Normalisació mal entesa

ARA QUE SE TORNA a parlar de derogar aquells articles de sa Llei de Normalisació Lingüística (LNL, 1986) que va modificar es Govern des PP presidit per José Ramón Bauzá i d’aquesta manera “tornar a sa normalitat” i a ses vertaderes essències d’aquesta llei, voldria fer una reflexió sobre un dets objectius que sa LNL se marcà l’any 1986. És un objectiu que se sol deixar de banda, encabotats com estam en sa polarisació de sa guerra castellà/català, però que també formava part d’aquell esperit que va empènyer es nostros polítics de llavors a aprovar-la.

S’objectiu al qual me referesc era sa recuperació i, en conseqüència, sa dignificació de tota una catefa de mots, expressions i frases fetes que havien brollat de sa saviesa popular durant segles i segles però que començaven a estar en desús als vuitanta. Me referesc a recuperar una part –o una part significativa, almanco– de sa riquesa lèxica extraordinària que encara trobam a ses ‘rondaies’ d’en Jordi des Racó. Efectivament, an això se referia Francesc Gilet, conseller de Cultura des Govern de Gabriel Cañellas, durant es debat parlamentari de sa LNL (1986). Es català havia de deixar d’esser una llengua privada reclosa en “un món íntim, poètic i domèstic per entrar en vigor dins l’àmbit del pensament abstracte i de l’acció pública”. Això no volia dir baratar sa nostra manera xerrar o canviar ses paraules seculars que sempre havíem usat per unes altres forasteres. Volia dir tot lo contrari: actualisar-les, adaptar-les semànticament an es nous objectes de sa modernitat (com ha passat amb “gelera”, per exemple), recuperar aquelles que estaven en desús però que encara se referien a conceptes vius (“desnonarterbolí o esgoder”, per exemple) i, sobretot, conservar es llenguatge viu des nostros pares i padrins per transmetre-lo a ses noves generacions. Vull pensar que això era un dets objectius des polítics, no només d’AP, que aprovaren aquella llei.

Naturalment, mantenir vives unes formes inicialment recloses a s’àmbit “íntim i domèstic” només se consegueix si passen a formar part des registres més elevats d’una llengua. Això, supòs, és lo que pretenia, deu més anys tard, sa UIB quan va incorporar 600 dialectalismes balears an es nou Diccionari de la Llengua Catalana (DIEC1), un diccionari que se presentà a sa societat mallorquina a un històric acte celebrat en es Teatre Principal de Palma amb sa presència de Cristòfol Soler, llavors president autonòmic (20 de novembre de 1995). Compten ses cròniques periodístiques que amb aquest gest es nostros patricis volien escenificar que ses nostres modalitats balears estaven integrades dins sa llengua general catalana amb “ple dret i caràcter normatiu”. Es català s’enriquia així amb ses aportacions balears i, de rebot, se conseguien dues coses més. En primer lloc, se conseguia que qualsevol parlant des domini lingüístic català (un gironí, un tortosí o un rossellonès) pogués utilisar qualsevol d’aquests 600 mots, que els sentís com a propis i no els ves només com a exclusius de Balears. Es filòlegs anomenen aquest concepte com a transdialectisació. I en segon lloc i molt més important, se conseguia que sa nova llengua estàndar se decidís a conjugar, per exemple, es verbs “atabacar”, “espinzellar”, “entresentir-se”, “encabotar-se”, “tastanejar”, “maçolar” o “retgirar”. O que usàs substantius tan genuïns com “baldragues”, “mansiula”, “denou” o “mudada”. O adjectius com “doiut”, “primcernut”, “esforcegat”, “malplà”, “bàmbol” o “disforjo”. O adverbis com “malapler”, “daixo-daixo” o “tira-tira”. O locucions adverbials com “de folondres”, “de pinyol vermell” o “a l’uf”. O frases fetes com “fer la torniola”, “fer una vega” o “pegar-se un cop a la barra”. O numerals com “sext”, “sèptim” i “octau”. O indefinits com “una mala fi de” o “qualque”. O referir-se a ses festivitats de Setmana Santa com “es darrers dies” (carnaval), “dilluns” o “dissabte de Pasqua”. Exemples, tots ells, que podem trobar dins aquestes 600 paraules balears que s’incorporaren a sa primera edició des Diccionari de la Llengua Catalana (DIEC1). No parl, com hauran comprovat, de termes en desús per haver perdut vigència com a resultat de s’evolució des temps, com ha passat amb moltes eines, oficis, usos i costums des món de foravila. Tots ells no són conceptes vulgars ni fora d’ús: afecten significats que avui en dia són totalment vigents. Era qüestió, només, de posar-los en circulació.

La universidad 40 años después

El intenso debate que se ha generado en torno a la apertura de la facultad de Medicina ha dejado bien a las claras el recelo de una parte de la sociedad hacia la UIB. Algunos de estos sectores, en cambio, están encantados de que se viertan ingentes sumas en la educación no universitaria, un sistema que, como atestiguan todos los informes externos uno tras otro, es una auténtica calamidad. Este resquemor hacia la UIB no surge sólo por el coste económico de los nuevos estudios. Hay mar de fondo porque no están claros sus beneficios sociales. Las razones aportadas por el Govern apenas han convencido a nadie, no porque no sean verdad o tengan parte de razón, sino porque a estas alturas, con una ciudadanía harta de la clase política y exhausta de pagar impuestos, la mejor de las intenciones pronunciada con el tono solemne y la voz engolada que le caracteriza suena a pura hipocresía.

No siempre fue así. Después de leer Historia de la universidad en Mallorca (Ed. Lleonard Muntaner, 2015) del catedrático Román Piña Homs, uno se percata de que hace cuarenta años aquella sociedad civil mallorquina próspera, dinámica y liberal sí creía en los valores de la universidad y estaba convencida de que su llegada redundaría en el fomento de la cultura, la educación, la democracia y el despegue económico. Nuestros padres vivían todavía en la edad de la inocencia.

Cuenta Piña Homs que el impulso de la sociedad civil y de las fuerzas económicas fue clave para traer la universidad a la isla, hito que se logró en 1978. Un éxito colectivo de la sociedad civil en la que todos, políticos, empresarios, periodistas y fuerzas sociales, arrimaron el hombro al unísono. La creación del Patronato Económico en 1972 fue fundamental para financiar los pocos estudios universitarios que ya se estaban realizando en Palma y abonar el terreno para que llegara la universidad seis años después. A estos fines no sólo colaborarán con munificencia la Diputación Provincial, el Ayuntamiento de Palma y Sa Nostra con Carlos Blanes a la cabeza, sino muchísimos particulares y empresarios mediante generosas aportaciones voluntarias. Fernando Salas aportará un millón de pesetas de aquel entonces. Doña María Susany, en nombre de su difunto marido Don José Mádico, donará a la futura universidad un solar de diez mil metros cuadrados en la calle General Riera. A cambio, sólo exigirá una placa conmemorativa. El regreso de la universidad no será una «obsesión aislada de políticos con ganas de ponerse medallas», puntualiza Piña Homs, que vivió todo el proceso en primera fila, sino un sueño colectivo, una demanda de una sociedad en desarrollo. El Patronato Económico verá aumentado su presupuesto año tras año para hacer frente a los estudios que ya se ofrecen en Palma a modo de avanzadilla, apenas «dos facultades y media», dependientes de la Universidad de Barcelona y de la Autónoma.

A diferencia de lo que ocurría en Cataluña, cuyas universidades sí estaban bien financiadas por el Ministerio franquista, serán nuestras instituciones -que todavía tenían capacidad para invertir pese a recaudar muchísimo menos que ahora- y la sociedad civil las que correrán con los gastos para el mantenimiento de las cátedras abiertas. Es importante subrayarlo: fue la propia sociedad, con colaboraciones generosas de empresas y corporaciones como ASIMA, de todas las entidades bancarias y de casi un millar de donantes privados, la que se movilizó para traer la Universidad de Palma de Mallorca, denominada UIB pocos años después. Como subraya Piña Homs, pocas veces los mallorquines aunarán sus voluntades en una causa común, «algo insólito y creemos que hasta hoy irrepetible».

