31-D, un día para el bochorno

E DICE DEL bochorno, que más allá de ser un viento del sureste, caliente y molesto, es una desazón o sofoco producido por algo que ofende o avergüenza. Bien, pues esto será nuestra municipal fiesta del 31 de diciembre, por obra y magia del sectarismo político, tan propio de la izquierda aliada con el nacionalismo pancatalanista de nuestros días.

Todo deriva del hecho de que el actual presidente del Consell de Mallorca, Miquel Ensenyat, arropado por los suyos, o sea por el pancatalanismo rampante, en lugar de respetar como diada de la isla el 12 de septiembre, fecha de la jura de las libertades del reino mallorquín por Jaume II, consensuada hará veinte años por nuestros políticos, ha decidido su traslado al 31 de diciembre, porque, como aclara en el inefable informe preparado, tal fecha constituye «el momento simbólico del nacimiento del pueblo mallorquín, así como lo conocemos hoy en día». En otras palabras, porque estos señores que dicen representarnos, pero que actúan al margen del PP, partido mayoritario, se empeñan en dejarnos bien claro, a ver si cuela, que el nacimiento de nuestro pueblo deriva de la conquista de Jaume I. Antes los mallorquines no existíamos.

Los mozárabes y semíticos Omar, Amar, Binimelis, Bennasser, Arrom, Gamundí, Salom, Maimó, Abraham, etc. o los Genovard, Pizá, Palerm, Sard de inequívocas raíces itálicas, según nuestros gurús catalanistas debieron llegar también con Jaume I o poco después, bien de Manresa, de Vic o de Ripoll. Y no digamos los provenzales Blai, Crespí, Prohens o Bordoy. Y es que, no lo dudemos, según nuestros pancatalanistas Mallorca se pobló de catalanes a partir de Jaume I, y los mallorquines de antes fueron exterminados. Bueno, parte de razón tienen. Jaume I nos dirá en su Llibre del fets, haber exterminado a veinte mil musulmanes, aunque seguramente fueron menos. Resultaba más práctico venderlos como esclavos o mantenerlos para cultivar la tierra expropiada. De ahí que, como el genocidio es innegable, nuestros pancatalanistas, capitaneados por Lluis Aposteguía, suponemos que vasco-catalán de sólidas raíces, presidente de la comisión redactora de la propuesta, nos hayan advertido, para tranquilizarnos, que con la nueva fecha de la Diada «no se celebra una guerra, ni una matanza». Aceptémoslo, no son tan malos, pero celebrarán la fiesta de los suyos, o sea la fiesta de la división y del sectarismo.

Vayamos al fondo del asunto. Estos señores -los Aposteguía and company- saben a lo que van. Les sobra el recuerdo de la recuperación de la isla para la cristiandad. Les sobran sermones catedralicios. Lo han dicho. Quieren una fiesta laica; quieren la pancarta y las banderas catalanas llenando nuestras plazas -mejor las esteladas que las cuatribarradas y las del antiguo reino mallorquín. De ahí su insistencia en la laicidad de la fiesta. También les importa un bledo la Mallorca romana. Ellos no estaban. Menos la Mallorca árabe o semítica. Y la Mallorca hispánica, con miles y miles de castellano-hablantes, pues al barco de rejilla, a no ser que te conviertas en el más ferviente catalanista, como ha sucedido con el señor Pere Sánchez, líder de nuestro proceso de autodeterminación, deseoso de que nos descolonicemos de una vez, y con el que pude toparme hace unos días en Canal 4, de la mano de Miquel Ángel Ariza. ¡Las cosas que veredes, amigo Sancho!

