De lo que hoy se celebra en España

LA FIESTA NACIONAL de España, como se denomina en la Constitución del 78, o de la Hispanidad, como se llamó en el santo periodo de la II República, tiene algo de esquizofrénico para los populistas y para la mayoría de los nacionalistas. Según su definición más aceptada, la esquizofrenia se caracteriza por alteraciones en la percepción, las creencias falsas o por un pensamiento poco definido o confuso. Es un trastorno mental crónico y grave, que puede ser tratado. Sobra decir que, si de populistas o nacionalistas con relato, hablamos, la ignorancia y la demagogia, son el mejor revulsivo para cualquier tratamiento.

«Consideramos que nuestra presencia es más útil en la defensa de los derechos y la justicia social en este país, como hacemos a diario junto con otras personas, organizaciones e instituciones, que en este tipo de actos». Pablo Iglesias nunca defrauda. El catódico político que definió, en las elecciones vascas, la patria como «que los niños tengan opción a ir a la escuela», y que parece ignorar que en España, además de ser gratuita, la enseñanza, para los niños, es obligatoria, necesitaba una excusa a la altura de su excelsa persona, para irse de puente, o simplemente para evitarse el plantón de varias horas, del desfile y la recepción oficial del 12 de octubre.

Improbable, me parece, que esas horas las dedique a algo especialmente útil para «este país», si obviamos que su propia existencia y, como no, su pensamiento, es de por sí imprescindible para la subsistencia de cualquier justicia social, derecho o lo que se tercie. La realidad es que, puestos a escaquearse, mejor hubiese sido que utilizase la manida excusa de la masacre indígena, que, aunque resulte más vulgar, suena más verídica.

Tampoco acudirá el lehendakari Urkullu, sin más, porque la fiesta nacional de España, no va con él ni con los suyos. Sin acritud y sin explicaciones. Celebraciones de españoles ¿Qué tendrá que ver Euskadi o los vascos con el descubrimiento de América y todo lo que vino después? Al parecer, nada, si se borra del relato la historia y los protagonistas que no interesan. Nada menos que ignorar la relación de los vascos con la conquista americana y con su emancipación. Lope de Aguirre, La cólera de Dios, recordado especialmente por su crueldad, que descendió de las alturas de los Andes peruanos y llegó, por los ríos Marañón y Amazonas, a la costa de Venezuela. En el otro lado (de todo hubo), Juan de Zumárraga, defensor de los indios y primer obispo de México. Irala, colonizador del Paraguay. Francisco de Ibarra, de México occidental. Legazpi y Urdaneta, de las Filipinas.

Pensaba Unamuno -y Urkullu ignora- que no podía hablarse de la personalidad histórica de los pueblos de América sin la presencia vasca. La historia de Chile y Venezuela (antes de ser santuario de etarras), no podría escribirse si se excluyen los apellidos vascos (bastantes más de ocho) y hay quien sostiene que antes incluso de que Colón llegase a las Indias Occidentales, ya lo habían hecho los balleneros vascos.

Sobre la excusa de la presidenta de Navarra, Uxue Barkos, dado que tiene la euskaldización de esa comunidad foral como objetivo, hagamos suyos los no argumentos de Urkullu y eliminemos del escudo oficial de España, las armas de Navarra (es decir, una cuarta parte de dicho escudo). Fiesta nacional de España ¿acaso voy a los fastos de la de Mónaco?

De Puigdemont, como antes de Mas, la ausencia se presupone. Hace dos siglos, las autoridades catalanas llamaban a los barceloneses a «derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España». Aunque no haría falta decirlo, por si acaso, advierto, que las autoridades no eran franquistas. Y para paliar las carencias del revisionismo histórico, tan caro al nacionalismo excluyente, se trata del bando del episodio culminante, probablemente la génesis, de los agravios por España contra Cataluña: el once de septiembre de 1714. Por la libertad de toda España, ya ven.

En Baleares, los niveles de esquizofrenia, son inabarcables. Me explico: además de los motivos que aduce Cataluña en su desapego a España como nación y que nuestro nacionalismo sucursalista, hace suyos con entusiasmo, está la cuestión de la «matanza indígena» como excusa para negarse a celebrar nada en la conmemoración del descubrimiento de América. Hablo por tanto, de esquizofrenia, porque los mismos que reniegan de la violencia del hecho celebrado, insisten en que el Día de Mallorca sea el 31 de diciembre, fecha de la entrada del rey de AragónJaime I en Madina Mayurqa, una entrada que, a decir de las crónicas, fue cualquier cosa menos un paseo galante, y que se saldó con decenas de miles de muertos, mallorquines, moros o no, cierto, pero mallorquines. Nada que decir. Cada uno empieza la Historia donde le da la gana. Sorprende, no obstante, que estos pacifistas que abjuran del descubrimiento y conquista de América, por cruento, no sólo aplaudan otro similar (la guerra es la guerra) sino que lo prefieran a una conmemoración tan pacífica y políticamente correcta como la que se celebra, actualmente, en el Día de Mallorca: el juramento de nuestro rey Jaime II, en el año 1276, de la Carta de franquezas y privilegios del Reino de Mallorca. Es decir la base legal que otorgaba a los mallorquines, un conjunto de derechos y libertades, y les eximía de muchas de las cargas del régimen feudal, común en casi toda Europa. Inexplicable ¿verdad? Feliz día.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 12/10/2016