Hay dos momentos de la historia de la universidad balear que describe con pelos y señales Piña Homs que a mí me parecen capitales. El regreso de la «Universidad de Palma de Mallorca» en 1978 y, en contraposición, el cierre de la «Universidad luliana de Mallorca» en 1829. Entretanto, un siglo y medio sin universidad cuyas consecuencias habrá que estudiar algún día. La crisis de la Universidad luliana -que también se llamará «literaria»- venía de lejos sin que los vientos de fronda que soplaban por Europa ayudaran a su consolidación, amén de las dificultades económicas habituales que siempre ha sufrido nuestra universidad debido al corto número de estudiantes de la isla. El cerrozajo de 1829 responde a su incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos y a su inmovilismo en aceptar unos nuevos planes de estudios más acordes con los tiempos que corren. Según Piña Homs, nuestra universidad luliana es una de las más conservadoras ideológicamente de España. Estamos en el XIX cuando las ideas de la Ilustración alumbran las primeras democracias liberales, más inclinadas a alentar conocimientos más técnicos y prácticos que los meramente especulativos, propios de las universidades vinculadas a la Iglesia como la luliana. Sólo decir que la Sociedad Económica Mallorquina de Amigos del País, foco del progresismo liberal de entonces, se declarará a favor de su cierre ya que «no adelantan la industria, la agricultura y las artes, únicos elementos de la prosperidad pública».

La opinión de las fuerzas más dinámicas, liberales, abiertas y pujantes de la sociedad mallorquina fue clave en el devenir de nuestra universidad. No movieron un dedo para salvarla en 1829 y se movilizaron como nunca para traerla en 1978. La cuestión es, casi cuarenta años después de la vuelta de la universidad, qué papel -el de 1829 o el de 1978- jugarían ahora estos mismos actores si de ellos dependiera -y no estrictamente de los fondos públicos- el futuro de la UIB. Una pregunta inquietante.

Enésima claudicación. El desnortamiento del PP se ha vuelto a poner de manifiesto con la última claudicación del ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo. El Gobierno ha decidido enterrar una de las medidas estrella de la LOMCE: las evaluaciones externas (3º y 6º de primaria) y las reválidas (4º de ESO y 2º Bachillerato) que debían correr a cargo del Estado. Al final, entre el boicot del Govern y el achantamiento de Méndez de Vigo, la reforma educativa se habrá quedado en agua de borrajas. Una vez más el PP recula después de haber pagado un alto coste político por una medida que era de cajón: permitir a los padres conocer el nivel educativo del centro al que llevan a sus hijos para así poder matricularlos con pleno conocimiento de causa. Sin información, la libertad de elección es un brindis al sol. Además, la publicación de los resultados terminaba con la impunidad de los docentes que se negaban a aceptar cualquier responsabilidad en el fracaso escolar de sus alumnos. Salimos perdiendo todos. El sistema educativo seguirá tan ineficaz como siempre. Y a la par se envía un mensaje demoledor a cualquier político con tentaciones reformistas: la enseñanza pagada con fondos públicos es un coto privado que no admite reforma alguna salvo las que cuenten con la anuencia de los sindicatos y los docentes más politizados que son, como sabemos, los que controlan los resortes de la enseñanza y los máximos responsables del cataclismo. Una tragedia.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 14/5/2016.

El rearme ideológico de la derecha

La derecha sociológica balear está de enhorabuena con el nacimiento del Centro de Estudios Estratégicos de las Islas Baleares (CEEIB), un laboratorio de ideas que pretende analizar la realidad balear desde una óptica liberal. El mayor riesgo que corre este tipo de think tanks es el riesgo a ser instrumentalizados -incluso canibalizados- por el partido. Sería una lástima que así sucediera, máxime en Baleares, donde nos encontramos con un PP ayuno de ideas y que, históricamente, apenas se ha preocupado en reactualizar y profundizar en unos principios, los liberales, que son los responsables de lo mejor que ha ocurrido a la humanidad en los dos últimos siglos. Nunca entendí, cuando era diputado de este partido, cómo una formación cuyos postulados representan lo mejor de Occidente no los defendiera con más energía ni los aplicara con mayor determinación.

El CEEIB debería ocupar este vacío intelectual y esta secular falta de análisis a largo plazo que atenaza a los partidos, superados por el día a día, las luchas cainitas y el cortoplacismo, incapaces de sembrar para luego recoger. La inversión en ideas es fundamental si se quiere ganar una batalla política a largo plazo. Las ideas liberales ya están presentes en una sociedad tan dinámica como la balear y sólo hace falta que alguien las intelectualice y les dé concreción para así prestigiarlas primero y popularizarlas después. El CEEIB debe proporcionar munición a la sociedad y sobre todo a unos políticos que, en la mayoría de casos, desconocen lo mejor del pensamiento liberal. Es una magnífica ocasión para analizar temas de interés autonómico con profundidad como pueda ser el agua, el suelo, el territorio, la energía, la lengua, el peso de la administración, la agricultura o la financiación autonómica desde un enfoque liberal. A cambio, los políticos sólo deben cumplir con un requisito: dejar al CEEIB en paz. Como decía Huerta de Soto, «no hay mejor inversión que una buena idea».

Políticos o juristas. Una de las cosas que más me sorprendió después de asistir a cientos de debates en el Parlament de les Illes Balears fue la adhesión reverencial de los diputados del PP a la ley positiva vigente. Más que políticos, parecían juristas. Recientemente, hemos asistido a una muestra de esta mentalidad que sacraliza la letra impresa del BOE y las sentencias judiciales: militantes y dirigentes del PP han dado finalmente la razón a José Ramón Bauzá en el proyecto del trilingüismo sólo después de recibir el espaldarazo al proyecto de un alto tribunal. Esta mentalidad legalista tiene un lado positivo: la observancia de la ley y del Estado de Derecho, con el ejemplo que ello supone para el ciudadano.

Sin embargo, este apego a la única verdad del BOE y al statu quo legal se convierte en un inconveniente si uno quiere ganar un debate donde hay que convencer al ciudadano. El ciudadano medio no es un jurista pero sí es capaz de entender perfectamente ideas y principios generales si se explican bien. Las leyes son las resultantes finales del previo debate de ideas. Una argumentación basada en que yo tengo razón porque lo dice el artículo tal en el apartado enésimo de la ley X, como si la ley X fuera la última palabra en el tema, puede ser válida para un abogado, un funcionario o un secretario municipal. Es más, es la única válida para un abogado, un funcionario o un secretario municipal porque ellos no están en disposición de promulgar leyes, sólo de cumplirlas. Pero no lo es, en cambio, para los diputados, que tienen la obligación de trascender las leyes y la potestad de cambiarlas si lo consideran necesario.

En efecto, resulta exasperante que el único argumento de algunos sea que la ley actual (o los jueces) dice esto o lo otro, como si la ley en vigor fuera la verdad absoluta que zanjara toda discusión. O como si, por el mero hecho de ser ley, se defendiera ella sola. Por ejemplo, últimamente el PP se ha mostrado partidario de mantener el catalán como mérito porque así lo han decidido los tribunales. Y si los tribunales hubieran dicho lo contrario, ¿qué posición sobre el tema tendría el PP balear? ¿Tiene alguna opinión el PP del tema a parte de lo que digan los tribunales? Esto no es hacer política. La política consiste en defender principios, ideas generales y valores para ganar la batalla de la opinión pública y luego hacer o deshacer las leyes en base a estas ideas ganadoras. Lo primordial es el debate de ideas, no lo que dice la letra de la ley, aquí y ahora. La ley positiva votada por una cámara, igual que una sentencia judicial, debe acatarse, por supuesto, pero no certifica ninguna verdad, simplemente constata un apoyo coyuntural de una mayoría que, naturalmente, puede cambiar cada cuatro años. Mientras las leyes cambian, los principios generales se mantienen vigentes.

Nada que celebrar. No quiero dejar pasar la ocasión para referirme a los festejos que, con motivo de los 30 años de la aprobación de la Ley de Normalización Lingüística, se están celebrando por parte del Govern. Soy de la opinión de que no hay nada que celebrar. Tampoco creo que los sabios de la UIB que acaban de firmar el manifiesto Koiné donde denuncian el alarmante retroceso del catalán y la degradación estructural y cualitativa del idioma (su pérdida de genuinidad al ser sustituido por un catalán ortopédico, inexpresivo, insípido y castellanizado que nos ha llegado de Barcelona con el aplauso de nuestros políticos) tengan motivos de celebración alguna. La otrora directora del AraBalearsCristina Ros, reconocía con amargura esta semana que los sobrehumanos esfuerzos que se habían hecho en inmersión lingüística habían dado unos míseros resultados. Tampoco parece que el número de lectores haya aumentado ni la creación literaria en catalán pase por sus mejores momentos. La editorial Moll cerró, el AraBalears (subvencionado por Cataluña) ya sólo se edita en papel los fines de semana y los últimos premios Ciutat de Palma han puesto de relieve el pobre nivel de producción en esta lengua. Es cierto que hay más personas que leen en catalán, que saben escribirlo (con muchas limitaciones, la figura del «corrector» sigue siendo necesaria), que lo entienden. Mientras tanto, se oye cada vez menos en los centros urbanos.