He vuelto a mirarme los sólidos trabajos de cuantos historiadores trataron la fiesta del 31 de diciembre. Me ha interesado especialmente el de Gabriel Llompart, sobre todo cuando califica la fiesta de «existencial». ¿Qué quiere decirnos? Pues que derivaba de la necesidad que tenía nuestro pueblo, con el desfile del pendón real -vexillum regium- y las banderas de los gremios ciudadanos en ordenada comitiva, de mantener la memoria de la victoria sobre los musulmanes, puesto que eran éstos, desde el norte de África, los que permanentemente acosaban nuestras costas. De ahí que, según el reconocido investigador, la conquista de Argel por los franceses, y la desaparición del peligro norteafricano, fuese el factor determinante del olvido popular de la fiesta. La añoraría Perede Alcántara Peña en su Colcada, al igual que nuestros prohombres de la Renaixença. De ahí su retorno a partir de los años veinte del siglo pasado, y luego su exaltación durante el franquismo, para honor y gloria del entonces dominante nacionalcatolicismo.

No escarmentamos. Entrado en siglo XXI, en lugar de buscar ámbitos de encuentro, celebramos el enfrentamiento multisecular. En 1992, en mi pregón de la fiesta, titulado La ciutat de Mallorca, un sol poble, una ciutat de tots, terminé con estas palabras: mai més cristians vells contra cristians nous, lulistes contra marrells, canamunts contra canavalls, austracistes contra botifleurs, blaus contra vermells. Me equivocaba. La tribu sigue en pie. Y enhorabuena a Ensenyat por su nueva escenificación. Será histórica. Ya verán.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares

Mallorquinidad inteligente

PENSABA DEDICAR este artículo a otro tema: la colocación del retrato del canónigo Josep Tarongí en el Museo Diocesano. Sucedió hace un par de semanas. Fue harto emotivo para la familia Aguiló Tarongí, propietaria de la pieza, obra del prestigioso pintorRicardo Carlotta. Tarongí fue un sacerdote poco aceptado en la Mallorca del XIX por su condición de xueta. Dio origen a una sonada polémica, y hoy vemos colocado su retrato con todos los honores en el mencionado museo. Pero sucede que el asunto, el reconocimiento a su persona algo más de un siglo después, no interesa. Los informativos y los columnistas apenas se han hecho eco. A lo más, se comenta que fue víctima de intrigas de sacristía, y que hoy los enfrentamientos entre clérigos llevan otra deriva. Tienen razón, pero la polémica alrededor de este personaje, valiente, culto, inteligente y honrado, que acabó canónigo en Granada, constituye mucho más que una pelea de sacristía. Refleja uno de los lados más oscuros de nuestra historia.

Ahora que partidos como el Popular abogan de nuevo por el regionalismo, pensemos que en nuestra alma individual y colectiva conviven el bueno del Dr. Jekyl y el malvado del señor Hyde. Quien no quiera verse retratado en la genial novela de Stevenson, digamos que es imbécil. Todos tenemos nuestro lado oscuro, y nuestra comunidad histórica también.

Hemos aflorado santos, filósofos y artistas geniales, incluso momentos ejemplares como colectividad, pocos, pero alguno, sin embargo nuestras maldades sobreabundan. De ahí mi apuesta para que sin dejar de ser lo que somos -mallorquines- condicionados por una tierra y unos genes -siempre bastante complicados- seamos capaces de impulsar la mallorquinidad inteligente. Significa sentido común, comedimiento, ironía en el vivir, amor a la tierra, que prioriza la estética incluso en el habla -la dolça parla mallorquina- hoy en trance de desaparecer.

Yo les recomendaría a los nuevos regionalistas que ahonden en la mallorquinidad inteligente, y se olviden de la otra, la de las mafias, que las tenemos desde siempre. Que se olviden también de sucursalismos. Superados los fandangos, para bailar sardanas nos basta Francina Armengol de la mano de Miquel Iceta que, sea dicho, parece mejor bailarín que político. Libres somos los mallorquines de sardanear, pero dejamos de ser nosotros, gentes que sempre hem fet comptes d’asseguts. Y por último, seamos lo que especialmente somos: mediterráneo, ámbito de diálogo y encuentros.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 9/7/2016.