Nada que celebrar

HACE POCOS días tenía lugar una celebración que, a tenor de las imágenes del acto conmemorativo, despertó menos entusiasmo que una cita con Puigdemont. 30 años de la Ley de Normalización Lingüística, quién lo diría. Personalmente creo que la ausencia de fervor popular, se debió a que a la gente real, le importa bastante poco el tema. Habrá quien piense que superada la situación que la generó, sus consecuencias se viven con tal normalidad, que la satisfacción por lo conseguido, ha pasado desapercibida. Pero no creo que se abonen a esa teoría ni sus impulsores ni los que vieron en ella una oportunidad de oro para el catalanismo político. Esos no van a dar nunca por innecesaria esa ley, porque jamás darán por normalizada a la sociedad balear, y no es por desánimo, no, ni por pesimismo, sino porque su concepto de normalización implica la sustitución del castellano por el catalán en todos los ámbitos -incluso en el privado- y porque reconocer que se ha llegado a la meta, implica que ya no hay excusa para la excepcionalidad constitucional en el ámbito educativo y en el de la Administración, ni tampoco motivo para que se sigan destinando recursos ingentes -humanos, materiales y sobre todo, económicos- a un proceso que ya se ha culminado. Pero lo más probable es que el entusiasmo haya sido perfectamente descriptible, porque para el balear, no hay nada que celebrar.

Se ha defendido el consenso que reinó hace 30 años, como el paradigma de un acuerdo sobre el que nunca debería discutirse, bajo pena de excomunión. La realidad es, que tal como se explica en el magnífico ensayo no subvencionado Sa norma sagrada, de Font Rosselló y Horrach, parece ser que ese divino consenso fue posible porque quienes lo protagonizaron, entendían cosas distintas por normalización. Era evidente que, en esos años, la lengua que era mayoritaria en la calle -por ejemplo, el mallorquín- , en cambio en las aulas, en la Administración y en otros ámbitos formales, era prácticamente inexistente. El problema es que, tal como explican ambos autores, desde un principio se partió de un planteamiento de oposición castellano/catalán, en el que, el resultado final debía ser la sustitución de una lengua por otra, y esa confrontación artificial, creada por políticos y por lingüistas (políticos) además de generar situaciones indeseables, en las que se conculcan alegremente libertades individuales, provocaron que lo que siempre había sido normal en la calle y que sólo necesitaba de un par de ajustes, de sentido común, acabase convertido en fuente de conflictos y que, treinta años después, la lengua que se escucha mayoritariamente en la calle, sea el castellano, y lo que impera en las aulas y en la Administración, sea una lengua importada, por la que no sentimos ningún aprecio, y que nos han vendido como «propia».

 

Y ese es el otro efecto indeseable de la Ley de Normalización: en esa confrontación castellano/catalán, no había espacio para las modalidades insulares. Y no lo había porque promoverlas, suponía, -bajo la opinión de los defensores de la normalización- debilitar el estatus del catalán, que debía enfrentarse, prístino y unitario, a la lengua, considerada, desde aquel momento, como “impropia”. Y porque una única lengua común, es la coartada de una idea de nación, vendida como cultural, pero a la postre, política. La realidad es que las modalidades pronto fueron aparcadas y poco importó lo que supone su pérdida para nuestro acervo cultural, y menos aún, su presencia en la Constitución o en el Estatut.
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Publicat a EL MUNDO/El Día de Baleares, 5/5/2016.

Repensar no sé qué

Día de la Hispanidad. Fiesta Nacional. Dando vueltas a lo de siempre, a la esquizofrenia (llamémosle caradurismo) de los que abominan del genocidio indio que presuntamente se celebra el 12 de octubre, mientras basan su identidad, en masacres medievales. El cinismo de aquellos que ridiculizan o llaman radical o facha al que saca una bandera española a la calle, y se emocionan, hasta la cursilería, ante una cuatribarrada (catalana, no de Aragón). Radicales de lo suyo, que denuestan lo que no sienten por la vía del insulto y se niegan a asumir que son la versión corregida y aumentada de aquello que critican. Y hablando de nacionalistas, no hay equidistancia que valga porque, por mucho que se busque o se etiquete, el nacionalismo español no existe más allá de los mundiales de fútbol -si se gana- , y el excluyente, el supremacista y el de campanario, sí.