Los últimos estudios constatan que en los últimos diez años su uso ha disminuido en diez puntos porcentuales. Este proceso de latinización puede encararse de dos modos. O bien, admitimos que nos hemos equivocado y hay que cambiar radicalmente el enfoque de treinta años de políticas lingüísticas basadas en la coacción, la inmersión, la imposición y la falta de identificación de la población con un estándar formal contraintuitivo y demasiado alejado de la lengua viva de la calle. O, como dicen los que viven de la lengua y que, como vemos, más que salvarla, la están matando («la maté porque era mía»), la solución pasa por dar otra vuelta de tuerca más y redoblar los esfuerzos en la misma dirección que nos ha llevado, tras treinta años, a estos resultados.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 30/4/2016.

El manifiesto Koiné

A mí me hacen gracia algunos cuando quieren aparentar una imagen de normalidad y naturalidad en todo lo que afecta al catalán. Cualquiera diría que, históricamente, el movimiento catalanista ha sido una balsa de aceite. No más lejos de la realidad por poco que uno se asome a la historia de la lengua catalana, plagada de odios africanos y disputas inverosímiles. En el reciente ensayo “Sa Norma Sagrada” que he firmado con Juan Antonio Horrach damos cuenta de ello. La lengua catalana ha sido y es una fuente inagotable de conflictos, una “Verinosa llengua”, como titularon Xavier Pericay y Ferran Toutain un libro que marcó época.

Hace apenas tres semanas doscientos ochenta filólogos y estudiosos de la lengua lanzaron un manifiesto titulado “Per un veritable procés de normalització lingüística a la Catalunya independent”, conocido como manifiesto Koiné por llamarse así el grupo impulsor. Pues bien, este manifiesto ha provocado una auténtica convulsión en Cataluña y una honda división en las filas del catalanismo. Por cierto, algunos de nuestros sabios de la UIB (Bibiloni, Corbera, Melià, Rosselló Bover, Dols, Miralles) aparecen como firmantes. De los cinco “Premis d’Honor de les lletres catalanes” que firman el manifiesto, tres son mallorquines (Massot i Muntaner, Maria Antònia Oliver i Cabrer, Joan Veny i Clar). Una representación isleña nada despreciable.

Como el ejército del catalanismo no está formado por soldados, tenientes y coroneles, sino por maestros de escuela, curas, periodistas, escritores y sobre todo filólogos, cabría pensar que un manifiesto encabezado por los sacerdotes de la lengua contaría con el aplauso entusiasta y unánime de todo el catalanismo. Ha sido todo lo contrario. La Vanguardia ha tachado el manifiesto de “lamentable”, Lluís Rabell (Catalunya Sí que es pot) lo ha tachado de “racista” y “fundamentalista cultural”, ERC y Junts Pel Sí lo han censurado y han subrayado que Cataluña es bilingüe, ICV lo ha calificado de “error táctico” por dividir el movimiento separatista.

El manifiesto. El contenido del manifiesto no es nada original y viene a repetir las consignas repetidas hasta la saciedad por parte de la sociolingüística comprometida con el nacionalismo. En primer lugar, “constatan” que el catalán es la lengua propia, histórica, “endógena” y territorial de Cataluña, Valencia y Baleares. Pese a ello, no estaría en una situación “normal” en “su territorio” al estar amenazada por el castellano, situación a la que se ha llegado gracias a la “bilingüización forzosa de la población”. Llegan tan lejos que aseguran que Franco llegó a utilizar a los castellanohablantes como “instrumento involuntario de colonización lingüística”. La llegada de la democracia y la autonomía apenas habrían logrado revertir esta situación de “imposición politicojurídica del castellano”. El catalán sigue siendo una lengua subordinada a la castellana y está en proceso de sustitución. Constatan que ni siquiera el catalán es la lengua predominante entre las generaciones de la “inmersión lingüística”, sobre todo en las zonas más pobladas como Barcelona. Simultáneamente, la degradación cualitativa, estructural, de la lengua no ha dejado de aumentar “en la senda de convertirse en un dialecto del castellano” (sic).

Los firmantes denuncian la ideología política del llamado “bilingüismo” que, inoculado desde arriba, ha hecho creer que la coexistencia de dos lenguas era algo “natural, positivo, enriquecedor y democrático”. “En realidad −afirman−, esta ideología bilingüista no es más que una forma de encubrir y legitimar la subordinación de una lengua a la otra y el consiguiente proceso de sustitución lingüística”. Finalmente, critican a los políticos que proponen mantener el estatus lingüístico actual en una futura República Catalana y les piden: “a) la restitución al catalán del estatus de lengua territorial de Cataluña (..), b) la reversión de la práctica de la subordinación sistemática y generalizada del uso del catalán al uso del castellano y c) la recuperación progresiva de la genuinidad de la lengua”.

La normalización, un fracaso. No recuerdo haber leído ninguna constatación más manifiesta –nunca mejor dicho– del fracaso de la normalización lingüística. «Normalización» es el término que se utilizó por estos lares para no hablar de «planificación lingüística», de connotaciones sovietizantes. Algo habíamos olisqueado del fracaso normalizador cuando Joan Melià, firmante del manifiesto Koiné, informó hace unos meses de la dramática caída del uso del catalán en las Islas, con un bajón de 10 puntos porcentuales en apenas diez años. Un fiasco que entonces el catalanismo no quiso reconocer. Tampoco recuerdo haber leído ninguna constatación más manifiesta de la degradación cualitativa y estructural de la lengua, su falta de “genuinidad” (“genuino” significa “puro, originario”). Y lo dicen personajes como Melià que, en una entrevista en Canal 4, se burló de los que nos preocupábamos de la “lengua de los abuelos” en vez de hacerlo por la de los “nietos”, educados en un catalán nada genuino calcado al barcelonés y al castellano.

Por supuesto, la constatación del fiasco de la normalización –ni se ha conservado el patrimonio lingüístico de Baleares ni se habla ahora más catalán que en los ochenta– no les lleva a preguntarse si en algo pueden haberse equivocado. Todo lo contrario. Según ellos, el problema habría sido que los gobiernos habrían sido demasiado tibios con los castellanohablantes, a los que deberían haber obligado a utilizar el catalán a la fuerza, no sólo a aprenderlo. Como irredentos dirigistas que son, ésta es su receta. Si no querías taza, taza y media. Si no querías inmersión, doble ración.

Vuelve la Cataluña eterna. Como he adelantado, el manifiesto ha sido calificado de “error táctico” o rechazado abiertamente por la prensa y la clase política catalanas. ¿Por qué? ¿Acaso a alguien le puede sorprender a estas alturas el fascismo lingüístico de nuestros filólogos? El diputado del PP catalán, Fernando Sánchez Costa, ha ofrecido una interpretación convincente que explicaría este curioso rechazo de políticos y periodistas al manifiesto Koiné. El independentismo habría superado su condición de minoría social en Cataluña y lo habría logrado pagando un precio: olvidar la matriz intelectual que siempre lo había sostenido, la salud de la lengua. Para ampliar su base social, el independentismo se habría ido despojando del esencialismo originario basado en la lengua, la historia y el territorio para abrazar el discurso más pragmático de los recortes y el “Madrid ens roba”. Un ejercicio de travestismo que habría atraído a muchos no nacionalistas castellanohablantes al carro del Procés al creerse que les esperaba un país mejor.  La dureza del discurso identitario de los independentistas de toda la vida −que explicaría la irrelevancia de ERC hasta hace diez años− habría dado paso al “procés inclusiu”, a la “revolució dels somriures”, a la desnacionalización del Procés. En síntesis, habríamos pasado de Heribert Barrera a Rufián. Entretanto, habría crecido el descontento entre los filólogos que, después de creerse durante decenios el centro de la nación catalana, se preguntaban de qué serviría la soñada independencia si Cataluña tenía que acabar como Irlanda donde todo el mundo habla inglés. Los filólogos, el verdadero “núcleo irradiador” del independentismo pata negra, se habrían sentido despreciados, no habrían podido aguantar más y habrían estallado. La farsa del Procés habría llegado demasiado lejos. Ya no contaban con ellos como de costumbre. Y han dado un golpe en la mesa con su manifiesto, reclamando su derecho a volver a ser el centro de la nación. Su verdadero sentido. Ya saben, una lengua, una nación, un estado. Por algo ellos han sido independentistas toda la vida y no sólo de última generación. Un respeto.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 23/4/2016

La Europa de Hitler

Ha sentado muy mal en MÉS la conexión de Miquel Enseñatcon la extrema derecha alemana aventada por nuestro periódico. Muy mal. Si una cosa les pone a mil es que les comparen con el fascismo. Para ellos, que siempre han jugado a antifascistas, que se las dan de progresistas, cualquier comparación de esta índole les parece un insulto de grueso calibre y una grosera difamación. Ya se sabe, los fascistas siempre son el PP o C’s pero ¿ellos?, ¿ellos fascistas? ¡Ni hablar!

