Adiós a la dictadura del estándar

Hace unos días me llamó el presidente de una asociación de padres de alumnos para decirme que la directiva del colegio en el que estudia su hijo le había prohibido escribir una circular dirigida a los padres en mallorquín. El colegio le había dicho que utilizar el artículo baleárico, el pronombre débil “mos” (en vez de “ens”) o palabras como “guapa”  y “estupenda” –ambas pueden encontrarse en el mismísimo DIEC2, el Diccionario normativo de la Lengua Catalana en su segunda edición– eran “errores ortográficos”. Lo no estándar, advertía el colegio, era sinónimo de  “error ortográfico”.

Tal vez a ninguno de ustedes le sorprenda una aseveración de estas características aunque sea una absoluta falsedad, incluso para el propio Instituto de Estudios Catalanes (IEC) del que dependemos lingüísticamente gracias al buen hacer de nuestros políticos. En efecto, si buscan la palabra “estàndard” en el DIEC2, diccionario normativo de referencia, en su tercera acepción, la filológica, leerán: “Varietat lingüística que, per un procés espontani o dirigit, ha assolit un alt grau d’anivellament, de codificació, de confluència i d’acceptació en què es tendeix a eliminar al màxim les diferències dialectals, la qual utilitzen normalment, en els diversos registres i nivells, els membres d’una comunitat”. Fíjense que para nada habla de “corrección” ni de “incorrección”, a diferencia de lo que creen la mayoría de correctores y maestros de catalán de las Islas. Y contrariamente a lo quieren hacernos creer, la modalidad estándar sí “elimina al máximo las diferencias dialectales” porque su principal función es la intercomprensión entre dialectos, además de referencia-modelo a largo plazo –con el sacrificio natural de los dialectos– a la que deberán tender los hablantes con “lealtad lingüística”.

A lo largo de treinta años de normalización lingüística mal entendida, el catalanismo y, en consecuencia, los que han pasado por sus fauces tanto en la escuela como en los cursos de reciclaje, ha dado por sentada la dicotomía tradicional “formal=correcto=estándar=escritura” contra “informal=incorrecto=no estándar=habla”. O, lo que es lo mismo en mentes todavía más obtusas, “lengua” –confundida con el estándar– frente al “dialecto”, entendido como una especie de degeneración de esta lengua pura, científica, moderna y culta que sería la lengua literaria o estándar. Esta mentalidad simplona y maniquea está absolutamente generalizada, como observamos en los maestros del colegio del que hablaba al principio.

La nueva gramática catalana. El pasado 29 de septiembre el pleno del IEC ratificaba la nueva Gramática catalana (GLC) después de veinte años de trabajo. La anterior gramática era la de Fabra de 1918 que había sido retocada por él mismo en 1933. Más que los cambios, poco sustanciales realmente, que nos ha traído la nueva GLC −tal vez lo que ha levantado mayor polvareda ha sido la supresión de casi todos los acentos diacríticos−, lo realmente innovador ha sido el nuevo enfoque bajo el que nace. Más que una gramática que “prescribe” lo que es correcto y lo que es incorrecto, se trata de una gramática descriptiva que, como indica su nombre, “describe” las soluciones lingüísticas de los distintos dialectos que pasan a ser “normativas” mientras sean genuinas y no se diga expresamente lo contrario. La GLC elude pronunciarse entre lo que es correcto e incorrecto y habla ahora de formas “preferentes”, “adecuadas”, “generales” y “particulares” en función, claro está, no sólo del registro sino también del contexto y de las necesidades comunicativas en cada ámbito. Este cambio de paradigma abre la puerta a muchas formas dialectales que hasta ahora habían sido desechadas por el catalanismo ultraortodoxo que nos domina en Baleares, más fabrista que Fabra, al ser tachadas estas formas por ser “coloquiales”, o “demasiado dialectales”, o “incorrectas” (?), o parecer “castellanismos”. El IEC pretende así acercar la norma al uso diario y real que se hace de la lengua, tal como viene abogando desde su nacimiento la Fundació Jaume III.

Bofetada a la OCB. Este cambio de filosofía de la nueva GLC que termina con el monopolio devorador de lo estándar sobre la lengua –que es mucho más que el estándar– y que liquida la asociación tradicional “estándar=formal=correcto” se ha acometido para “permitir la identificación de todas las hablas de todo el territorio” y para “cohesionar la lengua catalana”, en la línea que ha defendido siempre la Fundació Jaume III.  En efecto, nosotros hemos considerado siempre que uno de los grandes errores de la normalización lingüística en Baleares ha sido imponer un modelo de lengua con el que los mallorquines –lo mismo vale para menorquines e ibicencos– no se sentían identificados ni reconocidos, lo que ha provocado el abandono oral y escrito del idioma por parte de innumerables nietos e hijos de familias que hasta hace treinta años habían hablado siempre mallorquín en su casa. La rectificación del IEC supone el reconocimiento implícito de que la uniformidad cuartelera propugnada por los filólogos de la UIB y la OCB causaba más problemas que soluciones. Su rigidez uniformizadora ha provocado, en última instancia, la resistencia pasiva de muchos baleares que siguen sin aceptar la denominación de “catalán” y la unidad lingüística. Esta mayor flexibilidad y apertura hacia los dialectos apenas representados en el estándar, como el balear, es todo un ejercicio de realismo ante la imparable pérdida de hablantes, máxime cuando el territorio lingüístico está dividido en varias realidades políticas consolidadas donde lo lógico sería tener un modelo de estándares autónomos, como los que ya existen de hecho en las comunidades valenciana y catalana.

El IEC parece haberse percatado de que la uniformidad a palo seco no generaba “más” unidad sino “menos”, de ahí el cambio de rumbo. No se trataba, como abogaba el sucursalismo local, de que los hablantes aprendieran a hablar y a escribir bien de acuerdo con una Norma Sagrada bendecida por unas autoridades “científicas”, sino de que esta norma sea más intuitiva y se adapte mejor a la lengua viva de la calle, siempre que ésta sea genuina, como todavía lo es el mallorquín de nuestros padres y abuelos.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 26/11/2016

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