Francina, no somos nada

FRANCINA, hace años que no hablo contigo. Creo que la primera y última vez fue en los aledaños del Congreso de los Diputados, recién aprobada la última reforma del Estatuto de Autonomía, en la que yo algo había tenido que ver, y te pregunté cuándo serías capaz de terminar tus idilios con María Antonia Munar. Me contestaste de inmediato: cuando los concluya Jaume Matas. Fíjate si hace tiempo.

No somos nada. ¿Será por esto que los políticos sois tan evanescentes? Acostumbrados al cortoplacismo, a la muerte anunciada, temo que hayáis perdido la noción de lo permanente. Esto pensaba al contemplar tu foto con los de la Assemblea de Docents. Una foto antológica, en la que estás junto a Rafael Bosch, exconseller del PP y tu ministro Martí March. Los tres con cara de satisfacción ante el acontecimiento que os congrega, que no es otro que el de la consagración del catalán en la escuela, mientras las otras lenguas quedan en la despensa. Poco os importa que la lengua castellana, además de ser oficial, sea la mayoritaria en las islas, y que el nivel de inglés en la Comunidad Autónoma más internacional del Estado -la de Baleares- ofrezca lamentables niveles de conocimiento. Había que terminar con el criminal invento de José Ramón Bauzá. 

¿Rentabilidad del acuerdo? Pues tú sabrás. Os habéis reconciliado con la Assemblea de Docents. Un problema menos, a corto plazo, claro está. Todos contentos. Las más de cien mil personas, según decís, que tiñeron de verde las calles de Palma frente a las agresiones de Bauzá, os estarán eternamente agradecidas. Además os habéis llevado al huerto a un PP desnortado, con un Miquel Vidal y sus exconsellers de Educación, de comparsas equidistantes, mientras Ciutadans asume el compromiso que ellos han perdido.

Y ahora otra pregunta: ¿Sabes lo que es gobernar contra el ser y el querer de un pueblo? Días pasados estaba en el salón de sesiones del Ayuntamiento de Palma. Un centenar de hijos ilustres, desde sus retratos, contemplaban un par de bodas civiles. La primera, de hippies, en que todos reían y se abrazaban, y naturalmente con los atuendos más exóticos. Todo un circo con el que convertir en show lo que tiempo ha se llamaba «sagrado» matrimonio. Imagino lo que pensaban la docena de obispos, hijos ilustres, colgando de la galería de retratos. Quizás, que al menos ellos -los hippies- son coherentes y simplemente trivializan aquello en lo que no creen, mientras los sensatos nos hemos permitido trivializar incluso lo que creemos.

En la segunda boda publicitaban su compromiso de amor, un ciudadano israelí, Joav Avtalión, y una deliciosa filipina, llamada Ralieta Hornada. Entre los asistentes, mallorquines, alemanes y una treintena de invitados de habla inglesa. El oficiante, nada menos que el concejal Aligi Molina, venezolano, que de inglés nada, de catalán las ganas y de castellano más que sobrado. Por esto en su día invadió la Consellería de Educación en protesta contra el trilingüismo. Volví a observar las caras de nuestros hijos ilustres. No eran de disgusto, sino de asombro. Ni tan siquiera Emili Darder comprendía la escena. Un matrimonio civil, pase, pero con gente tan variopinta, ¿de dónde venía? Pues era una muestra de la sociedad pluricultural que tenemos. Los hijos de los mallorquines de hace cien años no llegamos ni a la mitad de los que no lo son. ¿Responderéis, tú, los docentes de la Assemblea, y los acojonados del PP a los retos educativos de esta nueva y cosmopolita sociedad? Contemplé, entre los retratos del salón, a los agermanats Joan Crespí y Joanot Colom, los de izquierdas de hace quinientos años, y observé que se reían. Seguramente pensaban que con tal de dejar atónitos a tantos curas y militares colgados de las paredes, bien valía la pena el colectivo a su vista.