Sin embargo, se pongan como se pongan, nadie medianamente cultivado puede negar la conexión ideológica que existe entre el catalanismo y la extrema derecha europea. No es causalidad que ésta última sea la única que avale a día de hoy el derecho de autodeterminación de los pueblos, razón por la cual fue invitada al simposio que organizó la UIB y recibida en audiencia por el educador social de Esporles. La exaltación de los valores étnicos, culturales y lingüísticos es el correlato del odio al foráneo y del derecho a la autodeterminación –el derecho a convertir una nación “étnica” en un estado, derecho que no está reconocido en el concierto internacional–, rasgos todos ellos propios del nacionalismo étnico que comparten tanto el catalanismo como la extrema derecha.

El concepto de nación “étnica” –basada en una lengua– que defienden MÉS, ERC, Bildu o el PNV es opuesto al concepto de nación de ciudadanos libres e iguales que defiende el PP, C’s o cualquier liberal o socialdemócrata. Sin embargo, los nacionalistas han logrado embarrar la arena pública identificando a sus adversarios también como “nacionalistas”, sólo que la nación de éstos (España) sería diferente de la suya (Gran Cataluña, Euskal Herria). Para los nacionalistas, ahora todos somos “nacionalistas”. “−No somos peores que vosotros. Respetadnos”, nos advierten. Gracias a este sofisma preventivo y a su dudosa legitimidad antifranquista, los nacionalistas han logrado hacerse pasar por demócratas, imponer su marco conceptual en el tablero político y simplificar el debate a un Barça-Madrid, a una Cataluña oprimida frente a una España opresora. Mera propaganda para aldeanos y mentes obtusas.

Simplifican y ocultan. Las supuestas víctimas oprimidas por un enemigo exterior (Madrid) se convierten demasiado a menudo en tiranos opresores de la disidencia interna. De cara al exterior exigen “pluralismo” para aplastar cualquier atisbo de él en su interior. En términos democráticos, lo relevante no es el nombre de la nación que se defiende (que puede ser una nación ya constituida como Francia o una todavía por hacerse como la Gran Cataluña) sino si es de tipo “étnico” –donde lo holístico y grupal domina lo individual– o de ciudadanos libres e iguales con el individuo como único sujeto de derecho. El dilema importante radica en si se defiende una nación basada en valores universales e integradores como los que fraguaron la Revolución Francesa o en valores excluyentes y étnicos como los que forjaron la Europa de Hitler. Esta es la verdadera cuestión. La historia está llena de nacionalistas (Macià o Sabino Arana, sin ir más lejos) que primero amaron a España con el mismo fervor con el que después la combatieron. Nunca dejaron de ser racistas, al margen de la nación momentánea de sus sueños.

En efecto, si uno observa el mapa de la Europa de Hitler, compuesto, ¡claro!, por nacionalidades “étnicas” como resultado de aplicar el principio de “una lengua, una nación, un estado”, observará que es muy parecido al mapa de esa “Europa de los pueblos” que defiende el CIEMEN, el ‘Centre Internacional Escarré per a les Minories Ètniques i Nacions’, organismo al que tienen costumbre de adherirse nuestros catalanistas. Se trata de la misma Europa no por casualidad sino porque Enseñat, al igual que Hitler, cree en el mismo principio conformador de identidades nacionales: la “etnia”, antes llamada “raza” y, desde que el término quedara desacreditado tras el Holocausto, “cultura” asociada a una lengua. Alguien objetará que todas las naciones se han configurado en torno a una lengua. Eso es falso y fruto del éxito de la propaganda nacionalista. Cierto que Italia y Alemania, dos naciones relativamente jóvenes, se fraguaron bajo esta premisa –la lengua nacional– pero la inmensa mayoría de estados existentes en el mundo han nacido al calor de otros principios fundadores ajenos a la lengua. En general, las lenguas no han sido los fundamentos primordiales de la cultura nacional ni la matriz de la mentalidad nacional. Nos lo dice Hobsbawm, uno de los mayores expertos del fenómeno nacionalista. De ahí que la inmensa mayoría de estados alberguen en su seno varias lenguas. Colombia, por poner un ejemplo de un estado que la mayoría de ustedes probablemente creerán monolingüe, cuenta con más de 60 lenguas. De hecho, los estados monolingües son excepcionales y a menudo fruto de limpiezas étnicas. Por eso, el concepto de “lengua nacional” que algunos de nuestros filólogos de la UIB utilizan como si fuera de una lógica aplastante es un sintagma voluntarista, falaz y sin el menor recorrido académico.

El catalanismo local al desnudo. Nome gusta la literatura nacionalista. Es aburrida, depresiva y circular. Como decía Aracil, uno puede abstenerse de leerla porque ya sabe de antemano lo que van a decir. De ahí el mérito de Juan Antonio Horrachpor haberse sumergido en las revistas “Lluc” (1976-2011) y “El Mirall” (1987-2013), órganos oficiales del catalanismo en Baleares. El propósito era conocer de primera mano qué han dicho las cabezas pensantes del catalanismo local sobre las modalidades insulares reconocidas –a su pesar– en el Estatuto de Autonomía. Contra todo pronóstico, Horrach ha sobrevivido al trance y de esta cruel inmersión ha surgido “Sa norma sagrada. Un viatge a ses fonts amagades des catalanisme de ses Balears”  (Ed. Fundació Jaume III, 2016), ensayo que ya está en las librerías.

El resultado de la investigación ha sido deslumbrante. Como “Lluc” y “El Mirall” son revistas minoritarias y de consumo interno donde nuestros filólogos se han estado explayando con naturalidad y sin las debidas reservas a las que siempre obliga dirigirse a la opinión pública, el catalanismo local ha quedado al desnudo. Ha aflorado toda una ideología subyacente que se presuponía pero que, por razones obvias, no terminaba de aflorar a la luz pública con la intensidad que siempre ofrece este aire de familia de hablar sólo para los tuyos. Esta ideología no es otra que el “nacionalismo étnico” del que hablaba antes y la utilización del estándar normativo como un instrumento puesto al servicio de la uniformización lingüística y cultural de la nación étnica catalana y, en consecuencia, al servicio de la destrucción de la democracia y de la nación española de ciudadanos libres e iguales. Lo intuíamos pero faltaba demostrarlo.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 2/4/2016.

El pequeño país de Armengol

Quién le iba a decir a Francina Armengol durante el debate de investidura del pasado 30 de junio de 2015 en el que se proclamó presidenta de Baleares que finalmente su partido acabaría pactando con Ciudadanos para tratar de investir aPedro Sánchez como presidente de España. Todavía algunos recordamos la cara de pasmo que se dibujó en el rostro de Armengol cuando Xavier Pericay le recriminó haber elegido como compañeros de viaje a los dos socios más extremistas del arco parlamentario, Més y Podemos, los que llevan en su ADN la destrucción del régimen constitucional y la nación española. ¿Ella, que desde los quince años está convencida de habitar en el lado bueno de la humanidad, aliarse con un partido tan “de derechas” como C’s? Nunca. Sin embargo, lejos de espetarle lo que pensaba, prefirió excusarse diciendo que un pacto con C’s no era posible porque sería un fraude a los votantes socialistas que habían pedido “cambio”. Un “cambio progresista y de izquierdas” para el que no contaba para nada con C’s, una formación a la que algunos círculos periodísticos afines al Govern han venido tachando de “marca blanca” del PP y situándola ideológicamente más a su derecha, aplicándole, como a los populares, el debido cordón sanitario, la penitencia merecida para todo aquel que no comulga con las ruedas de molino del nacionalismo que, como saben, es la religión universal que separa a los buenos (Amadeu Corbera) y a los malos (Aina Aguiló) en Baleares.