Y llegamos a la «Diada de Mallorca», otro 12, esta vez de septiembre, que al parecer debemos «repensar». Falta de arraigo, aduce Més y un Pi calentando banquillo y huérfano de discurso propio. Ante la memez de la excusa, que no se aplica a un himno -«La Balanguera»- con todavía menor arraigo y cuya letra no conocen ni los políticos del Consell, se acude a la superior omnisciencia de la UIB, quien debe ser capaz de discernir qué fiestas estamos más predispuestos a celebrar. Otra vez el cinismo como forma de hacer política y la imposición con criterios ideológicos por la vía de los hechos.

La realidad es que el nacionalismo siempre pretendió que fuese el 31 de diciembre la fiesta de Mallorca. Si somos parte de una nación superior, llamada Països Catalans, qué mejor que consolidar el mito celebrando la fecha en la que todo empieza. Un episodio de armas, en la que no faltó la sangre, la destrucción y la esclavitud de los defensores de Madina Mayurqa -de los que en mayor o menor medida descendemos- y que se ajusta estrictamente al guión de cualquier conquista cruenta de una ciudad o acto de guerra al uso. Dicho con trazo grueso, elegir entre la celebración del día en el que nuestros antepasados fueron pasados por las armas, o aquel en el que Jaime II, primer monarca del Reino privativo de Mallorca, aseguró para los mallorquines los derechos y libertades, de los que no gozaban quienes vivían con las cargas propias del régimen feudal. Genocidio o libertad, en suma, con todos los matices históricos que sean precisos.

Pero si preferimos caminar a la manera catalana, por la senda del victimismo, el próximo 25 de octubre, -fecha de la batalla de Llucmajor y de la muerte de nuestro último rey privativo, Jaime III-, tenemos un motivo perfecto de autoafirmación. Un rey caído en el campo de batalla, por oponerse al ansia expansionista de su tío Pedro el Ceremonioso. Y qué decir de ese niño de 11 años, su hijo, Jaime IV, prisionero de su tío hasta su fuga, 13 años después, que reemprende la lucha por su reino y que muere, lejos de su patria, en tierras sorianas. No me dirán que semejante drama supera, en mucho, al que se conmemora en Cataluña, en el que hasta el héroe que se honra, murió en la cama.

Cuando “lo nostro” es “lo seu”

EL MARTES pasado, la Fundació Jaume III de Mallorca presentaba las conclusiones de sus cuatro meses de andadura. Entre sus objetivos, el principal, dignificar el mallorquín, conseguir que deje de ser un dialecto, en el peor sentido de la palabra, restringido al espacio familiar o coloquial e indigno de ser utilizado en el ámbito académico, formal o administrativo. Al mismo tiempo, recuperar aquellas expresiones, vocablos, y modismos, que se van perdiendo y que, si no lo evitamos, pronto se convertirán en arcaísmos de
los que sólo algunos tendrán memoria.

Resulta paradójico que tras décadas de normalización lingüística, leyes y normativas diversas, recursos personales y materiales por parte de las Administraciones y millones destinados al mantenimiento de entidades, como la OCB, cuya única finalidad debía ser lograr esa normalización, sea necesaria, a día hoy, una fundación, que dé la voz de alarma sobre la situación de inferioridad en la que se encuentra nuestra lengua y pretenda, pese a todo, que no acabe desapareciendo.

Quizás es que todos esos recursos, no se han destinado a protegerla y mucho menos, a darla a conocer sino que se han dedicado precisamente a todo lo contrario. No es el castellano el que amenaza nuestra lengua, sino el catalán estándar, y si hablamos de diglosia, ese término que ha justificado y justifica la inmersión y un estado de normalización lingüística inacabable, conviene recordar que su definición se ajusta, punto por punto, a la situación en la que se hallan el mallorquín, el menorquín o el ibicenco, con respecto al catalán estándar. Es decir, un escenario en el que coexisten dos lenguas (dialectos, modalidades, o llámeseles x) de las cuales, una se configura como lengua
de prestigio y la otra queda en posición subalterna. Esa variedad prestigiada, viene acompañada de los tratados gramaticales, ortográficos, manuales de estilo, diccionarios, de los que se presupone que carece la otra. Dicen los lingüistas que la diglosia precipita la muerte de las lenguas, por deslealtad lingüística de sus hablantes. Cierto. También se utiliza el término «autoodio» para expresar ese empeño en dejar de utilizar la lengua propia, en beneficio de otra a la que se considera superior.

Si todas esas entidades culturales y académicas creadas y mantenidas, para preservar nuestro patrimonio lingüístico, consideran que 30 años de normalización después, sus objetivos están lejos de conseguirse, lo lógico sería que tuviesen en cuenta esta realidad y modificasen su estrategia. No me juzguen ingenua: en ellas –y no lo esconden– lo filológico no es más que la excusa de lo político, y la lengua común –esa que ha convertido a las modalidades insulares, en mero argot familiar– es el principal elemento
de cohesión nacional. Ellos sabrán si les ha valido la pena vender la lengua de sus padres y de sus abuelos, en nombre de un ideario político y de una nación imaginaria.

Publicat a El Mundo-El Día de Baleares, el 27-3-2014