Yo, que entraba por primera vez en el salón de sesiones tras la eliminación del baldaquino y el crucifijo de la presidencia, pude reconocer, en su lugar, los retratos de Guillermo Forteza Piña y de Eusebio Estada Sureda, excelente representación de la Mallorca culta y liberal. Con el primero recuerdo haber hablado de niño -murió cuando yo tenía seis años- y su castellano, francés y mallorquín eran perfectos, sin que -imagino- le hiciera ascos al inglés.

Y bueno, Francina, ¿quién de todos ellos alabaría hoy tu Pacte? Supongo que ni Joanot Colom. Quizás Francesc de Borja Moll, pero incluso abrigo mis dudas. Hubo un tiempo que escribía y publicaba ortografías en mallorquín, y un diccionario catalán-valenciano-balear. ¿De verdad apoyaría hoy la inmersión a tope en la vecina lengua barcelonesa? Que la apruebe el concejal venezolano Aligi Molina, pase, de poco le va, pero que la permitiesen nuestros padres y abuelos, nunca.

Aun así, pensarás que no importa; que la Mallorca de ayer ya no vota. Pues tienes razón, pero no te olvides de que la Mallorca abierta y universal del mañana aún menos te votará. La tienes cerca, está ya en la calle, en los bares y en los cines, incluso a regañadientes en las escuelas. Pídeles por la inmersión. De verdad. ¡Hazlo! Monta una consulta popular más allá de las manifestaciones callejeras. Ya sabemos que no lo harás. ¿Para qué? Con tu Pacte desubicarás a Pedro Sánchez, pero cabrear a la Assemblea, a Biel Barceló y a sus terminales del norte, sería tu abismo. Está claro. Toca sobrevivir, al menos por cuatro años. Te lo decía: no somos nada.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 10/3/2016.

Hoy vamos de ‘brusquers’

ROMÁN PIÑA HOMS.

Hoy no voy ni de Mariano Rajoy ni de Pedro Sánchez, ni tan si quiera de Pablo Iglesias ni de Albert Rivera, porque, aunque les sobra protagonismo, carecen todos ellos del activismo obsesivo, del enamoramiento enfermizo y en extremo contagioso de los brusquers, especímenes únicos de la flora y fauna mallorquina. Los hemos tenido gloriosos como Ramon Llull y discretos y anónimos como los que hoy glosaré. El hecho es que constituyen espíritus inflamados, que se lanzan a la quimera, y que nada tienen que ver con el seny, la mesura y los silencios del homo balearicus.

El primero se llama Bernardo Lliteras. Es apicultor, o sea amigo y paladín de las abejas. ¿Vale la pena constituirse en valedor de dichos animalitos? Pues por lo visto sí. Hoy están mal. En serio peligro, y nadie se da cuenta de que su extinción podría traernos graves consecuencias. Los ecologistas no han entrado en el asunto. Prefieren hablar de la extinción del voltor y de los ferrerets de la Albufera. Sin embargo, Bernardo lleva años levantando bandera, como mi querido sobrino Bielet Fuster, otro apicultor de talla, que de cuando en cuando me trae un frasco con la mejor miel del mundo. Desconozco la miel de Bernardo, pero he estado en su molino de Llubí, donde desde hace años tiene montado un museo con más de ciento cincuenta objetos que recuerdan la conexión de las abejas con la cultura mallorquina. Una maravilla para quienes amamos nuestra historia y nuestra naturaleza. Hoy me llama porque su molino, de propiedad municipal, le ha sido requerido, esperemos que para otros dignos menesteres. Naturalmente anda trastornado. ¿Dónde, de ahora en adelante, la historia de las abejas en Mallorca? No sé si llamar a la Obra Cultural para que les ofrezca un curso intensivo, aunque sea en catalán, porque ellas hablar hablan. Lo hacen zumbando e incluso podrían bailar sardanas.

