publique el mismo día que el editorial reseñado una entrevista a Miquel Deyà en la que el historiador defiende el 31-D como Diada de Mallorca porque “la Festa de l’Estendard ha sido siempre una exhibición de hispanidad”, una fiesta conservadora que parte de los señores descendientes directos de la Conquista, una conmemoración donde históricamente se han rendido honores “al pendón del rei en Jaume, no a ningún partidismo nacionalista”, una celebración donde se homenajea a la “Corona de Aragón, fundadora de la hispanidad y al antiguo Reino de Mallorca”. Lo insólito no son las declaraciones de Deyà que nos remiten a un 31-D no contaminado por el catalanismo. Lo insólito es que Última Hora –así como los portavoces de Més y El PI– se aproveche de Deyà para respaldar la peregrina tesis de que el 31-D no es ninguna “fiesta catalanista”.
En efecto, si Més ha elegido el 31-D como Diada de Mallorca no lo ha hecho por ninguna de las razones que aduce Deyà sino exactamente por todo lo contrario. Efectivamente, desde que el catalanismo se lo apropió, el 31-D es una celebración nada lúdica y sí muy reivindicativa, nada cristiana, nada hispánica, excluyente, de la que se ha expulsado al ejército, en la que no se exhiben las cuatro barras como emblema de los reyes aragoneses sino como signo de la “catalanidad” de Mallorca. El ponente de Més en el Consell, Lluís Apesteguia, ha sido muy claro al respecto: cada nueva generación tiene derecho a interpretar el pasado como le venga en gana. Es lo que han hecho.
Otro que baila el agua al catalanismo triunfante es el periodista de Diario de Mallorca, Miquel Adrover, que informa que “la Fundació Jaume III clama contra la unidad de la lengua”. Falso. Lo que dije yo el pasado 23 de diciembre en defensa del 12-S fue que el primer triunfo del catalanismo a la hora de imponer sus símbolos de partido había sido en 1983 cuando logró que la lengua se denominara “catalana” en el Estatut, un nombre que nadie utilizaba salvo una minoría. Las pruebas son abrumadoras. Cuando en 1975 Franco permitió el aprendizaje de las llamadas “lenguas regionales”, Última Hora tituló en portada: “El mallorquín en la escuela”. En 1978 la Constitución Española fue publicada oficialmente en “lengua balear”. El nombre no hace la cosa y en principio no cuestiona ninguna unidad, máxime de un idioma que hasta hace muy poco carecía de un nombre unitario.
El catalanismo en Baleares no sería nadie si los Pedro Serra, los adrover o los manresa de turno no le allanaran el camino al disfrazar sus verdaderas intenciones mientras difaman a quienes se oponen a su avance.
El pasado, según el catalanismo, es un campo fértil para la reinterpretación, la manipulación y la deformación a gusto del ciudadano actual. Por lo tanto, no ven incoherencia alguna que quien se declara laicista quiera celebrar la llegada del denostado cristianismo, que quien se declara pacifista (incluso antitaurino y animalista) quiera celebrar una matanza, que quien se declara republicano prefiera celebrar un acto de guerra a un juramento de una carta de libertades civiles, que quien se declara “soberanista” quiera celebrar nuestra subordinación a Cataluña y no nuestra independencia como reino (que es lo que se celebraba el 12 de septiembre), que quien se declara amigo de las clases populares quiera celebrar una tradición de señores feudales, que quien se declara contrario al 12 de octubre celebre la conquista de 1229. Sólo es cuestión de jugar a contextualizar/descontextualizar el pasado para volver a presentarlo (“re-presentar”) cómo nos convenga de modo que, debidamente reinterpretado por los elegidos, el oráculo ancestral nos marque el camino a seguir desvelando nuestra verdadera esencia.
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Publicat a EL MUNDO/Día de Baleares