Por eso, el acuerdo de Sánchez y Rivera le habrá sabido a la nomenclatura del PSIB a cuerno quemado. Y más todavía el hecho de que la militancia del PSIB haya votado a favor de un acuerdo que ni en la peor de las pesadillas Armengol hubiera imaginado apenas unas semanas atrás. Los socialistas de Baleares han sido prácticamente los únicos en toda España que abogaban por un pacto con Podemos y los separatistas. Armengol quería para Sánchez un pacto a la balear, lo que indica hasta cierto punto la anomalía que representa la inquera en el seno del PSOE. ¿Se siente realmente cómoda Armengol en el PSOE? Nosotros, desde luego, no: su incomodidad es el castigo que debemos pagar los baleares por tener a nacionalistas irredentos como ella o a podemitas “avant la lettre” como Silvia Cano al frente del PSIB. De ahí su inmensa decepción con Sánchez. Al portavoz del Govern, Marc Pons, le ha faltado tiempo para asegurar que la supresión de las diputaciones provinciales que habrían acordado Sánchez y Rivera en comandita no iba con Baleares. Nosotros tenemos “consejos insulares”, no “diputaciones” −aunque la diferencia sea puramente nominal ya que derivan de ellas y son su equivalente−, ha venido a decir Pons, en su día presidente del Consell de Menorca.

Es la segunda vez que los socialistas proponen eliminar las diputaciones. Cuando Rubalcaba lo propuso por primera vez, incomprensiblemente el PP, la formación que estaba llamada a realizar la proeza de reducir la industria política con sus EREs de enchufados y paniaguados, lo rechazó. Mariano Rajoy perdió una magnífica oportunidad ante su electorado más liberal. Ahora, el PP balear va a perder otra magnífica oportunidad si no se postula a favor de suprimir el Consell de Mallorca. Sería una forma de ganar crédito entre sus votantes más informados. Al menos esta parte del partido que se llama liberal y que acaba de poner en marcha el Centro de Estudios Estratégicos de las Islas Baleares (http://www.centroestudiosestrategicos.org) con el objetivo de rearmar el PP balear desde unos principios liberales y reformistas. Leo el último –y magnífico– artículo que ha publicado en mallorcadiario.com Juan Domínguez, uno de sus impulsores, y entre sus propuestas para reactivar la economía, afirma: “Reducción del nivel de gasto endógeno.- Modernización de la administración pública y su funcionamiento interno; Prestación, únicamente, de servicios públicos esenciales; Reestructuración del marco normativo para que éste sea atractivo para la inversión bajo las premisas de que sea mínimo, claro y duradero, con el objeto de generar seguridad jurídica; Supresión de duplicidades administrativas”. Y me pregunto todavía por qué el Centro de Estudios Estratégicos de las Islas Baleares no se ha posicionado en el debate a favor de eliminar el lastre que supone el Consell de Mallorca. Sencillamente se trata de llevar a la práctica los principios que defienden. Nada más.

No hay otra institución más inútil que el Consell. Dependiente financieramente de la comunidad autónoma, la institución insular no cumple ni siquiera con las poquitas obligaciones que le tenemos encomendadas. Mientras Miquel Enseñat sigue “repensándose” el papel de la institución que preside, el Consell ya ha aplazado las obras de la autopista de Campos y acaba de posponer las del Segundo Cinturón. Ya hemos visto cómo ha funcionado hasta ahora la Agencia de Disciplina Urbanística, un departamento que en su día fue saludado a bombo y platillo como la panacea que debía poner coto a los desmanes urbanísticos ante los que nuestros alcaldes miraban para otro lado por miedo a perder electores. Ni siquiera los flamígeros de Més denunciaban a nadie a menos que el infractor fuera un adversario político directo, como ha ocurrido estas últimas semanas en Petra.

Una institución que debe “repensarse” a sí misma en palabras de su presidente, que recurre a los sabios universitarios para decidir cuál es la fecha más indicada para la Diada de Mallorca y que, en su campaña “Repensem Mallorca”, no está en condiciones de ofrecer a los alcaldes nada más que su apoyo “subsidiario” –lo único útil, todo sea dicho, que puede hacer–, es una institución que debe ser desmantelada cuanto antes y dejar de ser un lastre gravoso y ominoso para los ciudadanos. Tan preocupados andan sus mandamases por encontrar un sentido al Consell que no han tenido otra ocurrencia que, a espaldas del Govern, marcharse a Quios (Grecia) para tocar –como Santo Tomás– la herida de los refugiados por la que sangra Europa y sensibilizar al resto de los mortales de que algo hay que hacer. El Consell, una institución local en última instancia, aspira a superar a la Generalitat de Cataluña en sus ridículas cuitas de política exterior.

Y sin embargo, en flagrante contradicción con el espíritu reformista de Pedro Sánchez, Armengol está dispuesta a resucitar al moribundo traspasándole las competencias de promoción turística, juventud y ordenación territorial. Suponemos que en señal de gratitud por la maravilla de Plan Territorial de Mallorca que en su día pergeñaron MunarNadal y Vicens –tremenda la foto de estos días con toda la cúpula de UM sentada en el banquillo– y que ha resultado un foco de corrupción y de inseguridad jurídica al por mayor. Como ha dicho la presidenta Armengol, con la solemnidad y cursilería que caracteriza a los que desde su adolescencia se han habituado a la lengua de madera babosa e insufrible que nunca deja de brotar de los labios de los nacionalistas, “juntes [ses illes] som més fortes i juntes formam un petit país que té molta més veu i ens fa més forts per afrontar els reptes de futur”. Ya ven, retórica y de la mala.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 5/3/2016.

Sólo unos rebeldes de salón

No es ninguna novedad consignar que el catalanismo tiende al ditirambo cuando se trata de glosar las excelsas virtudes de sus líderes. Un periodista ha denominado a la difunta presidenta de Ómnium Cultural, Muriel Casals, la Rosa Parks del Procés catalán, en alusión a la activista negra que desafió la segregación de los Estados Unidos desde el asiento de un autobús. Este tipo de comparaciones (con Martin Luther King o Nelson Mandela, sin ir más lejos) son habituales entre el separatismo. Se trata de la enésima prueba que demuestra el desfonde intelectual –y moral, claro– de los dos movimientos antidemocráticos que triunfan en la España actual: el nacionalismo y el populismo de izquierdas.

Ambos movimientos beben de la aspiración contracultural de abolir –no reformar– las normas sociales, consideradas como intrínsecamente coactivas y malas. Este espíritu anarquista propio de la contracultura es lo que lleva a nacionalistas y populistas a incumplir la ley y abolir las normas sociales que no se pliegan a sus deseos o conveniencias. Hace una década los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter denunciaban (“Rebelarse vende”, Ed. Taurus) que la contracultura había sustituido al socialismo como base del pensamiento político radical. Aunque la rebelión contracultural apenas había logrado avances políticos, sí había logrado poner en jaque las convenciones sociales. En su afán por enterrarlas, la contracultura había hecho todo lo posible por borrar la distinción entre “disensión” y “desviación”. Se “desvía” quien se salta las normas para obtener un beneficio personal. “Disiente” aquél que no está de acuerdo con alguna norma caduca o injusta y lucha por cambiarla. ¿Qué tiene que ver Martin Luther King con las bandas de moteros Harley-Davison, los consumidores de cocaína o los okupas? En su famosa carta desde la cárcel de Birmingham (1968) donde cumplía condena por haber participado en una manifestación proderechos civiles en Alabama, Luther King aludía a la disyuntiva entre “disensión” y “desviación”: “Jamás he sido partidario de atentar contra la ley o eludirla como harían los secesionistas fanáticos. Eso nos llevaría  a la anarquía. Quien desobedece una ley debe hacerlo abiertamente, amorosamente […] y estando dispuesto a aceptar el castigo. Sostengo que el individuo que infringe una ley por creerla necesariamente injusta y acepta voluntariamente el castigo quedándose en la cárcel para agitar la conciencia de la comunidad en cuanto a su injusticia, está de hecho expresando un enorme respeto a la ley”.

King era un disidente, no un rebelde de salón como la asaltacapillas Rita Maestre (“arderéis como en el 36”) que ha sido noticia estos días. Mientras King sí reconoce los hechos por los que le juzgan y acepta la pena que se le impone, la concejal de Podemos de Madrid ha tratado de escaquearse como ha podido: primero pide perdón al arzobispo, luego niega los hechos y encima se amilana (“no lo volvería a hacer”), aunque sea éste el único mérito que le adorne como concejal de Madrid. Un comportamiento impropio de un revolucionario de verdad y muy propio de una vulgar pequeñoburguesa. Sin embargo, una muchedumbre de españoles confunde los comportamientos de King y Rita Maestre hasta el punto de pensar que las gamberradas de la segunda están al mismo nivel cívico que la lucha contra el racismo del primero. Al margen de que asaltar capillas, perpetrar un escrache o enfrentarse a la Guardia Civil nada tiene que ver con ningún movimiento por los derechos civiles sino más bien con todo lo contrario –negarlos a los demás, subrogándose “derechos especiales” para sí mismos–, la distancia que separa a King y Maestre es abismal. Si bien ambos parten del desacuerdo con la legalidad vigente, el primero acepta la ley y sus consecuencias. Maestre no: trata de burlarla negando los hechos. En los últimos tiempos Baleares ha asistido estupefacta a un sinfín de comportamientos idénticos al de Maestre, lo que nos hace pensar en un perfil más general del revolucionario español de nuestros días.