El otro brusquer de hoy, que me han servido los Amics de l’Arxiduc, colectivo de brusquers incontinentes, se llama Miquel Àngel Riera, presidente de la Asociación de Amigos del Ferrocarril. Los trenes, como las abejas, también los tenemos a extinguir. No usufructúa molino, pero sí un precioso museo con la historia de nuestro ferrocarril, a pie de estación, del cual apenas nadie se acuerda. ¡Pobre Mallorca nuestra! Con políticos, pero ya apenas sin románticos, sin brusquers, sin abejas ni trenes, y pronto sin agua.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 6/2/2016

La realidad e IB3

HA AFIRMADO estos días en una entrevista ofrecida en su paso por España el sociólogo Zigmunt Bauman: «Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara». Lo leí el jueves pasado, el mismo día que el nuevo director de IB3, Andreu Manresa, explicaba su proyecto para nuestro ente audiovisual público. Fue en la COPE ante la periodista Cristina de Ahumada. «IB3 -decía Manresa- usará el catalán porque ha de ser un espejo y una ventana a nuestra realidad, ha de reflejar la realidad, y la realidad es (aquí hizo una pausa elocuente, que avisó a la audiencia de la falacia inminente) que las islas tienen una lengua que es el catalán».

Es estupendo que IB3 tenga como lengua omnipresente el catalán. Se me ocurren mil razones para defender que así debe ser. Por ejemplo, la razón de que disponemos de pocos medios de comunicación que usen el catalán de las islas, y hay que compensar esa carencia. Afirmar que IB3 nos va a deleitar con el mallorquín de Pollensa, el menorquín de Ferreries y el barcelonés en los informativos, porque es la realidad, es lo que vemos por la ventana y es lo que refleja el espejo, provoca estupor.

Dijo algo Manresa, confuso, sobre que había aprendido catalán en Felanitx con un cura, o sobre que el catalán se aprendía cuando uno se hacía monaguillo. Parece que la ventana que Manresa quiere abrir desde IB3 a la realidad nos ofrece un paisaje de hace sesenta años. El espejo que Manresa describió en COPE es mágico y nos muestra una realidad quizá captada el día después del genocidio de Jaime I victorioso en la Mallorca musulmana. Se contradijo Manresa, pues presumió de querer una IB3 plural, sin embargo la pluralidad no existe, al menos lingüísticamente, según él, en Baleares. Las islas, dijo, tienen el catalán. No dijo que tuvieran castellano, alemán, inglés etc. IB3 podría plantearse el uso principal del catalán, pero tener espacios en todos estos otros idiomas. Podría plantearse respetar la realidad, no falsearla ni modificarla. Nuestra radio y televisión podría «enamorar», como dijo pretender Manresa, mostrando respeto por lo que somos. No por lo que unos cuantos dicen que hemos de ser. Podría plantearse unir, ampliar horizontes, en lugar de encerrarnos en zonas de confort, donde todos oiremos el eco de nuestra voz y veremos el reflejo de nuestras caras. O mejor dicho la voz y la cara de unos cuantos de nosotros, porque el espejo encima estará trucado.

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Publicat a El Mundo·El Día de Baleares, es 25/1/2016.

Ahora ya sin disfraces

DÍAS PASADOS se produjo un hecho de dimensión histórica: el nacionalismo mallorquín, mejor dicho, el movimiento anexionista de la isla a Cataluña, se quitó todo disfraz, después de treinta y tantos años de comedia. El hecho se hizo visible en dos escenarios distintos, pero casi al unísono. Primero en el teatro Principal de Palma, en la nit de les arts, con gran apoyo mediático y con el protagonismo de la Obra Cultural Balear (OCB), cuyo presidente animó al proceso soberanista, convocándonos al camino emancipador dels Països Catalans; y pocas horas después, en las calles de Palma, con una manifestación por la soberanía de las Baleares, no sabemos si compartida con Cataluña.

