El pequeño país de Armengol

Quién le iba a decir a Francina Armengol durante el debate de investidura del pasado 30 de junio de 2015 en el que se proclamó presidenta de Baleares que finalmente su partido acabaría pactando con Ciudadanos para tratar de investir aPedro Sánchez como presidente de España. Todavía algunos recordamos la cara de pasmo que se dibujó en el rostro de Armengol cuando Xavier Pericay le recriminó haber elegido como compañeros de viaje a los dos socios más extremistas del arco parlamentario, Més y Podemos, los que llevan en su ADN la destrucción del régimen constitucional y la nación española. ¿Ella, que desde los quince años está convencida de habitar en el lado bueno de la humanidad, aliarse con un partido tan “de derechas” como C’s? Nunca. Sin embargo, lejos de espetarle lo que pensaba, prefirió excusarse diciendo que un pacto con C’s no era posible porque sería un fraude a los votantes socialistas que habían pedido “cambio”. Un “cambio progresista y de izquierdas” para el que no contaba para nada con C’s, una formación a la que algunos círculos periodísticos afines al Govern han venido tachando de “marca blanca” del PP y situándola ideológicamente más a su derecha, aplicándole, como a los populares, el debido cordón sanitario, la penitencia merecida para todo aquel que no comulga con las ruedas de molino del nacionalismo que, como saben, es la religión universal que separa a los buenos (Amadeu Corbera) y a los malos (Aina Aguiló) en Baleares.

Por eso, el acuerdo de Sánchez y Rivera le habrá sabido a la nomenclatura del PSIB a cuerno quemado. Y más todavía el hecho de que la militancia del PSIB haya votado a favor de un acuerdo que ni en la peor de las pesadillas Armengol hubiera imaginado apenas unas semanas atrás. Los socialistas de Baleares han sido prácticamente los únicos en toda España que abogaban por un pacto con Podemos y los separatistas. Armengol quería para Sánchez un pacto a la balear, lo que indica hasta cierto punto la anomalía que representa la inquera en el seno del PSOE. ¿Se siente realmente cómoda Armengol en el PSOE? Nosotros, desde luego, no: su incomodidad es el castigo que debemos pagar los baleares por tener a nacionalistas irredentos como ella o a podemitas “avant la lettre” como Silvia Cano al frente del PSIB. De ahí su inmensa decepción con Sánchez. Al portavoz del Govern, Marc Pons, le ha faltado tiempo para asegurar que la supresión de las diputaciones provinciales que habrían acordado Sánchez y Rivera en comandita no iba con Baleares. Nosotros tenemos “consejos insulares”, no “diputaciones” −aunque la diferencia sea puramente nominal ya que derivan de ellas y son su equivalente−, ha venido a decir Pons, en su día presidente del Consell de Menorca.

Es la segunda vez que los socialistas proponen eliminar las diputaciones. Cuando Rubalcaba lo propuso por primera vez, incomprensiblemente el PP, la formación que estaba llamada a realizar la proeza de reducir la industria política con sus EREs de enchufados y paniaguados, lo rechazó. Mariano Rajoy perdió una magnífica oportunidad ante su electorado más liberal. Ahora, el PP balear va a perder otra magnífica oportunidad si no se postula a favor de suprimir el Consell de Mallorca. Sería una forma de ganar crédito entre sus votantes más informados. Al menos esta parte del partido que se llama liberal y que acaba de poner en marcha el Centro de Estudios Estratégicos de las Islas Baleares (http://www.centroestudiosestrategicos.org) con el objetivo de rearmar el PP balear desde unos principios liberales y reformistas. Leo el último –y magnífico– artículo que ha publicado en mallorcadiario.com Juan Domínguez, uno de sus impulsores, y entre sus propuestas para reactivar la economía, afirma: “Reducción del nivel de gasto endógeno.- Modernización de la administración pública y su funcionamiento interno; Prestación, únicamente, de servicios públicos esenciales; Reestructuración del marco normativo para que éste sea atractivo para la inversión bajo las premisas de que sea mínimo, claro y duradero, con el objeto de generar seguridad jurídica; Supresión de duplicidades administrativas”. Y me pregunto todavía por qué el Centro de Estudios Estratégicos de las Islas Baleares no se ha posicionado en el debate a favor de eliminar el lastre que supone el Consell de Mallorca. Sencillamente se trata de llevar a la práctica los principios que defienden. Nada más.

No hay otra institución más inútil que el Consell. Dependiente financieramente de la comunidad autónoma, la institución insular no cumple ni siquiera con las poquitas obligaciones que le tenemos encomendadas. Mientras Miquel Enseñat sigue “repensándose” el papel de la institución que preside, el Consell ya ha aplazado las obras de la autopista de Campos y acaba de posponer las del Segundo Cinturón. Ya hemos visto cómo ha funcionado hasta ahora la Agencia de Disciplina Urbanística, un departamento que en su día fue saludado a bombo y platillo como la panacea que debía poner coto a los desmanes urbanísticos ante los que nuestros alcaldes miraban para otro lado por miedo a perder electores. Ni siquiera los flamígeros de Més denunciaban a nadie a menos que el infractor fuera un adversario político directo, como ha ocurrido estas últimas semanas en Petra.

Una institución que debe “repensarse” a sí misma en palabras de su presidente, que recurre a los sabios universitarios para decidir cuál es la fecha más indicada para la Diada de Mallorca y que, en su campaña “Repensem Mallorca”, no está en condiciones de ofrecer a los alcaldes nada más que su apoyo “subsidiario” –lo único útil, todo sea dicho, que puede hacer–, es una institución que debe ser desmantelada cuanto antes y dejar de ser un lastre gravoso y ominoso para los ciudadanos. Tan preocupados andan sus mandamases por encontrar un sentido al Consell que no han tenido otra ocurrencia que, a espaldas del Govern, marcharse a Quios (Grecia) para tocar –como Santo Tomás– la herida de los refugiados por la que sangra Europa y sensibilizar al resto de los mortales de que algo hay que hacer. El Consell, una institución local en última instancia, aspira a superar a la Generalitat de Cataluña en sus ridículas cuitas de política exterior.

Y sin embargo, en flagrante contradicción con el espíritu reformista de Pedro Sánchez, Armengol está dispuesta a resucitar al moribundo traspasándole las competencias de promoción turística, juventud y ordenación territorial. Suponemos que en señal de gratitud por la maravilla de Plan Territorial de Mallorca que en su día pergeñaron MunarNadal y Vicens –tremenda la foto de estos días con toda la cúpula de UM sentada en el banquillo– y que ha resultado un foco de corrupción y de inseguridad jurídica al por mayor. Como ha dicho la presidenta Armengol, con la solemnidad y cursilería que caracteriza a los que desde su adolescencia se han habituado a la lengua de madera babosa e insufrible que nunca deja de brotar de los labios de los nacionalistas, “juntes [ses illes] som més fortes i juntes formam un petit país que té molta més veu i ens fa més forts per afrontar els reptes de futur”. Ya ven, retórica y de la mala.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 5/3/2016.

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