El “periodista” Marcel Pich, condenado a ocho meses de prisión y al pago de una multa de 250 euros por agredir a la Policía Nacional, negó los hechos por los que fue denunciado y condenado. La sindicalista Katiana Vicens, condenada al pago de 3.960 euros por coaccionar durante un piquete a un chófer de autobús que estaba en servicios mínimos, aseguró que “no coaccionó a nadie ni rompió ninguna luna”. El concejal de Esquerra Oberta de Calvià, Rafael Sedano, juzgado hace unos años por llamar “fascista”, “nazi” y “terrorista” a Jorge Campos, amén de realizar gestos amenazantes como dispararle o cortarle el cuello, lo negó todo ante el juez. Cinco de sus compañeros fueron condenados a multas entre 20 y 40 euros. El musicólogo Amadeu Corbera, encausado por resistencia grave a la autoridad, negó los hechos por los que fue detenido en Bunyola en una visita a la localidad de José Ramón Bauzá. Su intención, aseguró, era “recibir pacíficamente a Bauzá”. Aligi Molina, concejal de Som Palma, ha estado negándose a pagar la multa de 720 euros a la que fue sancionado por asaltar el despacho del conseller de Educación del PP. La actitud de todos ellos es idéntica a la hora de burlar o eludir la ley. Primero niegan los hechos, luego no acatan las sentencias y entretanto se presentan como víctimas de un “montaje policial y judicial” que avalaría la acción “represiva” contra sus ideologías y movimientos. En su opinión, el juicio al que se enfrentan es “político”, no porque los hechos que se juzgan sean inexcusablemente políticos –se juzgan actos de violencia política, claro–, sino porque el Estado de Derecho sólo perseguiría criminalizar su ideología, como si la función de nuestros jueces fuera juzgar opiniones y no hechos.

La ideología política en la que se cubren estos rebeldes de pacotilla sólo les sirve de coartada para legitimar sus gamberradas. Se desprenden de ella en cuanto se sientan en el banquillo puesto que un mínimo de valentía y coherencia ideológica les obligaría a explicar ante el juez el significado y el motivo político de sus actos transgresores. Eso, inevitablemente, significaría reconocer los hechos cometidos y apechugar con las penas correspondientes. Esto, al menos, es lo que antes adornaba a los revolucionarios de verdad. Aparte de los manidos Nelson Mandela o Luther King, imagínense a los mártires cristianos que consentían morir antes que renegar de su fe cristiana. O a estalinistas como Georgy Dimitrov, jefe de la Internacional Comunista. O a tantos mártires que han dado la vida por una causa.

En cambio, nuestros revolucionarios de coste cero no quieren correr ningún riesgo, ni siquiera abonar una miserable multa. Nos quieren hacer creer que son injustamente tratados por razones ideológicas y luego no dudan en desprenderse de esta misma ideología al negar los actos que se derivan de la misma. La actitud en el banquillo pone a cada uno en su sitio. A diferencia de los revolucionarios de verdad, que sí son respetados porque son consecuentes con sus actos, agitan la conciencia de su comunidad y ofrecen un sentido político a sus actos inexcusablemente políticos, los rebeldes de salón sólo transgreden la ley si están convencidos de su impunidad. Tiran la piedra y esconden la mano. Esta es la diferencia abismal que hace que Mandela y Luther King sean unos referentes morales mundiales y que los Maestre, Sedano, Corbera, Vicens, Molina o Pich alcancen sólo la estatura de unos gamberros farsantes.
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Publicat a EL MUNDO·El Día de Baleares, es 27/2/2016.

Pretensions cientifistes

S’ALTRE dia de pagès vaig llegir un article de Joan F. López Casasnovas (Independentistes lingüísticsDiari MENORCA, 29/01/2016) en què, amb sa superioritat intel·lectual habitual des catalanisme, feia befa de sa tesi que “el català, el valencia o el mallorquí” serien “llengües emparentades però independents entre si”. I per ridiculisar aquesta tesi acudia a sa ciència i a s’argument d’autoritat d’eminents filòlegs romànics com Bernhard SchädelWalther von WartburgMenéndez PidalMoll Antoni Badia Margarit, entre d’altres. Casasnovas, exdiputat des PSM, assegurava que sa filologia és una “disciplina científica” i venia a dir que és de frívols i malvats discutir es veredicte des savis.

Casasnovas fa ús de dos arguments que han fet fortuna: fer passar sa filologia com una ciència i, en conseqüència, considerar qualsevol crítica a sa Norma (estàndar, registres, models), a sa denominació de sa llengua o a s’història oficial de sa llengua com a “anticientífica”. S’apel·lació a sa ciència fa, avui en dia, es mateix paper que feia lo sagrat segles enrera: no hi ha cap discurs àvid de llegitimitat que no cerqui fer-se passar per científic.

Hi ha una altra idea que, implícitament, sobrevolava es discurs de Casasnovas: sa llengua catalana seria una realitat natural, eterna, immutable, mítica, quasi diríem que ahistòrica que se remunta a sa nit des temps. Aquesta idea fa pensar que tot es debat entorn s’unitat de sa llengua se resoldria definitivament si poguéssim conèixer a bastament lo que va passar el 1229, any en què el Rei en Jaume va conquistar Mallorca. Aquesta idea la comparteixen tant es catalanistes unionistes com es balearistes secessionistes: tota sa discussió se centraria en sebre què va passar el 1229. Naturalment, uns pensen que sa llengua catalana se va transplantar a Balears i ets altres ho neguen diguent que s’idioma des conquistadors se va mesclar amb ses llengües mossàrabs que ja se parlaven a Balears, donant lloc a un mestall que va produir es mallorquí que xerram. Per això, uns i altres tenen depositades totes ses seves esperances en es fets de sa conquista de 1229 i se’n despreocupen des vuit segles que han passat de llavors ençà. Gran error.

De tractats de romanística n’hi ha biblioteques plenes, no en parlem ja de dedicats a sa llengua catalana, una llengua que, a una època no gens llunyana (ben avançat es segle XIX), encara molts de romanistes confonien amb so llemosí, com ha explicat a La il·lusió occitana August Rafanell, professor d’història de sa llengua -i també savi- de s’Universitat de Girona. Ses coses no devien estar gens clares quan observam ets esforços formidables des filòlegs catalans per desfer aquesta “confusió”. En Fabra i quinze intel·lectuals més de Catalunya publicaren, ¡l’any 1934!, es manifest de caire filològic més llegit de tota s’història de Catalunya i perifèria, ses Desviacions en els conceptes de llengua i pàtria, un manifest que tenia com a objectiu frenar de cop en sec sa torrentada occitanista que anava agafant força a Catalunya. Ets occitanistes lluitaven per unificar sa normativa catalana i s’occitana perquè partien de sa premissa que es català era un dialecte de s’occità. Segons ets investigadors Lamuela i Murgades, es fabristes guanyaren sa batalla ideològica invocant falsament sa “raó científica”.

Pensar que sa filologia és una ciència pura separada de sa política, tal com defensa tàcitament Casasnovas, és un exercici de voluntarisme. No ha estat mai així. Ho admet sense manies Gabriel Bibiloni, filòleg de sa UIB: “Al cap i a la fi, la compactació i la descompactació lingüístiques en un espai geogràfic determinat no existeixen perquè sí, sinó que també són resultat d’uns fets politicosocials”. Dit d’una altra manera, ses llengües modernes (com es català) són conceptesculturals i artificials, són productes de s’història, no són realitats eternes i naturals. De sa mateixa manera que ses coses han anat com han anat, haguessin pogut anar d’una altra manera si ses circumstàncies culturals i polítiques haguessin estat unes altres. Ses llengües modernes -modernes en es sentit de tardanes en sa seva normativisació, fixació i estandarisació, com ho és sa llengua catalana- responen a una voluntat cultural i política, una voluntat que Catalunya sí va tenir i Balears no. I clar, n’hem pagat ses conseqüències. Tornant a Bibiloni, “qualsevol varietat [mallorquí, menorquí, valencià, català…] pot constituir-se en llengua si té una societat que vol -i pot- fer que sigui així”. Més clar, aigua. D’exemples de com s’han configurat ses llengües modernes de cultura en tenim a balquena. S’italià modern està basat en es dialecte toscà, es grec modern en s’àtic, s’alemany modern en es Hochsprache dets actors de teatre i es català literari de Fabra, clar, en es català de ses comarques centrals de Catalunya. I sempre, alerta, amb s’Estat -o ses seves estructures d’Estat homònimes, com sa Diputació de Barcelona o sa Mancomunitat de Catalunya- com a impulsor i responsable.