Por lo significativo de la fecha -el 31 de diciembre- aniversario del mayor genocidio de nuestra historia -según las crónicas- perpetrado con la toma de Palma por los catalano-aragoneses, hay que pensar que una soberanía, más que compartida, sometida a Cataluña. El presidente de la Obra Cultural se llama Jaume Mateu Martí. Es escritor, fundador del colectivo La Sitja de Bunyola, cooperante de Can Gazà y, como experto de reconocido prestigio, miembro del Consell Social de Palma. Tiene publicadas varias obras, entre ellas un Diari gran del soberanisme. Perfil clarificador. Al crearse la Obra Cultural en 1962, era un niño, pero hoy, a sus sesenta años, su biografía responde al giro radical de la entidad hacia la acción política, alejándose de sus fines fundacionales. Es curioso. Si actualmente buscamos los datos de la asociación, publicitados por internet, se nos dice que nació «para promover la lengua y la literatura catalana y para defender el derecho de Baleares al autogobierno». Es de risa. ¿Cómo iba a nacer para esto? Por entonces, a principios de los sesenta, no se sabía ni lo que era esta palabra. De ahí que a finales de los setenta fuesen cambiados sus primitivos estatutos, como también su escudo, que de ser el de Baleares, fue sustituido por el barrado de Cataluña. Hasta el momento. Pronto adoptarán la estelada. No me digan que lo dudan.

Todo lo expuesto no es más que la muestra de la gran comedia del nacionalismo en las Islas, a medio camino entre la corrupción munariana y el travestismo armengoliano. Un auténtico baile de disfraces. La Obra Cultural fue creada por un patricio insigne -Miquel Forteza Piña- su primer presidente. Con los años le sucedieron figuras notables, como Josep Maria Llompart, Miquel Alenyar, Bartomeu Colom o Ignasi Ribas. Este último me publicaría La lluita de les Balears per l’autonomia. Fue para mí todo un honor, como miembro de la entidad y como estudioso del Derecho público de las Islas. Eran tiempos en que la obra aún actuaba conforme a sus estatutos. Su junta rectora solicitó que me fuese concedida la Cruz de Alfonso Xel Sabio, y su presidente, por entonces Llompart, participó con gusto en su acto de entrega, para mi inolvidable.

Sin embargo, avanzada la autonomía y en una más que calculada ceremonia de la confusión, el giro de la entidad para convertirse en satélite del catalanismo político se hizo evidente. Es verdad que Llompart desde finales de los setenta había iniciado el camino del compromiso político, pero respetando los valores culturales auspiciados por la entidad. Llegado el mandato presidencial y gerencial de un activista social, Antoni Mir, todo cambiaría. La entidad se transformó en el brazo insular del Omnium de Catalunya, pero esto sí, sin dejar de recibir subvenciones culturales de todas nuestras instituciones públicas. En otras palabras, engordando y predicando con el dinero de nuestros bolsillos, por alejados que estuviésemos de sus objetivos políticos. Fue por entonces cuando no pocos nos dimos de baja.

El otro escenario, el de la manifestación soberanista por la calles de Palma, es de especial interés. Años atrás se manifestaban un centenar de maulets. Pitaban a las fuerzas armadas que en Cort rendían honor a la senyera del Rei en Jaume, y se retiraban tras un par de gritos e insultos al ejército. Ahora, bajo la pancarta independentista, se ha manifestado todo un antiguo presidente de nuestra Comunidad autónoma -Cristòfol Soler- y todo un vicepresidente del actual gobierno -Biel Barceló- así como otros destacados autonomistas de antaño. ¿Estatut? ¿Autonomía? ¿Estado compuesto o federal? Pero a qué jugamos. Estas expresiones ya no valen. Sólo estaban previstas para iniciar el deshielo del procès. Se acabó el baile de disfraces. Sólo he conocido un político capaz de denunciarlo. Se llamaba Félix Pons. Cuando iniciamos juntos la reforma de nuestro Estatut, expresaría tajante- consta en acta-: «Si estamos aquí para desguazar el Estado y engordar las competencias autonómicas, sin calibrar sus previsibles ventajas o inconvenientes para nuestra ciudadanía, yo me voy a casa».

Pero volvamos al escenario de la manifestación soberanista. Lo de Soler es digno de estudio. Del Partido Demócrata Popular de Oscar Alzaga, se pasó a Alianza Popular en plenas elecciones, traicionando a su propio partido, del que era su presidente, para asegurarse su puesto de conseller de Economía de Gabriel Cañellas. Una maniobra con la que Cañellas trituraba las aspiraciones más que limitadas del partido liderado por Soler, y éste se aseguraba su puesto en el gobierno. Sin embargo, llegada la defenestración de su asegurador y sucediéndole como presidente del Govern, no supo navegar. Perdida la confianza de su antiguo jefe, fue sustituido por Jaume Matas, que le procuró un puesto de funcionario a dedo en su gabinete de relaciones con la Comunidad Europea. Así permaneció 20 años de vida funcionarial, sin rechistar, hasta que hoy, ya jubilado, se nos ha transformado en líder del soberanismo y experto profesor de historia, dando conferencias sobre las maldades de los denostados Decretos de Nueva Planta que trajeron a las Islas, según Soler y sus colegas, todos los males del centralismo y la modernidad.

Bien. El proceso se ha cumplido. A partir de ahora, sepamos todos -incluidos los medios de comunicación- quien está a cada lado del escenario político y social, sin disfraces ni engaños. La autonomía era un medio, no un fin. Reconozcamos, ya sin disimulos, por qué y para qué se defiende e impone el catalán desde la televisión, las escuelas y las sacristías. Hay un proyecto de «emancipación» en marcha, como si fuésemos viejas colonias, como Guinea, que nos divide dramáticamente, falseando 500 años de historia en común, de momento ilegal, pero, con el tiempo, factible y legalizable, puesto que, como sus líderes dicen, nada puede oponerse a la democracia que ellos se cuidarán de interpretar y asegurar con todos los medios a su alcance. Siempre han sabido que el fin justifica los medios, y son maestros en el arte del camuflaje. Lo que queda ahora por saber, es si el resto de la ciudadanía seguiremos en nuestro papel de tontos o de cobardes, de continuo mirando discretamente a otra parte.

Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, es 8/1/2016.

Un día para el recuerdo

A los mallorquines no nos suenan muchas fechas, quizás Tots els Sants, para llenar de flores nuestros cementerios, algo que no está nada mal. También recordamos el «Treinta y uno de diciembre» y la Diada, pero no mucho más. Sin embargo existe una fecha que no deberíamos olvidar: el 25 de octubre.

En tal día de 1349, se produjo «la última batalla». Cerca de Llucmajor, en lo
que hoy denominamos el «Coll de la Batalla» sucumbía nuestro rey Jaume III. En ella perdía su vida y su reino, un reino que se había empeñado en reconquistar, tras habérselo arrebatado su cuñado Pere el Ceremoniós. De este acontecimiento nos han dejado testimonio nuestros pintores y escultores. Recordemos el lienzo que se conserva en Son Vida, y el monumento de Llucmajor, la localidad más cercana a la batalla.

Finalizado el franquismo, con el deseo de recuperar nuestras esencias patrias y abrir paso a nuestra autonomía, se idearon en esta misma fecha unos magnos funerales en la Seo, en memoria de nuestros reyes privativos. En la gran nave central de nuestro templo catedralicio se daban cita todos los ayuntamientos de la isla, autoridades preautonómicas, con Jeroni Albertí a la cabeza y numerosos fieles, mientras que en el altar mayor concelebraba, con el clero de la diócesis, el obispo de Mallorca, Teodoro Úbeda, acompañado de los obispos de las demás islas y de los de Perpiñán y Montpellier.