I si sa separació de filologia i política és impossible quan parlam de definir amb precisió ses fronteres lingüístiques entre llengües veïnades geogràficament, ¿què podem dir de sa decisió de denominar-les d’una determinada manera? ¿És ciència o és política? ¿És ciència o és política decidir si s’article baleàric s’ha d’emprar o no a IB3? ¿És ciència o és política aprovar unes Normes Ortogràfiques (1913) que Enric Prat de la Riba, primer president de sa Mancomunitat de Catalunya, va batiar de “nacionals” per defensar-les des seus múltiples adversaris antinormistes? ¿És sa “nacionalitat” un criteri científic?

El senyor Casasnovas hauria d’esser una mica més humil. Si avui escrivim com escrivim, si sa llengua pròpia de ses Balears és es català com resa es nostro Estatut d’Autonomia, si s’ha imposat en ets àmbits formals i oficials un estàndar de rel continental poc respectuós amb sa nostra manera de xerrar, no és perquè un rei cristià conquistàs Mallorca el 1229. No fa falta anar-se’n tan enrera ni anar a cercar na Bet per sa cuina. Va esser molt més decisiu, per posar-ne només un exemple, sa composició de sa Comissió d’Experts que sobre sa qüestió lingüística va posar en marxa Jeroni Albertí quan va esser cap des Consell General Interinsular, sa primera institució d’autogovern de Balears de s’actual democràcia. ¿Quins eren aquests membres que, cinc anys abans que s’aprovàs s’Estatut d’Autonomia de 1983 que va sancionar es català com sa llengua de Balears, varen esser designats per assessorar es polítics d’UCD en qüestions lingüístiques i que, naturalment, marcaren ses pautes a seguir de s’història lingüística més recent des nostro arxipèlag? Ets elegits varen esser Aina Moll, s’eivissenc Bernat Joan (ERC), Josep Lluís Carod-Rovira (ERC) i Miquel Pueyo (polític d’ERC que arribà a esser Secretari General de Política Lingüística a la Generalitat de Catalunya). Això sí que explica moltes coses, moltes més que sa discutible repoblació catalana de Mallorca.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, es 5/2/2016.

Impostura: premi Ciutat de Palma 2016

Cuentan los que sufrieron en sus carnes la agonía del comunismo que uno de los rasgos más sobresalientes del régimen residía en su impostura. Ninguno de los grandes principios que habían enarbolado los padres de la Revolución de 1917 había resistido el paso del tiempo. Es cierto que hasta la caída estos nobles ideales todavía figuraban en el frontispicio de la propaganda oficial como pretexto para la fanfarria interna y justificación del régimen en el exterior, pero habían sufrido tal desnaturalización, se habían vuelto tan irreconocibles que nadie ya creía en ellos. Las palabras claves de los estertores del comunismo eran mentira y farsa. El mundo oficial con sus soflamas grandilocuentes poco tenía que ver con el pulso de la calle y el soplo vital de la realidad. Sin embargo, todos, oligarcas y súbditos, jugaban a engañarse mutuamente. Todos se habían acostumbrado a vivir en la mentira. El régimen que un día había levantado las banderas de la dignidad, la justicia, la honradez y la verdad era el más indigno, el más injusto, el más cínico, el más incoherente, el más corrupto de todos. Por eso el imperialismo comunista se derruyó solo, como un castillo de naipes. Nadie lo defendió porque era un cuerpo moribundo que entrañaba una gran impostura.

 

Esta digresión viene a colación de lo ocurrido en los últimos premios Ciutat de Palma 2016 que, como ya saben, han experimentado la ya clásica “vuelta a la normalidad”, una “normalidad” que ha consistido en la exclusión del castellano del certamen. Marcos Torío y Ramón Aguiló han dado cuenta de ello con su lucidez habitual. Por mi parte, yo resumiría los premios en una palabra: impostura. O farsa, si prefieren. Una muestra más de la impostura en la que habita el catalanismo de nuestras islas.

Tras cuatro años de privaciones y de boicot, uno esperaba de la OCB y de los reivindicativos escritores de la AELC refugiados en Can Alcover una explosión de creatividad literaria, una inundación de obras y de genio. Todos pensábamos que estos literatos y poetas de “la Ceba” habían esperado pacientemente durante estos cuatro años de infamia su gran oportunidad para volvernos a demostrar su destreza narrativa y poética, no en vano el catalán, según reza la ley de Normalización Lingüística, “es el vehículo que ha hecho posible la articulación del genio de nuestro pueblo”. Pese a contar con una lengua-símbolo tan preciosa para dar rienda suelta a todo su talento, sus frutos han sido manifiestamente escasos, baldíos uno diría, como si toda la energía de nuestros poetas y literatos se hubiera agotado en protestas, compromisos cívicos y  reivindicaciones. Como si las musas y el amor a las letras se hubieran eclipsado detrás de su odio enfermizo al castellano.

Para nuestro estupor, hemos pasado de las 66 novelas presentadas en el certamen bilingüe del año pasado a sólo 11 novelas, de 166 poemas a 26. Nada menos. Toda una explosión de “genii loci” que cuestiona las campanudas afirmaciones de una ley de normalización fracasada y anacrónica y de unos políticos expertos en el autoengaño. Ahora bien, el Teatro Principal lleno hasta la bandera por un gremio que, en vez de dedicarse a escribir, prefiere dedicarse a torcer la voluntad de nuestros políticos, seguramente porque actuar como conseguidores de rentas públicasles sale más a cuenta que tratar de ganarse a un público de lectores. Y a todo esto, el alcalde José Hila, castellanohablante, ajeno al desplome de obras presentadas en la “vuelta a la normalidad” de los premios, dando comba a la fanfarria: «Perquè hem de ser conscients que la gran força cultural de la ciutat sorgeix de la seva gent». Al parecer, los escritores en castellano no forman parte de la gente de Palma cuando, de lejos, el castellano es la lengua mayoritariamente usada en la capital y alrededores, por no hablar de la mayoría de sus proyecciones culturales no subvencionadas.

Nadie encarna mejor la impostura y el sectarismo atroz del catalanismo literario que Miquel Ángel Vidal, el vencedor este año en el apartado de novela. Ni siquiera se molestó en guardar las apariencias ante un público entregado. «Era important que enguany guanyàs qualcú que havia estat els anys anteriors a l’acte alternatiu de Can Alcover», espetó emocionado al auditorio, sin percatarse de que estaba degradando un premio literario a una recompensa política. Al día siguiente de la gala, un exultante Vidal publicaba un artículo en Última Hora, “Tornar a l’essència”, donde reclamaba la vuelta a la “esencia” de los premios Ciutat de Palma, o sea, a que vuelvan a ser exclusivamente en catalán. ¿De qué esencia esotérica está hablando Vidal cuando él sabe perfectamente que los primeros certámenes de los Ciutat de Palma de finales de los cincuenta eran bilingües? Otra vez la mentira a sabiendas, la ocultación, el vaciamiento de las palabras (“esencia”) para torcer su significado y ponerlas al servicio de su ideología excluyente. Para estos fanáticos, todo vale: el fin siempre justifica los medios. Y la mentira es uno de los más poderosos.

Otro dato curioso que obliga a preguntarnos una vez más por el grado de fosilización intelectual del catalanismo balear es el hecho de que sólo las categorías de novela y poesía, las más tradicionales y elitistas, se hagan exclusivamente en catalán. No así las demás, como el cómic, los documentales o los cortometrajes. Ello nos revela que la referencia suprema para el catalanismo sigue siendo la literatura, un anacronismo en pleno siglo XXI. No debería extrañarnos: el propio Departamento de Filología Catalana de la UIB –el más ortodoxo seguramente del dominio lingüístico– todavía apela a la “tradición literaria” para negarse a utilizar el artículo salado como parte del estándar oral espontáneo de los medios públicos como IB3, obviando que la literatura hace tiempo que dejó de ser el escaparate principal de una lengua, lugar que han ocupado los medios.

En otras partes, me refiero a Valencia o Cataluña, la irrupción de los medios de comunicación de masas ha tenido consecuencias en la evolución hacia un estándar no tan “literario” y mucho más cercano a la lengua viva de la calle. Eso lo saben hasta en la venerada Cataluña, que ya tuvo su debate filológico a mediados de los ochenta sobre cómo debía adaptarse la vieja lengua literaria de Fabra al nuevo estàndar que precisaban los nuevos medios de comunicación –prensa incluida– que empezaban entonces a emitir en catalán. Aquí, en cambio, nuestros políticos ni lo olieron entonces ni lo huelen ahora. Tal vez Xavier Pericay podría contarles algo al respecto. Se han habituado a no plantearse nada, a aferrarse a los típicos tópicos de siempre para ocultar su pereza mental y su indigencia intelectual, a repetir como papagayos los lugares comunes del catalanismo. Mientras tanto, que siga la fanfarria con sus lenguas propias, sus consensos, sus tradiciones literarias, sus registros castradores, su vuelta a la normalidad y su retorno a las esencias. De vuelta a la nada.

 

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Publicat a El Mundo·El Día de Baleares, es 30/1/2016.

Los pobres como coartada moral

El Govern de Armengol ya ha admitido públicamente que no tiene margen de maniobra maniatado por la enorme deuda viva que arrastra nuestra comunidad: 8.260 millones de euros. En los próximos cuatro años, el Govern tendrá que hacer frente al pago de 2.407 millones en concepto de amortizaciones de deuda a los que hay que sumar otros 415 millones de euros en intereses bancarios, según informa Última Hora. El Govern no tiene recursos financieros ni capacidad de generarlos más allá de las subidas de impuestos y la creación de otros nuevos como el impuesto turístico cuya recaudación será a todas luces insuficiente para hacer frente al creciente gasto autonómico. La deuda de 8.260 millones se divide en dos partes: los 4.597 millones que se deben al Estado y que proviene mayoritariamente del Fondo de Liquidez Autonómico (FLA) y la otra mitad que se debe a los bancos. La consejera de Hacienda, Catalina Cladera, quiere negociar con el Gobierno que salga mañana de las urnas un aplazamiento del pago de estos 4.597 millones que se deben al Estado, consciente de que renegociar con los bancos es bastante más complicado a pesar de los cantos de sirena de Podemos. El PSIB fía todas sus políticas a un cambio de gobierno y a un nuevo modelo de financiación sin que de momento haya presentado ninguna propuesta global más allá de las habituales lágrimas de cocodrilo y de un aplazamiento a la desesperada de la deuda contraída estos años con el Estado a través del FLA, un mecanismo que puso en marcha Mariano Rajoy hace unos años y que ha permitido que las autonomías pagaran a sus proveedores, financiarse a unos intereses irrisorios (ahora mismo el 0%) y salvarse de momento de la quiebra.

Un gasto disparado. Pese a la dramática situación de las arcas autonómicas, el PSIB y Més, jaleados por Podemos, han decidido huir hacia delante y la próxima semana van a aprobar los presupuestos más elevados de la historia de nuestra comunidad autónoma. Nada menos que 4.241 millones de euros, un 5% más que los presupuestos anteriores de José Ramón Bauzá que ya fueron exageradamente expansivos. Este 5% supone un crecimiento superior al de la economía balear, alrededor de un 3%, lo que significa que el sector público balear sigue creciendo por encima del sector privado, el verdadero motor de la economía. En definitiva, caminamos hacia un modelo donde el peso del Estado Providencia no deja de crecer frente a la economía real a la que se detraen cada vez más recursos, con el freno para el ahorro, la acumulación de capital y las inversiones que todo ello supone. Por añadidura, el Govern ya ha anunciado que no va a cumplir el objetivo del déficit a fin de año: la deuda viva engordará todavía más.

Sin rescate ciudadano. El PSIB y Més han justificado estos presupuestos recalcando que suponen “un giro a la izquierda” que “redistribuirá la riqueza y paliará desigualdades”. “Las personas están por delante de las cifras económicas”, ha asegurado Cladera que ha incidido en que estas cuentas son “el primer paso para la recuperación de los derechos perdidos y los servicios básicos”.

La verdad, sin embargo, es que el énfasis del tripartito en la recuperación de los “derechos perdidos”, el “rescate ciudadano” o la “lucha contra la pobreza” no le ha permitido cumplir siquiera una de sus grandes promesas, estampada en sus acuerdos de gobernabilidad: la renta social garantizada. Para implementarla necesitaban como mínimo 60 millones de euros (según el Diario de Mallorca, se necesitarían cuatro veces más, unos 240 millones) y sin embargo el Pacte apenas ha llegado a 20 millones de euros que servirán para atender a algo menos de 4.000 familias sin recursos. Resulta llamativo que con un presupuesto que crece un 5% y que se eleva a la friolera de 4.241 millones no se hayan podido liberar 60 millones de euros para algo que, para PSIB, Més y Podemos, parecía fundamental y prioritario hasta hace poco. Liberar 60 millones significa dejarlos de gastar en sanidad, educación o industria política (altos cargos, organismos superfluos) para destinarlos al “rescate ciudadano” que ellos consideraban primordial y urgente. Si Podemos tuviera un mínimo de coherencia y respeto al pueblo “empobrecido” por la crisis al que apela sistemáticamente no debería dar luz verde a unos presupuestos que dejan en la cuneta a la mayor parte a los parados sin ninguna prestación −hasta 40.000, según el Diario de Mallorca−, mientras el Govern afloja la cartera ante los sindicatos educativos y sanitarios (paga extra, carrera profesional, nuevos concursos de plazas públicas, promesas de Martí March a la Assemblea de Docents de destinar más dinero a la educación a cambio de desconvocar la huelga) o la propia universidad (estudios de medicina). Un Govern, además, que está recuperando organismos inútiles –y muy útiles ideológicamente, claro– como el Consell de Joventut, el Consell Econòmic i Social o el Consell Social de la Llengua Catalana y que mantiene otros no menos superfluos como el Institut d’Estudis Baleàrics después de traspasar la proyección exterior de la cultura balear al Instituto Ramon Llull.

O una de dos, o los pobres no eran tantos como decían, o su delicada situación interesa al tripartito bastante menos de lo que ha venido pregonando. Es sintomático que Cort haya reducido la partida destinada a combatir la pobreza infantil alegando que carecían de gestor. Todavía estoy esperando que Cáritas y demás entidades de beneficencia profieran alaridos de indignación contra este recorte. Una sociedad civilizada como la nuestra no puede permitirse que nadie pase hambre, no tenga con qué vestirse o no tenga techo para dormir. Todos estamos de acuerdo en esto. Ahora bien, lo que es intolerable es crear una interesada alarma social elevando el criterio para definir la pobreza de tal modo que se llegue a la conclusión de que el 30% de la sociedad balear vive por debajo del umbral de la pobreza. Si eso fuera cierto y sabiendo que el principio mollar de un Estado Providencia es la redistribución de la riqueza, no me cabe ninguna duda de que Podemos nunca aprobaría unos presupuestos de 4.241 millones destinando sólo 20 (menos del 0,5%) a la renta social garantizada prometida.

La coartada de la pobreza. Para impedir precisamente la pobreza que nos avergüenza a todos sin caer tampoco en su institucionalización, como pretende la izquierda en su propósito por convertir los pobres en su bolsa electoral, es por lo que el resto de ciudadanos trabajamos más de medio año para el Estado. Sin embargo, observamos cómo las partidas presupuestarias destinadas a la lucha contra la pobreza son irrisorias si las comparamos con el volumen general del gasto. Son las manos muertas (funcionarios, sindicatos, políticos, grupos mascota subvencionados) las que siempre se llevan la parte del león del presupuesto, por mucho que agiten la bandera de los pobres para defender sus exclusivos intereses corporativos. Los pobres cumplen una doble función. En primer lugar, la apelación a la pobreza sirve para movilizar emocionalmente a quienes se han visto afectados por la crisis, criminalizar a los “bancos”, a los “ricos” y a los de “arriba” y envenenarlos de odio ideológico hacia las clases pudientes. Y en segundo lugar, los pobres se han terminado convirtiendo en la coartada moral para esquilmar los bolsillos de las clases medias productivas, la falaz bandera de los defensores a ultranza de un Estado Providencia desmesurado que les permite vivir a costa de la riqueza y prosperidad que crean unas clases medias desarmadas moralmente y huérfanas políticamente, a las que se les perdona la vida –por cometer el nefando pecado de enriquecerse y ganar dinero– si pagan y callan religiosamente.