Al poco tiempo todo se fue al traste. Nadie tuvo interés en conservar la celebración. La monarquía privativa de Mallorca comenzaba a estorbar, como también estorbaban no pocos de sus símbolos. ¿Por qué? Hoy la razón está más que a la vista. Como dicen los libros de texto: «Allò de Llucmajor va ser una brega de familia». Por lo visto todos éramos catalanes. Lo que convenía era fomentar la «germanor» y olvidar los enfrentamientos. Como ya sabemos, la memoria histórica sirve para lo que interesa políticamente en cada momento.

Hoy 200 mallorquines se han vuelto a reunir en “El camp de sa batalla”, y con
ellos apenas un par de llucmajorers, todo sea dicho. Pero algo ha comenzado. Tenemos un día especial por recordar. El año que viene podríamos ser más. Quizás menos, quien sabe. Pero no hay duda alguna de que el 25 de octubre siempre será el barómetro con el que medir lo poco o
mucho que honramos nuestro pasado.

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Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, l’1-11-2014.

A Pep Sa Fortesa, ‘el Fuerte’

Contemplo perplejo las descalificaciones que los lingüistas de la normalització y sus corifeos lanzan a Pepe Zaforteza, que está haciendo honor a su Fortesa -en castellano fortaleza, en latín fortitudine– y a cuantos como él pretenden salvar nuestra lengua. Soy hijo de padres barceloneses. Me pierdo con el mallorquín. Siento envidia de quienes lo dominan, y, al igual que muchos catalanes, lo admiro por su pureza frente al barcelonés.

Me abstendré de polemizar, pero como historiador del Derecho me permitirán algunas observaciones. En primer lugar, defender nuestras modalidades es plenamente legal. Las reconoce y defiende nuestro Estatuto de Autonomía en su artículo 35, al contemplar la enseñanza de nuestra lengua catalana propia, de acuerdo con «la tradición literaria autóctona». De ahí que considere «objeto de estudio y protección las modalidades insulares», cosa que hoy está haciendo a la perfección Antoni Vera desde el Institut d’Estudis Baleàrics.

Las modalidades de nuestro hablar constituyen el mallorquín desde hace siglos. Mariano Aguiló, hermano de mi bisabuela Pepa Aguiló, patriarca de la Renaixença, bibliotecario de la Universidad de Barcelona, en su correspondencia con Tomás Forteza, publicada por la Biblioteca Balmes, le solicita en 1868: «Suscriume a tot lo escrit en mallorqui que se public y compram les fulles que en dita llengua se hagen publicades». ¿Por qué actualmente tanta resistencia a llamar mallorquín a nuestra habla identitaria, rompiendo una tradición multisecular?

Recordemos el texto jurídico de la Recopilación de 1622, encargada por los Jurados del Reino a destacados juristas. Autoriza el uso de la «llengua mallorquina» en los actos de testar, así como, sin que implique antinomia, la «catalana» para declarar en los procesos judiciales. Jamás he utilizado el artículo salat en mis libros en catalán desde Mallorca, pero respeto a quienes lo utilizan y considero vergonzoso normalizar los textos literarios de quienes lo preconizaron durante el XIX. El mismísimo Mariano Aguiló, que sólo lo utilizaba de forma ocasional en su correspondencia, testimonió su disgusto, en 1883, de que «els catalans de Mallorca escriguessen tan catalanescament» que ni se atrevían a utilizar la palabra atlot, que consideraban baja, prefiriendo minyó, fadrí, xich y xiquet. Este es nuestro problema endémico en una Mallorca siempre a la greña, sucursalista y acomplejada. Un consejo a los lingüistas: no pongan puertas al campo. Hagan normal en la tribuna y en la tele, lo que hasta hoy ha sido normal en la calle.

Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, 3-5-2014